No es una casualidad que muchos crédulos piensen que Wikileaks es una estratagema de la CIA. Wikileaks es una payasada, otra de tantas, de parte de quienes han decidido resucitar el socialismo utópico o el anarquismo libertario en esto que llamamos Internet. Y por esto no sorprende que a medida que las revelaciones de Wikileaks van apareciendo en los medios de difusión de noticias "convencionales" cobre fuerza el rumor de que la organización de Julian Assange es una jugada maestra de la CIA. Nada más lógico, en realidad, para quienes piensan que eliminar el secreto implica eliminar al poder.
Julian Assange parece un personaje turbio. Se trata sin lugar a dudas de un tipo repelente. Pero no tan repelente, desde luego, como el objeto mismo de Wikileaks: llevar el cotilleo a la geopolítica. Porque, aceptémoslo, el atractivo para el público del volcado masivo de datos confidenciales no difiere mucho, en realidad, con aquél que impulsa a millones de personas a seguir programas televisivos como Sálvame o Gran Hermano. Difieren las poses pero no los apetitos. De ahí que resulte bastante desconcertante, por otra parte, que clamen por la protección de la vida privada de Assange quienes se muestran entusiastas charcuteros de los secretos de Estado. En realidad da lo mismo a quién se perjudique: el caso es obtener una ración de cuarto kilo, kilo y medio o tonelada de un "secretos sin mezclar". ¿Quién gana con esto?
La democracia, o al menos la que merece tal nombre, no es una negación del poder. La democracia es un sistema en el que, a través de diferentes formas, se produce un equilibrio de poderes que nos concede a los ciudadanos una seguridad frente a quienes ocupan en nuestra sociedad una posición que les hace potencialmente peligrosos para los demás. Este equilibrio se sustenta, entre otras cosas, en la obligación de todo gobierno de rendir cuentas por sus actos. Pero hay cosas que sabe o hace el gobierno que no pueden ser del dominio público. Son actos de imperio, reconocidos desde siempre como actos de oportunidad y que no pueden ser sometidos a un proceso deliberativo. Sería delirante que el gobierno llevase una relación de las operaciones de los servicios secretos al parlamento del mismo modo en que lo sería el que la policía advirtiese públicamente de que las comunicaciones de X personas van a ser intervenidas. Así no funciona el mundo. Las democracias han sostenido, y pueden sostener, guerras y han perseguido, y pueden perseguir, el crimen organizado. Y para todo eso son necesarios gobiernos con capacidad de actuación. Por eso quienes saludan a Wikileaks como alguna suerte de innegociable "transparencia democrática" deberían aclarar que son más bien partidarios de la anarquía. Porque tras Wikileaks es fácil ver una negación del principio de la representación política. No todos tienen la inclinación de gobernar ni los conocimientos como para hablar con autoridad sobre algo. Y sobre todo: la política genera facciones, siempre. No asumir esto y proclamar que todos somos soberanos absolutos nos lleva al caos o el despotismo.
Un hecho importante, por otra parte, respecto a Wikileaks, y que ya ha sido señalado por muchos, es que un porcentaje elevadísimo de sus revelaciones son en perjuicio de EEUU. Un hecho en absoluto sorprendente y cuya razón última ya se veía en los periódicos informes de organizaciones pro-derechos humanos: en EEUU existe muchísimo menos miedo al gobierno que en estados mucho menos poderosos, pero mucho más represivos y siniestros, que el norteamericano. Algo que no figura, claro, en las consideraciones de anarcocapitalistas y similares: cuya "supervivencia" ideológica depende de negar la diferencia entre ocho y ochenta.
Las filtraciones de Wikileaks no están marcando ningún antes y después. Sólo parecen beneficiar fundamentalmente a determinadas fuerzas terroristas y estados indeseables (organizaciones sin demasiada "inteligencia"), pero ni siquiera lo hacen demasiado a las fuerzas extremistas (ya de derechas, ya de izquierdas) que desde un primer momento saludaron la ocurrencia de Wikileaks. No les beneficia Wikileaks porque no es revolucionario que se filtren documentos en que se demuestra que la diplomacia es una disciplina donde la hipocresía y el cinismo son habituales. Tampoco es revolucionario que nos digan que la diplomacia es una disciplina mediante la cual los estados aspiran a presionar en otros países por sus intereses económicos y políticos. De hecho, para sospecha de paranoicos, las filtraciones de Wikileaks, pese a su abundancia, no están dejando tan mal a los malvados norteamericanos.
Estamos ante el mismo mecanismo del cotilleo corriente y moliente: dar satisfacción a esa fantasía de saber qué piensan de nosotros o qué secretos esconden quienes están en el piso de arriba o en la mesa al otro lado del bar. Algo bastante pobre para ser presentado como otra cosa. Por eso, de nuevo, nada extraña que tras el entusiasmo por Wikileaks encontremos a los vendedores de cancamusa habituales. Esos mismos que no se cansan de propagar disparates como que la revolución en tal o cual país tercermundista ha empezado en twitter o en Facebook. Personas que no se encuentran en la realidad y que han apostado por alguna clase de dogmatismo completamente impermeable a los hechos y por tanto inclinado a la profecía constante.
Dicen que las revoluciones no se hacen con los estómagos llenos. Lo único que aportará Wikileaks a esto es que tampoco se hacen desde un ordenador.
"Ya se sabe que los programas electorales se hacen para no cumplirlos" Enrique Tierno Galván.



