jueves, julio 29, 2010

Despistes, absurda demagogia y toros

La irresponsabilidad de personas como Federico Jiménez Losantos y su conglomerado de Libertad Digital parieron el invento: un liberalismo sin liberales y un concepto de libertad irreconocible. Según Losantos, Libertad Digital y su entorno ahorrarían el paso por el fascismo a los jóvenes de derechas. A través de unos pocos puntos de referencia la derecha en Internet ganaría el "debate de las ideas". En esa línea, como es sabido, se distingue muy rápido Redliberal. ¿Y en qué quedó? Quedó en que los jóvenes, y no tan jóvenes, fascistas españoles han conseguido un disfraz para las obsesiones y exabruptos que en su ideología son característicos. Así, nuestros "liberales" se caracterizan por obsesivos y majaderos ataques al gobierno, campañas en favor de la confesionalidad del Estado, la siempre "cool" defensa de la anarquía de mercado (una farsa mediante la cual se puede plantear la vuelta al Antiguo Régimen a modo de viaje hacia el futuro) y la rememoración cansina de los tópicos del franquismo. En semejante revoltijo ya se pueden ver cosas tan sorprendentes como un presunto "liberal" perorando acerca de lo conveniente o inconveniente de votar a los carlistas tradicionalistas en las elecciones generales. Todo un tributo al liberalismo español que sangró y murió peleando contra los integristas cristianos y reaccionarios carlistas. No va más.

Este disparate nacional de convertirlo todo en una caricatura se ha podido ver estos días con relación a la cada vez más incorrectamente denominada "Fiesta Nacional". Ante el Parlamento de Cataluña podíamos ver a grupos de partidarios de la tauromaquia que gritaban en contra de la "dictadura" y a favor de "la libertad". No faltaron, como no, los voceros, tertulianos y todólogos que con voz grave o escandalizada nos advertían de la destrucción de los derechos fundamentales que se estaba operando. Está claro: si el Estado del Bienestar es el camino al stalinismo la supresión de la tauromaquia conducirá por lo menos al nazismo.

Pese a que el voto de los nacionalistas catalanes a favor de la prohibición de la tauromaquia tiene motivaciones secesionistas (como casi todo lo que hacen con publicidad) o incluso "antiespañolas" no es menos importante que la prohibición de la tauromaquia procede de una iniciativa legislativa popular avalada por más de 200.000 firmas. Y que una iniciativa popular consiga llevar temas así a un parlamento es siempre una buena noticia para la democracia. De hecho, teniendo este origen la intención de prohibir la tauromaquia carece de sentido cargar las tintas contra el señor Montilla. Ni siquiera se puede hablar de una mala intención calculada en la libertad de voto permitida a los diputados del PSC por cuanto ni siquiera sumando a los noes los votos de quienes votaron sí o se abstuvieron sería posible rechazar la iniciativa.

Creo que en el mundo existe una visión incorrecta de la cultura española y la vida de los españoles. Ni somos unos mexicanos, como nos ven muchos anglosajones, ni somos unos fanáticos de la tauromaquia o el flamenco. Esta incorrecta forma de vernos se traduce en el gran seguimiento internacional a la noticia de la prohibición de los toros en Cataluña. Una forma incorrecta de vernos que comparten nuestros propios secesionistas: adictos a las caricaturas como los que más. Pero no debemos olvidarnos de cómo ve el mundo la tauromaquia que se realiza en España: y es que es un espectáculo morboso o barbárico. La supresión de esta práctica, cada vez menos popular, de matar ritualizadamente a un toro bravo no supone la muerte de "lo español" o España. España es mucho más. 

Sólo queda felicitarse por el éxito de una iniciativa popular y recordar, como he dicho, que España es mucho más que un conjunto de obsesiones patrioteras y pasadas de hora. España no es cuestión de cojones, que diría el sabio, y si tal es así... bien merecería desaparecer sin demasiado ruido. Otros pensamos que no ha de desaparecer, del mismo modo que defendemos la libertad. Lástima que por los de la mentalidad cojonuda, lástima que por los reaccionarios de toda la vida, tengamos ahora que lidiar con unos conceptos de libertad, sociedad civil o patriotismo que han sido objeto de extrema contaminación.

