viernes, junio 20, 2014

Estado de Excepción borbónico

En la Constitución de 1978 se consagró a los Borbones como los propietarios a perpetuidad de la jefatura del Estado. Un cargo vacío de poder ejecutivo pero que sin embargo da pie a muchos privilegios extraños. Privilegios entre otros, al parecer, como el de privatizar la calle. Y como a nadie le incumbe qué sucede en casa de cada uno, se reservó el derecho de admisión. Ayer en Madrid, en un revival franquista en toda regla, estuvo prohibido ser republicano.

Es un hecho conocido que la monarquía en España carece de un auténtico apoyo popular. Todo el que acumula lo hace entorno a lugares comunes y sensiblerías que mueven a muy pocos. Hasta el punto en que los monárquicos en España son una rara avis bastante similar a los "eurofans" de Eurovisión o los sonados que acuden disfrazados al sorteo de lotería navideño. Los argumentos a favor de los monarcas se mueven entorno a la valoración de su "cercanía", su aspecto físico o nebulosas conexiones entre la realeza y toda suerte de bienes públicos. Una broma servil que los españoles, siempre un pueblo levantisco y con bastante mala leche, no pueden asumir de forma mayoritaria, siquiera significativa. No hay apoyo popular.

El apoyo popular de la monarquía se basa fundamentalmente en el chantaje. Con Juan Carlos fue la amenaza de un golpe militar y la bobería de "volver a los horrores de la guerra civil" y ahora con su hijo Felipe, amparado por la Constitución de 1978, es la del riesgo de ruptura del orden más elemental.

El artículo 168 de la Constitución que establece un procedimiento de reforma agravado (imposible) considera que entre los aspectos ultraprotegidos de la Constitución está todo el Título referido a la Corona. Para que nos hagamos una idea: el artículo 33 de la Constitución, que reconoce el derecho a la propiedad privada no está entre los protegidos por la reforma agravada. Esto nos enfrenta a una situación grotesca: es más probable políticamente derogar nada menos que la propiedad privada que derribar "legalmente" a la monarquía. En una Constitución que algunos motejan de "liberal", esto sí que es estar más allá de la Historia.

Siendo imposible derribar la monarquía, sólo queda acatarla y resignarse. Poner en duda la monarquía exige pedir prenderle fuego al corazón mismo de nuestra Constitución, y "total... si no tienen poder...". Así de simple es el acatamiento mayoritario de la monarquía. Ni entusiasta ni amoroso, se trata de un acatamiento sin más no muy diferente en su esencia al acatamiento del franquismo. No hay elección, la ley impone una realidad inmutable. No extraña que el acatamiento de la monarquía no se traduzca en un entusiasmo por ella.

Ayer hubo muy poca gente en la proclamación de Felipe VI. En ciertos momentos se pudo decir que había más gente en el besamanos real que en la calle. No es descabellado decir que había más policías que entusiastas monárquicos. Tal vez el gobierno se olió la tostada y quiso impedir que el numerito monárquico diese lugar a una multitudinaria exhibición republicana de protesta. Por eso blindaron la proclamación. Y lo hicieron hasta el punto de suspender las garantías constitucionales. Porque ayer no sólo se proclamó a Felipe VI, también un estado de excepción de facto.

No hay ninguna ley ni interpretación de la misma que permita a la policía hacer lo que ayer hizo en Madrid. Impidieron el acceso o acosaron a quienes se identificaron como republicanos. Se llegó tan lejos como a llevarse esposadas a personas de avanzada edad que gritaron "Viva la República". Se incautaron banderas republicanas como si fuesen algo prohibido. ¿La excusa de estos atropellos? La típica interpretación fascista del orden público, en la que la exteriorizar ideas discrepantes en público se considera una provocación automáticamente ilegal. Con estos mimbres, la policía ayer actuó desatada. Tras lo ocurrido, deberíamos con razón asustarnos.

Así pues, tanto Juan Carlos como Felipe han sido proclamados monarcas en medio de un estado de excepción. Juan Carlos en la excepción franquista y Felipe VI en medio de un blindaje policial propio de una ciudad sitiada. Si había un momento para protestar contra la monarquía ese momento fue ayer. Y precisamente es el momento que el gobierno decidió prohibir ser republicano. Con esto se emitió el mensaje alto y claro de que los Borbones, después de todo, siguen siendo unos extranjeros entre nosotros. Unos VIPs que necesitan protegerse del pueblo con barreras infranqueables.


