lunes, diciembre 13, 2010

Anarquía, Estado y Wikileaks

No es una casualidad que muchos crédulos piensen que Wikileaks es una estratagema de la CIA. Wikileaks es una payasada, otra de tantas, de parte de quienes han decidido resucitar el socialismo utópico o el anarquismo libertario en esto que llamamos Internet. Y por esto no sorprende que a medida que las revelaciones de Wikileaks van apareciendo en los medios de difusión de noticias "convencionales" cobre fuerza el rumor de que la organización de Julian Assange es una jugada maestra de la CIA. Nada más lógico, en realidad, para quienes piensan que eliminar el secreto implica eliminar al poder.

Julian Assange parece un personaje turbio. Se trata sin lugar a dudas de un tipo repelente. Pero no tan repelente, desde luego, como el objeto mismo de Wikileaks: llevar el cotilleo a la geopolítica. Porque, aceptémoslo, el atractivo para el público del volcado masivo de datos confidenciales no difiere mucho, en realidad, con aquél que impulsa a millones de personas a seguir programas televisivos como Sálvame o Gran Hermano. Difieren las poses pero no los apetitos. De ahí que resulte bastante desconcertante, por otra parte, que clamen por la protección de la vida privada de Assange quienes se muestran entusiastas charcuteros de los secretos de Estado. En realidad da lo mismo a quién se perjudique: el caso es obtener una ración de cuarto kilo, kilo y medio o tonelada de un "secretos sin mezclar". ¿Quién gana con esto?

La democracia, o al menos la que merece tal nombre, no es una negación del poder. La democracia es un sistema en el que, a través de diferentes formas, se produce un equilibrio de poderes que nos concede a los ciudadanos una seguridad frente a quienes ocupan en nuestra sociedad una posición que les hace potencialmente peligrosos para los demás. Este equilibrio se sustenta, entre otras cosas, en la obligación de todo gobierno de rendir cuentas por sus actos. Pero hay cosas que sabe o hace el gobierno que no pueden ser del dominio público. Son actos de imperio, reconocidos desde siempre como actos de oportunidad y que no pueden ser sometidos a un proceso deliberativo. Sería delirante que el gobierno llevase una relación de las operaciones de los servicios secretos al parlamento del mismo modo en que lo sería el que la policía advirtiese públicamente de que las comunicaciones de X personas van a ser intervenidas. Así no funciona el mundo. Las democracias han sostenido, y pueden sostener, guerras y han perseguido, y pueden perseguir, el crimen organizado. Y para todo eso son necesarios gobiernos con capacidad de actuación. Por eso quienes saludan a Wikileaks como alguna suerte de innegociable "transparencia democrática"  deberían aclarar que son más bien partidarios de la anarquía. Porque tras Wikileaks es fácil ver una negación del principio de la representación política. No todos tienen la inclinación de gobernar ni los conocimientos como para hablar con autoridad sobre algo. Y sobre todo: la política genera facciones, siempre. No asumir esto y proclamar que todos somos soberanos absolutos nos lleva al caos o el despotismo.

Un hecho importante, por otra parte, respecto a Wikileaks, y que ya  ha sido señalado por muchos, es que un porcentaje elevadísimo de sus revelaciones son en perjuicio de EEUU. Un hecho en absoluto sorprendente y cuya razón última ya se veía en los periódicos informes de organizaciones pro-derechos humanos: en EEUU existe muchísimo menos miedo al gobierno que en estados mucho menos poderosos, pero mucho más represivos y siniestros, que el norteamericano. Algo que no figura, claro, en las consideraciones de anarcocapitalistas y similares: cuya "supervivencia" ideológica depende de negar la diferencia entre ocho y ochenta.

Las filtraciones de Wikileaks no están marcando ningún antes y después. Sólo parecen beneficiar fundamentalmente a determinadas fuerzas terroristas y estados indeseables (organizaciones sin demasiada "inteligencia"), pero ni siquiera lo hacen demasiado a las fuerzas extremistas (ya de derechas, ya de izquierdas) que desde un primer momento saludaron la ocurrencia de Wikileaks. No les beneficia Wikileaks porque no es revolucionario que se filtren documentos en que se demuestra que la diplomacia es una disciplina donde la hipocresía y el cinismo son habituales. Tampoco es revolucionario que nos digan que la diplomacia es una disciplina mediante la cual los estados aspiran a presionar en otros países por sus intereses económicos y políticos. De hecho, para sospecha de paranoicos, las filtraciones de Wikileaks, pese a su abundancia, no están dejando tan mal a los malvados norteamericanos.