¿Para cuando una iniciativa popular que prohiba el sectarismo dentro y fuera de las plazas de toros?


"Las oposiciones son el más sangriento espectáculo nacional después de los toros." Gregorio Marañón


jueves, julio 22, 2010

La no-sentencia del no-Tribunal Constitucional

Como es bien sabido, la sentencia del Tribunal Constitucional parida hace unas semanas ha servido para bien poco. El tiempo que el Tribunal tardó en pronunciarse sobre el Estatut catalán fue el suficiente como para que cualquier sentencia que emitiese fuese un fracaso. Y este fracaso representa un hito significativo en la senda de la destrucción del Estado español tal y como se le venía conociendo. Las naciones no caen por la separación física de metros cúbicos de tierra, agua y aire sino porque, en un determinado sentido, dejan de respirar. Y esta España que hace apenas una semana y media celebraba el éxito de la selección nacional de fútbol como si fuese una gran hazaña nacional no está menos asfixiada que hace un mes. Está, por decirlo al modo de Francisco Silvela, sin pulso.

La España sin pulso tiene tribunales, tienes legisladores y tiene un gobierno con sus ministros y presidente. Lo es todo y a la vez, a la hora de la verdad, no consiste en nada. Si las leyes justas y buenas pueden considerarse fiel reflejo de un pueblo que fuese a su vez justo y bueno (signifique lo que signifique) no es menos aventurado considerar que a veces leyes justas y buenas podrían no ser reflejo sino imagen inversa y fantástica del pueblo del que dicen emanar. Y este último es el caso de España. Una España que, para su vergüenza, no formó parte del proceso histórico de tránsito de lo moderno a lo contemporáneo más que a regañadientes, con reiterados retrocesos y por "imitación del gabacho o el alemán". Por referendum el pueblo español aprobó, por ejemplo, la malograda Constitución Europea y aprobaría hoy cualquier otra cosa que se le vendiese de la manera adecuada. Las tragaderas parecen no hallar límite porque la política no interesa más allá que como manifestación, en ocasiones exaltada, del amor por el pariente, el cliente y el amigo. Y semejante asunto de reunión gastronómica, despacho o alcoba no puede ser objeto de seria reflexión general: no ha lugar. En un mundo así sólo cabe el decir que sí o no a todas las decisiones y proyectos políticos trascendentes que se planteen y siempre de acuerdo a lo que dicte el sagrado juramento de la lealtad ciega o el odio visceral.

El Tribunal Constitucional es un tribunal politizado. Una circunstancia que nadie reflexivo podría ignorar pero que ante una mayoría podría pasar pacíficamente desapercibido. No en vano en países de más seria y prolongada tradición democrática sus tribunales constitucionales a lo largo del tiempo dictaron sentencias dispares sobre asuntos semejantes si no iguales. Además lo hacen sobre materias, muchas veces, de gran alcance político y que tienen múltiples y relevantes consecuencias. Es posible que un Tribunal que hace cosas semejantes sea respetado y tenido en cuenta igual que es posible con cualquier otro. La "magia" que se esconde tras las decisiones de un juez o un tribunal es lo que permite ocultar la amenaza que implican las leyes. Así, las leyes deben ser obedecidas porque lo dice un señor de toga y no porque el Estado tenga muchos funcionarios con la capacidad de hacerte daño, detenerte o encerrarte. Y esta ficción hace mucho bien a los gobiernos y a quienes viven bajo ellos pues hacen mucho más legal a la ley.