"La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír." George Orwell

martes, junio 03, 2014

Los Borbones permanentes e inalterables

Ayer muchos españoles pudieron sentir en sus carnes un "emoción en el recuerdo a Franco". Todos los medios de comunicación de España, al menos en su línea de telediarios, coincidieron en dar un tratamiento informativo al saliente jefe del Estado no muy diferente del que se diera en su día al dictador ferrolano. Dictador que al igual que Juan Carlos de Borbón, ocupó el cargo de jefe de Estado durante 39 años. Para sus apologetas Franco lo hizo todo bien y con los de Juan Carlos ocurre igual. La prensa en España cuando habla de la monarquía se pone en unos modos pre-democráticos y la crítica editorial desaparece dando paso a una bochornosa postración.

Sólo las cabezas vacías pueden ignorar quién es Juan Carlos de Borbón. Se trata de un individuo descendiente de una familia pintoresca al que le fue "devuelta" la corona de España por un dictador. Y es que hasta tenemos en video a Juan Carlos jurando "por Dios y sobre los Santos Evangelios" que mantendría intacto el Franquismo. Para bien de todos, Juan Carlos, como tantos otros Borbones en la Historia, no concede demasiado valor a su palabra y destruyó el franquismo mediante un artificio legal como el que será necesario de nuevo para derribar a los Borbones: una ley que deroga a otra que se proclama inderogable.

Se ha hablado mucho de la generosidad de Juan Carlos de Borbón por no tomar el poder absoluto que recibió de Franco y gobernar por decreto. Pero cualquiera que conozca el contexto histórico de la Europa occidental de los años 70 sabe que esto no puede tomarse demasiado en serio. ¿Qué futuro esperaría a semejante dictador coronado? Era una jugada perdedora de antemano y así la habría visto cualquier observador imparcial de la época. Máxime si la legitimidad de Juan Carlos bebía únicamente de una agotada dictadura militar y las típicas boberías monárquicas del derecho divino al trono.

Todos coinciden en señalar como el momento clave de Juan Carlos de Borbón su intervención deteniendo el golpe militar en el 23 de Febrero de 1981. Pese a que son muchos quienes dudan acerca del origen y motivación del golpe militar que se desarrolló en ese momento, se ha instalado como indiscutible que "Juan Carlos salvó la democracia". Incluso sin mantener dudas sobre el papel de Juan Carlos para detener el golpe militar, cabe preguntarse qué hubiese pasado si el golpe militar hubiese triunfado. Dejaremos de lado, por cierto, las ya completamente fantasiosas teorías de que un 23 F triunfante hubiese desencadenado una nueva represión similar a la posterior a la guerra civil. ¡Cuando el propio Franco vio su régimen tambalearse por el proceso de Burgos en que se ejecutó a un puñado de personas asociadas a actividades terroristas!

La poca consistencia del argumento de que sin Juan Carlos no hubiese habido democracia la encontramos en el ejemplo de Portugal: El 25 de Abril de 1974 tuvo lugar la Revolución de los Claveles en el país vecino. Todo el mundo recuerda esto. Pero nadie parece recordar que durante el año y medio siguiente hubo otros muchos golpes de Estado, con éxito o sin él, en nuestro vecino portugués. Estas turbulencias políticas recibieron su propio nombre en la Historia de Portugal: Proceso Revolucionario en Curso. Y todo esto no les impidió constituirse en una democracia análoga a la nuestra a los ojos de Europa. Sin Borbones también se puede.

La realidad es que Juan Carlos de Borbón no tiene otra legitimidad que la franquista. La introducción de la Corona en el pack de la Constitución de 1978 fue una buena muestra de esto. Una curiosa jugada por la que mostrarse contrario a la monarquía implicaba rechazar la nueva Constitución democrática. Al mismo tiempo, al colocar el de la Corona entre los Títulos protegidos por el artículo 167 de la Constitución de 1978 se ha convertido en inamovible. Todos los constitucionalistas serios están de acuerdo en que el artículo 167 de reforma constitucional impone unos costes políticos que equivale en la práctica a una prohibición de la reforma constitucional. Ni siquiera podría reformarse la Constitución para excluir el machismo de la Ley Semisálica incluida en nuestro texto constitucional: o bien porque se consideraría poca cosa para desencadenar tal proceso o bien porque sería el pistoletazo de salida para otras exigencias de reforma. En conclusión: en España, país de Europa Occidental, está prohibida la vuelta a la República, está prohibido abolir la monarquía.

El amparo constitucional que recibe la monarquía hace que cualquier movimiento político que haga bandera del republicanismo esté automáticamente condenado a ser una "fuerza antisistema". Por esto resulta tan lamentable cuando se señala como simpatía hacia la monarquía la resignación de los españoles frente a la misma. ¡Cuando les han obligado prácticamente que para derribarla haya que reivindicar la anarquía! Eso es jugar con las cartas marcadas puesto que aceptar la monarquía es infinitamente más fácil que rechazarla. 