Estamos ante el mismo mecanismo del cotilleo corriente y moliente: dar satisfacción a esa fantasía de saber qué piensan de nosotros o qué secretos esconden quienes están en el piso de arriba o en la mesa al otro lado del bar. Algo bastante pobre para ser presentado como otra cosa. Por eso, de nuevo, nada extraña que tras el entusiasmo por Wikileaks encontremos a los vendedores de cancamusa habituales. Esos mismos que no se cansan de propagar disparates como que la revolución en tal o cual país tercermundista ha empezado en twitter o en Facebook. Personas que no se encuentran en la realidad y que han apostado por alguna clase de dogmatismo completamente impermeable a los hechos y por tanto inclinado a la profecía constante.

Dicen que las revoluciones no se hacen con los estómagos llenos. Lo único que aportará Wikileaks a esto es que tampoco se hacen desde un ordenador.




"Ya se sabe que los programas electorales se hacen para no cumplirlos" Enrique Tierno Galván.

viernes, diciembre 10, 2010

Cine autoritario actual: Ciudad de Dios y Tropa de Elite.

Posiblemente Tropa de Elite y Ciudad de Dios sean dos de las mejores películas que he visto. Ambas son brasileñas y ambas versan sobre lo mismo: las relaciones de poder.

En "Ciudad de Dios" el protagonista es un joven negro (Buscapé) que vive en la fabela "Ciudad de Dios" y que lucha por salir de la miseria. Como no siente inclinación por dañar a sus semejantes, Buscapé no puede sino temer a sus vecinos criminales. No puede trabajar ni ejercer de criminal. Un inocente, un "mirón", en tierra de monstruos que terminará por ser fotógrafo oficial de la banda criminal que domina la fabela. Su historia, entre lo trágico y lo cómico, se establece aparentemente como la base de la película pero es sin duda lo menos interesante. Buscapé en realidad es un mero instrumento narrativo de la verdadera trama: la del auge, decadencia y caída de Zé Pequeño.

El delincuente Zé Pequeño se propone hacerse el dueño de Ciudad de Dios, caiga quien caiga, acompañado de un amigo, Bené, que tiene un carácter más compasivo. Mientras que Zé Pequeño se pregunta por qué ha de tolerar competencia en "su" fabela, Bené intenta por todos los medios convencerle de que sea tolerante. Sea como fuere, Ciudad de Dios termina por caer en poder de la banda de Zé Pequeño y en la fabela de Zé Pequeño (asesino, ladrón y violador) "nadie roba ni viola a nadie". 

Por otra parte se refleja, a medio camino de la delincuencia, a unos muchachos de clase media que durante la película son denominados insistentemente como "pijos". Éstos, que van a la fabela a por drogas, terminan por verse reducidos a la delincuencia para obtener su dosis de drogas. Una prueba muy clara de que es la dinámica criminal de la fabela, la anarquía, y no tanto sus habitantes, la base del crimen. Unos pocos malvados, con impunidad, pueden convertir cualquier lugar en un infierno y a quienes viven a su alrededor en meros fantasmas.

El imperio de Zé Pequeño, quien había hecho un trato con el mismo Diablo para obtener poder, acaba desmoronándose patéticamente tras dar éste rienda suelta a sus caprichos una vez se ve sin el consejo de Bené, una vez se ve sin límites. Como siempre, los hechos aparentemente más nimios pueden desencadenar la caída de los intocables.

En "Tropa de Elite" los protagonistas son policías. Uno de ellos (capitán Nascimento) está al mando de un pelotón del BOPE mientras que los otros dos (André y Neto) son policías del montón que han de luchar con la incomprensión y corrupción de sus mandos. La acción se centra en Río de Janeiro, meses antes de una hipotética visita del Papa Juan Pablo II a Brasil. Y como el Papa decide dormir en un barrio pobre el BOPE recibe la orden de "limpiar" la zona de bandas armadas y delincuentes. Esta "caza del hombre", que a muchos seguramente impactó, se ha visto reproducida en la realidad recientemente.

