jueves, mayo 27, 2010

Ha faltado poco

Hoy se ha aprobado el famoso "tijeretazo" del gobierno socialista al gasto público. Un cambio de política radical y que sólo se explica por la presión de las potencias de la UE (Alemania y Francia). Un cambio de política que bien podría no haber sido necesario. Un cambio, en suma, lo suficientemente polémico como para que, ahora sí, muchos hayan visto la oportunidad de exigir elecciones generales inmediatamente.

El gobierno socialista encabezado por Jose Luis Rodríguez Zapatero es posiblemente el peor gobierno habido en la democracia española. Sus políticas se han caracterizado fundamentalmente por un cortoplacismo electoralista rayano en el absurdo y que ha hecho mucho por presentar a los socialistas como unos nulos planificadores obsesionados con lo cosmético. No obstante, y pese a la dialéctica habitual de sus críticos respecto a cualquier cambio de criterio, el gobierno socialista jamás había realizado un cambio tan osado en tan poco tiempo como el representado por el decreto aprobado en el día de hoy. Dicho decreto, como es por todos conocido, aprueba el recorte del sueldo de los funcionarios (más o menos progresiva de acuerdo a la escala pero que en general representa un ahorro del 5% de los salarios), la limitación de la ya semi-abandonada Ley de Dependencia y la congelación de las pensiones (salvo las no-contributivas y las mínimas). Todas estas medidas, como se comprueba, son cortoplacistas puesto que, de nuevo, el objetivo del gobierno lo es: reducir inmediatamente el gasto público en una cantidad relevante. Sin embargo el objetivo es evitar la quiebra de España: un objetivo muy poco o nada cortoplacista.

Las reacciones al insuficiente recorte de Zapatero han sido diversas. La mayoría de las mismas han sido de un corte demagógico, otras no tanto. Si bien no puede caber ninguna duda en que la gestión que el gobierno ha realizado del BOE en estos años de zapaterismo puede calificarse como derrochadora no debe caber excesiva duda de que la actual crisis resultó imprevista para los principales agentes políticos del país. Como suele ocurrir con estas cosas, se pensó que la burbuja inmobiliaria era un negocio para toda la vida y que no meterse en él hasta la trancas, por así decirlo, era obra de bobos. El mágico negocio de la recalificación actuó, a modo de mercado casi negro, como sostén de unos ayuntamientos cuya financiación nunca ha sido seriamente enfrentada por los políticos del país: completamente embarrancados en la financiación del modelo autonómico. Toca ahora, en plena resaca, contemplar los estragos de tantos años, podría hablarse de décadas, de un sistema político-económico en que la especulación y corrupción iban de la mano. Dichos estragos afectan a todos los niveles en España: desde los mencionados ayuntamientos al mismísimo fútbol. Vivíamos por encima de nuestra real capacidad. Gobiernos de PP y PSOE halagaron nuestros oídos diciéndonos que éramos la octava potencia económica mundial. No extraña que ahora haya tanta gente a la caza y captura de culpables más o menos oficiales: ya sean los malvados especuladores internacionales o una suerte de masonería socialista presuntamente conjurada en destruir España.

La oposición al gobierno, que en los últimos tiempos intenta significarse como defensora del sindicalismo (!) por supuesto dice abominar del recorte del gobierno. Los voceros y tertulianos diversos del PP, además, llevan semanas apelando al patrioterismo más bajo señalando graciosamente que "la España de Zapatero" es un "protectorado de Alemania". Estos nuevos defenestradores del no menos nuevo Godoy zapateriano nada han de envidiar a los antiguos. Primero se sacan de la manga la teoría del líder carismático y se nos dice que con otro presidente del gobierno la actual situación no se daría. Luego se excitan los sentimientos más bajos de la masa afirmando que quien gobierna prácticamente reune las condiciones del criminal o el maníaco. Y finalmente se apela al patrioterismo para condenar aquello de lo que ayer por la tarde más se presumía: el principio europeísta. Un cóctel bomba que pega chupinazos en las encuestas de opinión, hoy, pero puede tener consecuencias fatales para el país.