Estando prohibido eliminar la monarquía democráticamente, sólo caben escenarios de fuerza, de quebrantamiento constitucional. Alguien dijo ayer que las monarquías no son derribadas votando en referéndum sino que "simplemente caen". Esto es así. En este sentido, los Borbones amparados por la Constitución Española no dejan de ser como los Principios del Movimiento Nacional franquistas que Juan Carlos juró defender: "permanentes e inalterables".



"La aristocracia es el auténtico apoyo de una monarquía" Napoleón Bonaparte

lunes, mayo 26, 2014

Elecciones Europeas: ¿Podemos pasar página?

Es la noticia, todo el mundo habla de ello. Muchos querrán pensar que los más de 1,2 millones de votos y 5 eurodiputados obtenidos por "Podemos" y Pablo Iglesias son gracias a este programa.

Para analizar el éxito de "Podemos" no hay que hablar de programa sino de programas: aquellos en que lleva ya años participando Pablo Iglesias. Desde Cuatro a La Sexta pasando por Intereconomía, el profesor universitario de aspecto nazareno paseó un discurso anti-sistema de marcado corte populista. Y es que, como ya se ha señalado en el océano tuitero, lo de Pablo Iglesias no va tanto de comunismo o lucha de clases como de populismo con todas las letras. Así, en el discurso del de Podemos no cuesta mucho encontrarnos con ideas "transversales" que equiparan la política con el latrocinio o que insisten en reclamar expediente académico a los cargos electos. El programa de Podemos no resiste un primer choque con el mucho más serio, valoraciones ideológicas aparte, de IU. Sin embargo esto no impide que la lectura del resultado de Podemos sea que aporta nuevas ideas. En este sentido, uno de los portavoces de Podemos, Juan Carlos Monedero, apenas unos meses antes de postularse como candidato de esta formación advirtió al mundo de que siempre que le va mal al PSOE aparece "la nueva izquierda". Estamos ante la nueva idea del doble pensar, sin duda inédita en la política española.

Pienso, como ya se ha dicho, que el tono eurovisivo de las elecciones de ayer dio alas a este partido patrocinado por La Sexta y que probablemente prácticamente ha tocado techo. Como suele suceder, en los próximos meses este partido comenzará a desgastarse por la lucha de sillas, las "espantás" y el arribismo de sectas organizadas con "amplia experiencia previa". Si de verdad van a adoptar la forma asamblearista, este proceso autodestructivo puede ser muy veloz. ¿Por qué? Porque el asamblearismo diluye el discurso reduciéndolo al "máximo divisor dogmático". O lo que es lo mismo: que cada asamblea de Podemos hará su propio Libro Rojo de Pablo para pegarle a la de al lado. El mérito casi exclusivamente televisivo de Pablo Iglesias, además, hará que lo que hoy se ve admirable pronto se vea con destructiva envidia desde "las bases". Porque el nivel es este:


Con el PSOE prima el discurso histérico y cortoplacista. Discurso que relaciona que Rubalcaba anuncie que no se presenta a las primarias del PSOE con los resultados de ayer. Basta ver la trayectoria de Rubalcaba para ver claro como el día que se ha prestado a ser apaleado públicamente desde 2011 sacrificándose por su partido. Un mediocre que quiere aferrarse a un sillón no se hubiese prestado a ser aniquilado electoralmente en 2011. Veremos quién será el candidato del PSOE en las próximas Generales, de momento sabemos que no será alguien castigado por 3 años de travesía por el desierto polemizando con la izquierda del PSOE.

Mis queridos frikis de la ultraderecha mediática, por su parte y como siempre, se dejan la voz en estos momentos en preocupado alegato a favor de la ultraderechización del PP. Curioso punto este último que siempre vemos renovado en cada elección democrática en que los populares no arrasan: el PP no da "la batalla de las ideas". Siempre reclamando el suicidio electoral, estos beatos sin proclamación parecen creer sinceramente que el PP debe recurrir a las maldiciones del Deuteronomio a modo de programa electoral definitivo. Les deseo toda la suerte del mundo en esta su gloriosa cruzada en pos de la irrelevancia electoral del PP. A sus amigos de VOX la Virgen María no les consiguió ni un eurodiputado, se quedaron a unos votos.

La ilusión de que la aplastante victoria de la abstención fuese aún más aplastante que en 2009 se vio frustrada por los catalanes (la participación en Cataluña aumenta un 9% y "tapa" un aumento de la abstención en el resto de España). Y es que hoy por hoy el votante catalán medio básicamente anda persiguiendo urnas electorales. Quieren votar su independencia y no pierden ocasión de hacerlo ver. Las elecciones al Parlamento Europeo, además, tienen una importancia estratégica de cara a probar el europeísmo de una Cataluña separada de España: verdadero punto clave del proyecto de "ampliación interior de la UE" diseñado por los juristas partidarios de la secesión catalana. En este punto sólo queda "envidiar" a nuestros vecinos portugueses: con nada menos que un 66% de abstención.