Igual que en "Ciudad de Dios" existe una trama colateral que se encarga de "los pijos". Sin embargo en "Tropa de Elite" cobra mucha importancia. Vemos a un grupo de jóvenes estudiantes universitarios que tienen montada una ONG en una fabela controlada por un "comando" de pandilleros. Los pijos estudiantes dicen que su presencia es tolerada porque los delincuentes de la zona tienen "conciencia social"; la realidad es que les emplean como camellos en los ambientes pijos a los que ellos no pueden llegar. André, que estudia Derecho, coincide en la universidad con esos pijos solidarios. Y es en este punto en que "Tropa de Elite" hace su propuesta más arriesgada, y relevante: dar cuenta de la hipocresía y completa irrealidad en que viven las clases altas y los académicos. Porque mientras en los barrios pobres la vida humana no vale nada y el mundo parece precipitarse a un apocalipsis de violencia y anarquía en la facultad de Derecho a la que acude André se discute sobre la excesiva violencia de la policía y su participación en un "Estado represor". André, que al principio intenta ocultar su condición de policía, terminará por detestar profundamente a sus compañeros de estudios por su debilidad e hipocresía. Para él no son más que unos "malditos burgueses".

En la comisaría, André y Neto comprobarán cómo sus superiores viven de un juego macabro, y estadístico, de mantenimiento de las apariencias (en la colosal The Wire se daba buena cuenta de este tipo de lacras). Desesperados, y amenazados de muerte por desafiar la corrupta red de sus superiores, Neto y André entran en el BOPE. Un cuerpo de fuerzas policíaco-militares que visten de negro y excluye de entrada a los policías con historiales de corrupción. Los "calaveras", como se hacen llamar, parecen un grupo de soldados fanáticos. Como parecen contar con "carta blanca" constituyen una fuerza terrible, por momentos aniquiladora. Odian a los delincuentes y a los policías "normales" casi por igual. Para el capitán Nascimento la lucha contra el crimen depende fundamentalmente de la voluntad de erradicarlo. Un acto de fe para el que la que la ley o los escrúpulos morales no son sino algo inútil. Y este impulso exterminador pasa factura a Nascimento, que busca dejar el BOPE antes de perder definitivamente la razón y, de paso, a su familia.

Para mí "Ciudad de Dios" y "Tropa de Elite" constituyen un caso digno de estudio. Por su crudeza y la paupérrima situación social que documentan pasan por ser "cine de denuncia". Algo que, claro, se confunde usualmente con ser progresista o transmitir un mensaje izquierdista. Un mensaje que, por el signo de los tiempos, como es sabido, pasaría por ser completamente legítimo. Pero ocurre que ni "Ciudad de Dios" y "Tropa de Elite" son, en realidad, esa clase de películas. Ambas, y especialmente "Tropa de Elite", son alegatos muy crudos a favor de la represión policial o, cuando menos, acerca de la necesidad de "ajustar" la ley del más fuerte. Con la paz o la libertad reducidos a objeto de concesión por parte de los poderosos parece deseable un mundo en que la ley en sí misma sea poderosa antes que justa. O lo que es lo mismo: allí donde no existe el orden no caben los valores y garantías del "Estado burgués". Una denuncia que, como dije antes, en "Tropa de Elite" es explícita. Porque si en "Ciudad de Dios" los asesinatos y crueldades se suceden ante la cámara como si de un documental sobre la selva se tratase en "Tropa de Elite" las transgresiones del BOPE se presentan sin un atisbo de crítica, incluso se presentan como heroicas. 

Con respecto a estas dos películas no estamos, pues, ante una parodia del fascismo como fue la criticadísima Starship Troopers de Paul Verhoeven, sino en realidad ante una apología del Estado autoritario. Una apología, en todo caso, que se debe comprender. Pero esa comprensión no procederá, desde luego, de quienes quieren ver en estos filmes un mero lamento por la pobreza, de quienes creen que los ideales y buenas intenciones pacifican y liberan de la opresión. No. Incluso la más antigua de las democracias no puede proceder con contemplaciones ante esa clase de crimen que sustituye la sociedad por un conglomerado de intereses criminales. Llega un momento en que ya no basta con meter todo bajo la alfombra. Estamos, pues, ante un cine muy valiente pero que representa ideas mucho más audaces, y peligrosas, que las que, al parecer, muchos han extraído de estas películas.




"Las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en la guerra." Thomas Hobbes.