
La extrema derecha está pletórica. Bajo la coartada de un gobierno socialista lleva varios años asomando su feo rostro en medios que hasta ahora les ignoraban. La cobertura de las algaradas de los "muy de derechas", ahora, es doble: la proporcionada por los llamados medios conservadores y, por supuesto, los medios de izquierdas o adictos al gobierno. Un espectáculo demencial que tiene por beneficiario último sólo a alguien: José Luis Rodríguez Zapatero.
Lo que en la pasada legislatura provocaron las repetidas manifestaciones de la AVT parece que los anti-abortistas lo han logrado en sólo una acometida. ¿Y qué es eso? Atemorizar a la izquierda española. Y en realidad no sólo a ella sino, además, a todo aquél que tenga algún sincero aprecio por la libertad y la razón.
Las manifestaciones son siempre una suerte de simulacro bélico. Una demostración pública de fuerza y, sobre todo, espíritu combativo. Y nada hay para el voto disciplinado en la izquierda más doctrinaria, para eliminar la tentación de votar a IU o a partidos nacionalistas, que se levante el pabellón de la "gran derecha". La "gran derecha" del "echemos a ZP", la "gran derecha" de la homofobia de diccionario en mano, la "gran derecha" de "la crísis de valores". La "gran derecha", en definitiva, que en las urnas se acaba mostrando trágicamente insuficiente para compensar el voto negativo que provoca. Porque, ciertamente, como tantas veces he dicho, resulta absurdo llamar a dar "la batalla de las ideas" desde la derecha cuando el PP consiste en una confederación de regionalistas y un amplísimo abanico de sensibilidades ideológicas que va del conservadurismo moderado al fascismo más exaltado. Si semejante "batalla" se diese, en suma, el primer campo de batalla sería el propio Partido Popular y el resultado más previsible sería su desintegración. Sin duda un escenario del todo atractivo para el PSOE: la vuelta de Alianza Popular.
Las manifestaciones de la pasada legislatura contra el gobierno fueron sobre todo organizadas con motivo del mal llamado "proceso de paz" con ETA. La AVT convocó alrededor de la decena de grandes concentraciones y, claramente, se pasaron de frenada: hasta un PP inmerso en una "oposición total" tuvo que quejarse de que se organizasen tantas manifestaciones. El daño se semejante estrategia es bien conocido. No obstante, algunos eventos justificaban esas manifestaciones de desaprobación popular. La gestión del gobierno de su particular diálogo con ETA se volvió inaceptable con la liberación del sanguinario De Juana Chaos y los tratos de favor recibidos por éste. Ocurrió lo mismo cuando ETA atentó contra la T4 y se tuvo noticia de que el gobierno seguía negociando. Estos eventos, como digo, generaron una gran indignación en muchas capas de la población y llevaron a grandes manifestaciones a lo largo de toda España a las que asistieron personas tanto de derecha como de izquierda. La multiplicación de las manifestaciones (muchas veces sin ningún motivo/pancarta claro) y la descarada apropiación de muchas de ellas por el PP anularon, en cualquier caso, la transversalidad de dichas convocatorias.
Sin embargo la manifestación del Sábado pasado nada tiene de transversal o, más correctamente, podría decirse que limita su transversalidad a la propia del catolicismo (que extiende sus redes hasta la mismísima dirección del PSOE). Ni más, ni menos. En puridad, la manifestación antiabortista se fundamentaba en una barbaridad: "el aborto es un asesinato". No es creíble que hubiese muchos despistados que se manifestasen realmente "contra la nueva ley del aborto propuesta por el gobierno": quienes se manifestaban, como acertadamente señaló Bibiana Aído, lo hacían con "argumentos" idénticos a los que se emplearon contra la vigente ley del aborto hace 25 años. Y es así en tanto, como he dicho, quienes se manifestaban equiparan aborto con asesinato: siendo consecuencia de ello el que en el punto de mira esté "cualquier clase de aborto" y no "la nueva ley del aborto". Esta vez, como tantas otras, los prohibicionistas se manifestaban como libertadores. Semejante incoherencia opera siempre sobre dos proposiciones contradictorias, empleadas según interese: 1) El aborto es un drama al que se ven empujadas contra su voluntad unas desdichadas mujeres ó 2) El aborto es culpa de una sociedad enferma que ha producido una suerte de vampiresas que destruyen a inocentes bebés.
El sectarismo derechista ha llegado tan lejos como para pretender emplear la matriz narrativa del centrismo para transmitir mensajes puramente extremistas. Eso no vale, es demasiado grande la contradicción. Hoy he podido asistir a una prueba empírica, precisamente, en COPE. Allí Ignacio Villa señalaba, entusiasmado, que la manifestación antiabortista no tenía nada de partidista ni de religioso. Entonces, Villa da paso a publicidad e irrumpe una voz que procede a dar la opinión editorial de COPE sobre la mencionada manifestación. En dicha opinión se hace mención de la ya comentada crítica de Bibiana Aído a la manifestación antiabortista y, corrigiéndola, la voz clerical afirma: "Los argumentos que en la manifestación se invocaron no tienen 25 sino 2.000 años. Cuando Jesucristo nos dijera: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"". Lo cual, claro, no está nada mal para una manifestación que, según Ignacio Villa, nada tenía de religioso. La mentira no podría quedar más a la vista. De hecho, los siervos del galileo, que diría Juliano, mienten tan a menudo que lleva a temer por sus almas.