Muchos dirán que mi desinterés y la falta de importancia que atribuyo a las Elecciones Europeas son algo así como irresponsables. Pero sólo un detalle: ¿os acordáis de la Directiva Bolkestein? Fue ampliamente rechazada en votación de un Parlamento Europeo como el que escogíamos ayer. Una Directiva que aspiraba a impulsar la movilidad del factor trabajo por la UE (tirando los sueldos por lo bajo, claro, que es lo eficiente). Y qué cosas que actualmente el espíritu y pretensión de esta no aprobada Directiva sea el pan de cada día, con pátina formativa por supuesto, para todos esos europeos del sur que se van a Alemania o Reino Unido a mendigar trabajo. Esto es lo que quiere la Troika y lo que querían quienes estaban detrás de Bolkestein, que son exactamente los mismos. Por esto, si lo que manda es la Troika y no el Parlamento Europeo... ¿cómo no van a ser los más eurofans de este proceso electoral los más exóticos, marginales y extremistas? Si es un circo, acuden los payasos.




PS: en efecto, no hablo de UPyD o Ciudadanos porque van con piloto automático "regenerador". Eso sí: Javier Nart anticandidato.


jueves, febrero 27, 2014

El salvaje occidente

La guerra es hoy ilegal. Pero también se decretó la ilegalidad de otras muchas cosas. Así, por ejemplo, se considera ilegal que países poderosos intervengan en los débiles. Una idea que sólo puede concebirse con grandes dosis de hipocresía, sin embargo, impuso una cierta decencia de las apariencias. En los tiempos recientes el velo de dicha inocencia ha caído y, como antaño, parece que el único límite a la voluntad de poder es la propia voluntad. La fortuna favorece a los audaces.
 
Desde hace unos años se están produciendo una serie de golpes de Estado a lo largo de las fronteras del mundo occidental. Todos ellos de una forma u otra han aparecido claramente respaldados por Europa o Estados Unidos. Y en todos ellos se han producido hechos similares y justificaciones casi idénticas. Los golpes han tomado la forma de revueltas populares y así han sido presentadas al público occidental. De hecho, acaso para conseguir la completa simpatía de dicho público occidental, se ha ido tan lejos como para presentar las revueltas populares como "movimientos 2.0". Se trata de una curiosa y nueva forma de legitimación política en que las revueltas son democráticas si lo dice un "hashtag". Demasiado occidental todo, en suma, para ser genuino. Estamos ante una manipulación.
 
Edward Luttwak comienza su libro "Coup d'Etat", escrito en la resaca del Mayo del 68 de París, proclamando la obsolescencia de la insurrección como medio para apoderarse de un Estado. Hoy los medios de comunicación intentan convencernos insistentemente de lo contrario. Intentan convencernos, y al parecer muy seriamente, de que es posible que un grupo de más o menos pacíficos individuos se reunan en una plaza pública y derriben al gobierno. Se trataría de una especie de pulso en que el gobierno en cuestión sería incapaz de desalojar a esos rebeldes. Y todo esto existiendo hoy por hoy un imponente arsenal de armas no letales que permiten disolver cualquier concentración con un mínimo de mártires. Podríamos creernos esta historia respecto a alguna caduca dictadura, siendo bastante increíble, pero el problema es que los creadores del invento ahora se lo han empezado a aplicar a democracias.
 
Cuando en 2011 comenzó la intervención en Libia, ya avisé que se estaba haciendo pedazos el orden internacional. En Libia básicamente se alegaron razones humanitarias para derribar a un gobierno. Se dijo que Gadafi bombardeaba a civiles y se creó un espacio de exclusión aéreo. Cuando ni por esas los rebeldes pudieron derrotar a Gadafi, se empezó a hablar de matanzas en Misrata y otras ciudades. Estando los blindados del ejército de Gadafi a tan solo unos kilómetros de Bengazi, la capital rebelde, comenzó una campaña ilimitada de bombardeos a las columnas militares gadafistas. ¿Qué se alegó? La necesidad de proteger a los civiles de Bengazi. Esto es: la necesidad de que ganase un bando determinado en una guerra civil. Y esto no estaba amparado, ni podría, por ninguna resolución del Consejo de Seguridad ONU.
 