Sin embargo, tanto los reiteradísimos debates sobre cuotas partidistas en el Tribunal Constitucional español como la conveniente tardanza (para el gobierno y sus intereses electorales) en dictar la sentencia sobre el Estatut catalán han terminado por presentar al mencionado tribunal como un auténtico esperpento. Todos calculaban cuántos jueces conservadores y progresistas tendrían influencia en la sentencia y ya, al final, nadie esperaba que el Tribunal recortase seriamente el Estatut sino que se debatía sobre de qué forma podrían sacar una sentencia moderada. Y algo así ya no es un Tribunal y lo que emita ya no será una sentencia.

En efecto, la sentencia del Tribunal Constitucional constituye un refinado intento de adaptar a la constitucionalidad más laxa el órdago soberanista emitido desde Cataluña. En condiciones normales, la respuesta de un verdadero Tribunal Constitucional no sólo hubiese sido rápida sino contundente. El español, sin embargo, ha dado una respuesta tardía y suplicante. Y así no es Tribunal y no es sentencia. Porque para un Tribunal Constitucional poco importaría que el Estatut viniese respaldado por el voto del Parlamento Catalán, el Congreso de los Diputados y una parte del electorado catalán. Y no es sólo que estas cosas hayan sido tenidas en cuenta clarísimamente sino que ha habido quien ha sostenido abiertamente que el Tribunal Constitucional poco menos que no podía tener voz sobre una legislación respaldada por un plebiscito y una ley orgánica. El Tribunal debería haber dado una respuesta tajante ante estos gravísimos ataques. Al no hacerlo, al emitir una sentencia interpretativa y rebuscada, ha dejado clara su impotencia y, a la postre, su ineficacia en tanto Tribunal Constitucional.

Ninguna ley puede protegernos del despotismo. Al menos no puede defendernos por sí misma. Los textos normativos, su lenguaje y sus mecanismos pueden ser empleados de muchas maneras para subvertir el espíritu de las leyes o incluso la forma de gobierno de un país. La inventiva en este campo no conoce límite alguno. Si no existe una oposición clara, rotunda y militante a determinados atropellos los gobiernos, los legisladores y los tribunales acabarán por cometerlos, ampararlos o justificarlos. De hecho, se ha llegado a tal extremo en que un Montilla puede acudir a la sede del gobierno del país a realizar afirmaciones de traición a la Constitución que, de un modo u otro, prometió o juró defender. Unas afirmaciones que no obtienen respuesta. No la obtienen porque no conviene al gobierno el contradecirlas por sus intereses electorales en Cataluña. Y por esta circunstancia existen los tribunales constitucionales y no por otra: para que la acatación de la ley dependa de la propia ley y no del oportunismo electoral que es cosustancial al político. Y, como he dicho, al final nosotros los españoles no tenemos de eso. 

La destrucción del Estado, pieza a pieza, ya lleva en marcha mucho tiempo. Hoy, como ayer, la visión de la ruina del mismo no puede ocultarse ni con los éxitos deportivos en ultramar ni con las sombrillas veraniegas.  Tampoco lo ocultarán los parloteos de quienes viven entre los arcanos del leguleyo oportunista e inventor de enjuagues para el poderoso. La "sentencia" del Tribunal Constitucional y las reiteradas llamadas al incumplimiento político de, incluso, esa débil declaracion del mencionado Tribunal son hechos de la mayor gravedad y que dejan bien a la vista el régimen de anoréxica legalidad bajo el que vivimos.

Los impuestos, mientras tanto, se seguirán cobrando puntualmente. O no. Al César lo que es del César.




"Cuando visito un país, me preocupa menos conocer cuáles son sus leyes que saber si se aplican." Montesquieu.

domingo, julio 11, 2010

YO SOY ESPAÑOL

Hoy la selección española de fútbol juega por primera vez en su historia una final de la Copa del Mundo. No se trata de ninguna tontería porque el fútbol es uno de los deportes que, de forma prácticamente universal, atrae a más gente. Se puede ser campeón de todo en waterpolo, fútbol sala o balonmano (como lo ha sido ya España), pero la repercusión de ganar un Mundial de fútbol es casi inigualable. La victoria, o derrota, de la selección española de fútbol hoy a las 20:30 horas será vista como propia por muchos millones de personas. Es la guerra.