Hubo cuatro años de mayoría absoluta del PP en que no se movió una coma de la vigente ley del aborto. Durante ese período no existían esta atropellada lista de organizaciones y asociaciones autoproclamadas "pro-vida" y, por supuesto, no había estas manifestaciones de "descontento popular". No es necesaria, para una persona de inteligencia normal, mayor explicación de lo que sucede. Como tampoco se precisa demasiada explicación entorno a la sinceridad de quienes llevan años autoproclamándose liberales respaldan ahora un pantragruélico plan de patronazgo público de embarazos. Asombroso. ¿Qué decir de quienes aspiran a convalidar todo lo que se haga desde el cristianismo más extremo alegando la desnuda barbarie de los islamistas?
Una polémica que se ha vuelto a producir, por cierto, es la de la contabilización de los manifestantes. Tal vez llevadas por un fervor religioso (que por el Nuevo Testamento sabemos que gusta de efectos multiplicadores) algunas instancias anunciaron que había nada menos que 2 millones de manifestantes: es más, parece que las cifras "conservadoras" más conservadoras decían que la manifestación pasaba del millón de personas. Desde una fuente reputada, y otra más reputada aún, se informó de que en realidad la cifra rondaba los 55.000 manifestantes. Cifra, por cierto, que es muy notable: pero dado que bien podrían ser todos los antiabortistas movilizables no impresiona demasiado. Como dato curioso, y que respalda la tesis que desde aquí y otros sitios defendemos, debe apuntarse que El País contabilizó un cuarto millón de manifestantes en lo que podría interpretarse como una deliberada inflación numérica destinada a extender el terror en las filas izquierdistas. A modo de maldad habría que señalar, también, que los 55.316 manifestantes finalmente contabilizados son inferiores a los contabilizados con motivo del "Día del Orgullo Gay" (58.170). Si quienes organizaron o respaldaron la manifestación antiabortista no dudan en señalar su hazaña como "el comienzo de una regeneración moral"... ¿no habrán de convenir que los números de la manifestación de los homosexuales (que por cierto también disparataban afirmando haber sacado más de un millón de personas a la calle) fuerzan a hablar de un avance de todo lo contrario?
Esto de las manifestaciones no puede llevarse demasiado lejos porque se acaba por intentar sustituir el debate parlamentario y, finalmente, la verdadera voluntad de los ciudadanos por algaradas callejeras y "marchas" que pretenden representar voluntades populares y mayorías morales que muchas veces son dramáticamente minoritarias. Se tiende con esto, en suma, a una mentalidad de golpe de estado evidentemente tóxica para las instituciones democráticas. Y no deja de resultar extremadamente intolerable que la Iglesia Católica, siendo como es una monarquía absoluta, aliente semejantes procesos en nuestro país, en España. Sin lugar a dudas en España la Iglesia Católica, que gusta de presentarse como víctima arrodillada, conserva un poder (merced a sus privilegios fiscales aquí y en otros muchos países: donde, por su atraso, todavía hace política a diario y descaradamente) que resulta una ofensa a la necesaria neutralidad religiosa de todo estado democrático que se precie. Pero resulta significativo que ni siquiera el PSOE parezca dispuesto a ajustar cuentas con la Iglesia y sus apoyos: ¿será porque el PSOE aspira, más bien, a extender los odiosos privilegios católicos a otras confesiones en lugar de suprimirlos?
No me resisto, para finalizar, a mencionar que el padre de aquel aborto de la "eclosión liberal", el señor Girauta,
se complace en estos días en desafiar no sólo la contabilización científica de manifestantes (con el pobre argumento de las "medidas futbolísticas: ¡cómo si la calle o las plazas tuviesen gradas en que agrupar, tirando a la vertical, a miles de personas en poco espacio!) sino en respaldar, aparentemente, las aspiraciones de dicha manifestación haciendo mención a la moral eterna del galileo: incurriendo de paso, de nuevo, en la falsedad de que la manifestación iba en contra de la nueva ley del aborto y no contra el aborto mismo. ¿Y este tipo se considera liberal? Pero si opina como Esparza apoyando un colectivismo más evidente imposible. Y eso, se quiera o no, conlleva ser un fascista, un antimoderno y, claro, normalmente un impresentable.
En España aún nos queda mucho para sacarnos esta peste de sacristía. ¿Por qué no empezamos quitándole el dinero, recaudado por el Estado, a los obispos? Estoy por asegurar que así los Girautas y Esparzas tendrían menos altavoces, y no nos engañemos: menos inspiración divina, desde los que reventarnos los oídos con sus exabruptos medievales.

"La ley de los galileos promete el reino de los cielos al pobre, y con una ayuda tan providencial como la mía —que les aligera de posesiones temporales— avanzarán más deprisa por la senda de la virtud y la salvación.
Pero si los desórdenes llamados milagros continuasen tendrán motivo para temer no sólo la requisa y el destierro, sino el fuego y el acero" Juliano "El Apóstata" dixit (según Edward Gibbon).
PS: mención adicional merece el argumento que en estos momentos menudea en los mentideros ultracatólicos en que se hace un paralelo entre la esclavitud, el sufragio restringido o la pena de muerte y el aborto. Si se acabó con esas cosas, dicen, se acabará con el aborto. Semejante posición, como a nadie se le escapará, procede de personas encuadrables en el ala extrema del PP o partidos como "Alternativa Española" o "Familia y Vida": sensibilidades todas ellas que precisamente se distinguen por habituales comentarios negativos no sólo sobre la democracia sino contra el concepto mismo del Estado moderno. ¿A cuento de qué, entonces, las comparaciones? Pues, claro, a la mera intención de aprovecharse de hitos históricos alcanzados en muchos casos con la oposición de sus ancestros ideológicos. Un despropósito sólo al alcance de mentes inclinadas a la credulidad y, por tanto, a la brutalidad.