No obstante lo anterior llegamos a la madre de todos los disparates con Ucrania. En un aparente ejercicio del más difícil todavía, los medios de comunicación llevan tiempo señalando a un gobierno electo como una dictadura. Viktor Yanukovich, que ganó unas elecciones en 2010 con un margen de un millón de votos, ha sido depuesto por un golpe de Estado en Kiev. Y durante todo el proceso se nos presentó a Yanukovich como un tirano mientras a bandas armadas de golpistas como la máxima expresión de la democracia. Siendo así, no ha costado mucho convencer a la gente de lo oportuno de sustituir la voluntad democrática reflejada en el respaldo electoral de Yanukovich por una vaga voluntad general de los "buenos ucranianos" determinada por la Unión Europea y EEUU. Yanukovich, pues, terrible dictador, fue incapaz de desalojar una plaza en Kiev y por eso ha caído. Y nos lo tenemos que creer. Nos tenemos que creer que los Estados no pueden mantener el orden si una minoría organizada se propone sacrificarse en una guerra callejera.
 
Yanukovich tuvo que huir de Kiev para salvar la vida. Tras huir, los rebeldes entraron en su finca, y mediante una serie de reportajes se nos dijo que lo suntuoso de la misma era prueba de la corrupción del dirigente ucraniano. Pudiera ser, o no. Lo que ocurre es que en ese mismo instante los mismos medios de comunicación estaban celebrando la liberación de una corrupta multimillonaria ya condenada: Yulia Tymoshenko. Una doble vara de medir que se extiende a todo, pues los violentos abatidos por las fuerzas policiales ucranianas se han elevado a la categoría de mártires, sin más, mientras que quienes son víctimas de los simpáticos "europeístas" ucranianos son silenciados y despreciados. Es así de extremo: la muerte de unos es "genocidio" y la de los otros no se comenta.
 
En Ucrania hay una buena parte de la población que se opone a los nacionalistas que hoy ocupan ilegalmente el gobierno en Kiev. Esta población seguramente representa una mayoría, al menos electoralmente, en el país. Sin embargo, nuestros medios de comunicación nos los están presentando como radicales prorrusos, como si fuese una minoría extremista y despreciable, mientras apenas han dado noticia del carácter abiertamente neonazi del "músculo" del golpe de Estado en Kiev. En medio de esta desinformación se ha llegado, tristemente, a que, como en 1941, "europeísta" vuelva a precisar ser interpretado como sinónimo o eufemismo de "nazi".
 
Ignoro qué ocurrirá finalmente con Ucrania y con esta ola de golpes de Estado a nivel global. Ignoro qué recursos y ganancias se aspiran a alcanzar. Lo que no puedo ignorar es que las narrativas entorno a estos hechos son falsas, sesgadas y maliciosas. Una legitimación tan hipócrita  de la violencia que bien pareciera que vivamos en el salvaje oeste o, mejor dicho, en el salvaje occidente.
 
 

"Temo a los griegos incluso cuando traen regalos" Virgilio

miércoles, septiembre 25, 2013

La formación de súbditos

Al mismo ritmo en que un empleo se convierte en algo cada vez más raro y escaso, cunde la idea de que un puesto de trabajo es un regalo/privilegio. Y a la par que esta idea se extiende aparece otra muy similar y que toca a los cargos públicos electos: "están poco formados".
 
Curiosamente, en España se asume sin más que todos los problemas del país andan relacionados con una falta de lecturas, con una falta de formación. Que esto suceda en un momento en que personas con un elevado grado de formación se ven arrojadas al desempleo estructural no es casual. La formación, como señala el profesor Enrique Martín Criado, es un "bien de salvación" en el que los gobiernos de España han intentado ocultar las miserias laborales de España. En el marco de la entrada en la UE, en este país se abandona cualquier idea de pleno empleo y se apuesta por "políticas activas de empleo": en lugar de proporcionar alguna ocupación a quienes no resulta fácil que la encuentren (que era la receta económica clásica) se apuesta por proporcionar una formación o, incluso, un "reciclaje".
 
La idea de "reciclar" personas es tan mala como suena. Pero hay algo que es peor: y es el debate majadero de que los dirigentes políticos deben tener más formación. La gente corriente asume esta tesis por pura lógica: si al que está desamparado se le exige formarse, habrá que exigírselo a "los políticos". Cree la gente que reclamando un trato igual a personas corrientes y políticos se está persiguiendo un objetivo democrático. Mas la realidad es muy distinta.
 
Que sea exigible una formación determinada a los cargos electos nunca puede considerarse un objetivo democrático. Forma parte de la agenda de una aristocracia, de una clase alta, que siempre insiste en recetas gremiales. Y lo hace, también, por lógica: porque se trata de una aristocracia que parte de grandes patrimonios constituidos en una España de gremios y rentistas. Una democracia que exija algo más que una determinada capacidad jurídica para ser elegido como cargo público es una democracia censitaria. El mecanismo puede no ser muy evidente hoy, en que todavía hay muchos titulados universitarios de clase media baja. Pero sabrá el lector que esto está siendo corregido.