Eventos futbolísticos como el Mundial o la Eurocopa constituyen una catarsis colectiva que raya en el simulacro bélico. Personas que normalmente ignoran cuanto sucede en el fútbol profesional o que incluso lo detestan (madres, novias, amigos...) con motivo de estos acontecimientos se unen a la corriente de hinchas de la selección con la esperanza, tal vez, de sentir el triunfo y la gloria que su vida les niega o raciona con severidad. El fútbol, como todo deporte, mueve a las personas y les lleva a estados de ánimo extremos: de la tensión al entusiasmo y del entusiasmo a la tristeza. Y esto tiene un gran valor.

En nuestro mundo contemporáneo el uso político del deporte se ha visto como algo típicamente fascista/despótico (no en vano fue la Italia de Mussolini una pionera en este campo, seguida años después por la dictadura argentina) pero tanto aproximaciones buenistas recientes como la realidad del día a día del fútbol mundial vienen a contradecir dicho sesgo ideológico. En campeonatos de fútbol de selecciones nacionales se desarrollan sentimientos de unidad, y combativos, que pueden muy bien ser interpretados o instrumentalizados por cualquier proyecto político: sea mejor o peor. No en vano los sentimientos que la gente desarrolla durante esos campeonatos son los del patrioterismo: una aproximación sentimental sumamente volátil y maleable.
En la España del Estatut o, más aún, la España de la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut (una muestra colosal de impotencia moral frente al nacionalismo periférico) que España esté por disputar una final del Mundial de fútbol se antoja una divertida contradicción en el plano emocional. Una contradicción que los partidarios del separatismo en España han visto perfectamente. Ya ocurrió en la Eurocopa de 2008, ganada brillantemente por la selección española: representantes del nacionalismo periférico y de las opciones más rupturistas no tenían problemas en decir a la prensa que apoyaban a las selecciones que se iban enfrentando a España. Que España ganase la Eurocopa fue un jarro de agua fría para ellos, si España gana el Mundial no sabremos de ellos en unos meses.

Los colectivos de homosexuales realizan en España, y otros países, campañas a favor de lo que ellos llaman "visibilidad". La visibilidad consiste en que esas personas puedan actuar conforme a su naturaleza en espacios públicos sin que nadie les reprenda, agreda o mire excesivamente mal. En España, tal vez por culpa de los muchos años de dictadura y del carácter tradicionalmente disperso y caciquil de las regiones españolas, los símbolos nacionales que inevitablemente representa la selección española de fútbol; no tienen visibilidad. Defender símbolos que representan nada menos que a una democracia constitucional es tarea imposible, o peligrosa, durante todo el año en demasiados lugares de España. Esto, que constituye un escándalo nacional, se ve sin embargo total o parcialmente suspendido cuando se dan fenómenos como la Eurocopa o el Mundial. Es entonces cuando vemos en Cataluña, País Vasco o Galicia a cientos o miles de personas gritando por las calles la sentencia más terrible para los "nacionalistas libertadores y presuntos representantes del oprimido": "¡YO SOY ESPAÑOL!".

Hoy los separatistas en España apoyarán a Holanda como apoyaron antes a Alemania, Paraguay, Portugal, Chile, Honduras y Suiza. Tal y como están las cosas, si gana hoy la selección española se podrá decir que habrá ganado España. Por suerte y por desgracia lo patriotero no da para cambios legislativos. Esos cambios que tendrán que venir de la mano de otras estrategias. De todos modos el fútbol hoy puede darnos a quienes vivimos donde el separatismo arma ruido una pequeña gran alegría.

Imagen que puede verse en pegatinas y carteles en estos días por Galicia:




"Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, al fútbol se lo debo" Albert Camus.