No deja de ser curioso que estos mensajes elitistas procedan de círculos y medios en que se considera normal que tras las revelaciones del caso Bárcenas el presidente del gobierno no dimita. O, es más: que digan que salga la información que salga, se revele la corruptela que se revele, habría que esperar a unas elecciones para castigar al corrupto.
 
Llegado el momento, las elites no tienen problemas en obtener cualquier clase de titulación académica o, pongamos por caso, "máster de capacitación para cargo público". Máxime si se trata de conseguir la capacidad de ser un cargo electo. Si sumamos a esto la propia dinámica elitista de los partidos políticos españoles, estos mecanismos censitarios obrarían en poco tiempo un despotismo formal de una minúscula elite social. Parece que este orden de cosas, no obstante, requeriría ahora de una mucha mayor degradación del nivel cultural y educativo del resto de los mortales. Pero el mensaje se va emitiendo, se va dejando caer.
 
El problema de España no es de formación sino de subdesarrollo a otros niveles. Un subdesarrollo que lleva a las autoridades europeas a considerar que la tasa de desempleo "natural" (con los factores de producción a pleno rendimiento) de España es del 23%. Es fácil verlo: ¿de qué serviría a un país del África negra contar con una población repleta de titulados universitarios? De nada. Es más: existe un evidente incentivo para muchos gobiernos de esa región para restringir cualquier tipo de educación. Igual que en España ahora.
 
Si todos los males de España son debidos a una mala formación resulta llamativo que se retiren o alejen los recursos educativos al pueblo llano. Revela la intención última: legitimar la desigualdad que viene, que ya es grande y en un futuro cercano será atroz. Se trata de que los ciudadanos pasen a ser súbditos en base a su poca capacidad para regir los asuntos públicos.
 
En este sentido resultan muy reveladoras las declaraciones de un miembro del Partido Popular llamado Borja Sémper hoy mismo en Antena 3. En ellas afirmaba que existen unos "caraduras de la política" que entrarían en la misma "para enriquecerse o ascender de clase social". Es decir: para quienes actualmente nos gobiernan el robo de dinero público (un delito) es equiparable a "ascender de clase social". Y en Antena 3 presentaban semejante discurso como una voz de regeneradora discordancia dentro del PP.
 
Lo que nos queda por ver.
 


"La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo." León Trotsky.

miércoles, septiembre 04, 2013

La legalización de la guerra

En 2011 el régimen libio fue derrocado por una coalición internacional bajo el amparo de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU. El objeto de dicha resolución era "proteger a la población civil". Para "proteger a la población civil" primero fueron destruidas las fuerzas aéreas de Gadafi. Cuando ni con esas los llamados rebeldes pudieron quebrar a los gadafistas, comenzaron ataques de la OTAN contra objetivos terrestres. También para "asegurar la protección de la población civil". Así hasta derrocar a Gadafi.
 
Hoy, cuando se van a cumplir tres años desde lo sucedido en Libia, se está desplegando el mismo guión dramático en Siria. Durante estos tres años, además, se ha podido saber que en Siria tanto gobierno como rebeldes no se quedan cortos en sus intentos por imponerse. Algo muy común en cualquier guerra civil. Pero qué más da. Hay que "asegurar la protección de la población civil". Una población civil, además, que resulta un concepto sumamente maleable.
 
Cualquier persona al que le hayan enseñado los fundamentos del Derecho Internacional Público actual sabrá que la guerra está prohibida. Los días de conquistas y colonias pasaron y en virtud de la Carta de la ONU ningún país podría emplear la guerra como instrumento de política exterior. En el marco de un sistema para-estatal, sería el Consejo de Seguridad de la ONU (integrado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial) quien ostentaría el "monopolio de la violencia" a nivel internacional. El sistema tiene mucho sentido sobre el papel: ninguna potencia podría sentirse agraviada por el ataque a un tercer Estado por cuanto no podría acontecer sin su aprobación. Esto limitaría de forma evidente los casus belli. No obstante, no es la "voluntad popular internacional" a través de la Carta de la ONU la que conseguiría esto sino la bomba atómica. La guerra industrial, esto es: la guerra entre potencias militares, ha quedado obsoleta por el arma atómica. Tenía razón Tácito: al desierto le llaman paz. Y la paz viene dada por el seguro desierto que quedaría tras un intercambio nuclear. La ONU tuvo éxito donde la Sociedad de Naciones fracasó gracias a esto y no a otra cosa.
 
La guerra de agresión está prohibida por la Carta de la ONU. No así la guerra civil. Prohibir una guerra civil es como ordenar que se detengan las olas del mar porque es decir que un Estado no puede defender orden alguno. Y si para algo existe el Estado es para imponer un orden. La Carta de la ONU garantiza el derecho de la soberanía a cualquier Estado. Lo hace en su artículo 2.7, que consagra el derecho de cada Estado a resolver sus asuntos internos libremente, sin injerencias externas. Artículo que ha sido desarrollado en varias Resoluciones de la Asamblea General. En resumen: sin una decisión en contrario del Consejo de Seguridad de la ONU, una guerra civil es un asunto interno de un Estado y ninguna coalición internacional puede interferir en ella.
 
Sin embargo, estos días podemos ver en los medios de comunicación un curioso espectáculo: dichos medios se preguntan si es necesario que los parlamentos nacionales aprueben atacar al régimen sirio, atacar a Siria. ¿A alguien se le escapa el peligro que entraña el que lo único que se interponga entre un Estado y la agresión sea una votación en su parlamento? Es demencial, se trata más bien de la legalización de la guerra.
 
Ahora, tal vez de forma más creíble que en Libia, la coalición internacional que se va formando contra el gobierno de Siria afirma no querer cambiar el régimen de aquel país. Se trataría de "dar una lección a Siria". Una lección merecida, dicen, porque el régimen sirio habría usado armas químicas contra población civil. Los gases asfixiantes o armas químicas, efectivamente, son armas cuyo uso está prohibido. Se ha calificado en estos días su uso como una "quiebra con la civilización", echando mano de una retórica bastante exagerada que vendría a equiparar el uso de estas armas con algún propósito genocida. Pero lo bueno de las normas es que, al menos en teoría, son "para todos". Siendo así... ¿por qué sería más grave realizar un ataque con gases asfixiantes contra unos rebeldes que realizar una agresión ilegal contra un estado soberano? Teniendo en cuenta que el objetivo de la Carta de la ONU es garantizar y promover la paz y la seguridad internacional sería una falta más grave la "lección a Siria" que el uso por parte de ésta de gases asfixiantes. En este sentido, siendo coherentes, debería estarse a lo que resolviese el Consejo de Seguridad de la ONU.
 
Los gases asfixiantes (gas sarín, mostaza, etc) son ilegales. Como lo son a su vez otro tipo de armas que, sin embargo, son empleadas por varios Estados occidentales. Las conocidas como "bombas de racimo" (cuya ilegalidad se reivindica desde nada menos que 1868) o las bombas de fósforo se consideran armas tan crueles que se impone su ilegalidad. El problema estriba en que la crueldad de un arma nunca ha incentivado su no-uso sino todo lo contrario: su crueldad es la que lo ha fundamentado. La razón última por la que los gases asfixiantes no se emplean y las bombas de fósforo sí es que los gases son ineficaces y engorrosos. El uso militar más eficaz de los gases se dio cuando fueron empleados por sorpresa durante la Primera Guerra Mundial. En cuanto los ejércitos enfrentados desarrollaron contramedidas (máscaras antigás), la efectividad del gas se redujo al mínimo (los gases mataron a "sólo" 85.000 soldados de todos los bandos y produjeron 1,2  millones de heridos; algo que dista mucho de ser "destrucción masiva"). Es importante señalar que ya en la Primera Guerra Mundial era "ilegal" el uso de gases asfixiantes o el de algo luego tan empleado como las minas flotantes. Pero claro: si es eficaz, se usa.
 
Para saber si un arma es ilegal basta con pensar qué sucedería si la emplease una gran potencia militar. Si la puede usar sin consecuencias, es que no es ilegal. En este ámbito, insisto, es ilegal todo lo que no es eficaz o, siéndolo, no lo es tanto como para compensar lo engorroso de su uso. Por eso, sólo son ilegales las armas relativamente inútiles o que ningún Estado se atreve a usar por miedo a que las usen contra él.
 
Hay muchas razones por las que suprimir al gobierno sirio. Emplear el país como base para amenazar a Irán y disuadirle de abandonar su programa nuclear, por ejemplo. En todo caso, sería una jugada muy arriesgada atacar Siria sin tomar un férreo control del país a continuación. Tal vez por eso simplemente se le bombardee aquí y allá para igualar fuerzas con los rebeldes y que la guerra civil continúe. Pero si el parámetro que se emplea para juzgar válidas o no las decisiones es el humanitario... ¿es humanitario prolongar una guerra civil? ¿Es humanitaria la "somalización" de un país? No lo creo. Pero ya sabemos los tortuosos que son los caminos del humanitarismo militar; un campo en el que se impone la chocante idea de que para un mando militar la vida de sus hombres debe estar en segundo orden de importancia respecto a la vida de los civiles del enemigo.

En definitiva, no se está valorando adecuadamente que la violación de las leyes internacionales por un Estado u otros no es tan grave como la concertación de varios para atacar la soberanía de cualquier otro. Las armas nucleares ejercen como eficaz freno para las confrontaciones entre potencias militares, pero su mágica disuasión no se extenderá a conflictos regionales o fronterizos si cunde la sensación de que pueden existir guerras de coalición para derribar gobiernos.
 
 

"¡Y el espíritu de César, hambriento de venganza, vendrá en compañía de Até salida del infierno, y gritará en estos confines con su regia voz: «¡Matanza!», y desencadenará los perros de la guerra!" Julio César de William Shakespeare

lunes, agosto 26, 2013

La hábil corrupción

Ayer en La Voz de Galicia, Manuel Campo Vidal escribía un artículo celebrando la ocurrencia gibraltareña del gobierno de Rajoy. Según este señor, presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España, el incidente con Gibraltar se trata de una jugada maestra de Rajoy. Concluía, así, su artículo afirmando:
 
Fíjense: con la hábil distracción gibraltareña, Rajoy ha ganado un mes, que no es poco. Septiembre espera con los problemas de siempre y el reto de como sacar al país de la crisis.
 
Es obvio que existen personas, muchas de ellas llamadas "periodistas", que sienten un placer muy íntimo defendiendo lo indefendible. En ello les va seguramente el empleo. Y estamos viendo muchos de estos casos con motivo del escándalo de financiación ilegal del PP desvelado por Luis Bárcenas. Como si se tratase de una obra de teatro en la que se desplomasen los decorados, en estos tiempos vemos a los operadores de la farsa corriendo en todas direcciones para ocultar sus vergüenzas. Tamaño es el escándalo que ponerse de perfil no es una opción. Los españoles lo saben, pero la mentira debe seguir adelante. La más alta y abierta corrupción siempre reclama para sí un alto grado de dignidad.
 
La cuestión de Gibraltar, como dije en mi anterior artículo, es absurda. Y sólo se sostiene sobre un consenso patriotero entre PP y PSOE sobre el disparate jurídico de que Gibraltar carece de aguas territoriales. Es incomprensible que un partido progresista siga en la línea del "Gibraltar español", máxime cuando para ello se deba enfrentar a la más elemental normativa internacional. Mala idea ligar el ser un buen español a ser enemigo de normas internacionales imperativas.
 
Gibraltar, lejos de ser una hábil maniobra, no es más que la clásica "confrontación exterior" que pretende vencer el descontento interno. Una jugada grosera en su simpleza. Algo muy lógico, pues es una jugada dirigida prioritariamente a gente bien grosera: a la extrema derecha del PP. La guardia de corps "de barra de bar" del gobierno, su último asidero a "la calle". Rajoy no puede permitirse ver disgregados a sus fanáticos, y qué mejor que Gibraltar para llamarlos al servicio de la patria contra el pérfido inglés y los separatistas internos. Y ahí viene luego, el señor Campo Vidal para, manierista, celebrarlo.
 
El nivel de exigencia con la política española es muy bajo. En España hasta 2007 se podían hacer donaciones anónimas a los partidos políticos. Y así, presuntamente, pudieron Luis Bárcenas y el PP hacer todo lo que hicieron. Y no sería a través de algún complejo mecanismo opaco, no sería una asombrosa hazaña del engaño: presuntamente habría bastado con calificar como anónimas y dividir cuantiosísimas donaciones de empresas que luego recibían adjudicaciones en concursos públicos.
 
Lo inquietante es que si un Campo Vidal celebra como hábil maniobra la comedia con Gibraltar, ¿qué esperar de la legión de "tertulianos"? Pues celebrar la corrupción en el PP, que al fin y al cabo es la que les ha dado y les da de comer. Esa villanía es la que se esconde tras la sonrisa y la broma con motivo de la corrupción. Esos individuos que frente a pruebas abrumadoras de la corrupción de un gobierno responden, mofándose: "pero ganará las próximas elecciones".
 
España... Un lugar en que alguien como Paco Marhuenda no está proscrito de los medios de comunicación no puede llamarse democracia.
 
"La fe y lealtad que se guardaba entre ellos no era por ley divina y religión que tuviesen, sino por mantener este crimen en la república y tener compañeros de su delitos. Si alguno de bando contrario decía una razón buena, no la querían aceptar como tal, ni como de ánimo noble y generoso, si no les parecía que redundaba en su provecho." Tucídides