La evidente deslealtad del Partido Popular al país es sorprendente. Con una economía que de facto se encuentra intervenida y siendo urgentes los recortes del déficit de cara a evitar la quiebra de las cuentas públicas de España los salvapatrias populares, sin embargo, optan por el muy electoralista linchamiento del presidente Zapatero. Y encima lo hacen atacando una política de recorte del gasto público que presuntamente sería la propia del PP. Además se da la circunstancia de que todo el mal que efectivamente haya hecho al país el señor Zapatero se queda en anécdota al lado de la posibilidad de que el estado efectivamente quiebre. No se pueden consolar con la idea de que de estar el PP en el gobierno los sindicatos estarían echados al monte: estamos en una situación de emergencia. En esta emergencia nacional, en el aquí y ahora de los mercados internacionales, no es momento de adoptar falsas poses de héroe populachero (por otra parte tan ridículas de parte de alguien como Rajoy). El Partido Popular bien podría haberse encontrado con las circunstancias actuales pues nos enfrentamos ni más ni menos que al definitivo derrumbe de la economía del ladrillo. Cosa ésta que equivale simple y llanamente a que una muy importante parte del país súbitamente caiga en el desempleo y, súbitamente, haya que pagarles sus correspondientes subsidios. Subsidios que podrán ser infinitamente discutidos en el campo de la teoría pero que en la realidad suponen un gasto inmediato. El gobernador del Banco de España señaló recientemente el desempleo es la parte del león en el déficit de las cuentas públicas de estos dos últimos años. En un país que empleaba a más de dos millones de personas en la construcción anual de un número de casas mayor que el construido por el total de los restantes países de la Unión Europea se puede afirmar que las cifras de desempleo deben mucho al pinchazo del ladrillo. No querer prever esto es un fallo que también es atribuíble al PP. El "escándalo" pues del desempleo no es fruto de una demoníaca dirección de los asuntos económicos por parte de Zapatero sino más bien de simplemente seguir la línea de quienes ahora le culpan de absolutamente todo. Enfocar el análisis en las subvenciones y transferencias que el gobierno repartió, y reparte, entre sus acólitos y otros grupos de presión es una llamada a la confusión por cuanto los gastos de esa especie difícilmente llevarían por sí solos al déficit. Y lo que es más importante: el montante del derroche por parte de las administraciones públicas es tan notable como repartido entre PP y PSOE. El gobierno, de hecho, controla un porcentaje cada vez más pequeño del gasto total estatal y dicho gasto corre a cargo en importante medida también de gobiernos autonómicos controlados por el Partido Popular (Comunidad Valenciana y Madrid están entre las más endeudadas). Teniendo esto en cuenta se gana la perspectiva suficiente para comprender que el despilfarro, la duplicidad de cargos, los coches oficiales y otras perlas de lo agitativo no son responsabilidad de socialistas inmorales sino, más bien, de una clase política inmoral que incluye a los populares.

No es momento de celebrar elecciones generales. Los propios argumentos empleados por la mayoría de los críticos del gobierno justifican irónica y precisamente que no es momento para celebrar unos comicios. Cuando el gobierno de España está atado de pies y manos por Angela Merkel o sometido a examen por instancias internacionales; cuando los mercados financieros ponen en entredicho la solvencia de España y especulan con su quiebra inminente. Cuando todo eso sucede no parece el momento de que exista un gobierno en funciones durante más de un trimestre (período que vendría impuesto por cualquier convocatoria electoral). La convocatoria de elecciones no puede darse en este momento.

Como hoy mismo ha dicho Rosa Díez en su intervención parlamentaria, España vive un momento de emergencia nacional. Una emergencia de la que es culpable, entre otros, José Luis Rodriguez Zapatero. Un Zapatero que nos dejó asombrados no sólo con motivo de la última negociación con los asesinos de ETA sino por su decisión de tolerar, o incluso impulsar, una serie de reformas de estatutos de autonomía en clave confederal. Su frase, para la historia, de que la nación era un concepto discutido y discutible representa por sí misma su certificación como ejemplo viviente de la política irresponsable. Esa política que llega a cualquier apaño en el presente ignorando deliberadamente el daño que vendrá en el medio y largo plazo. Una política en la que, a decir verdad, Zapatero lleva instalado prácticamente desde que accedió a la Moncloa. El Partido Popular ha escogido un momento delicado para abandonarse a las peores expresiones propias del cortoplacismo de Zapatero. Que tengan cuidado los de Rajoy, no vayan a llegar elecciones y no quede nada que gobernar. Y justo para evitar esto hay que cambiar muchas cosas en este país: la ley electoral que sobrerrepresenta el hooliganismo de los grandes partidos, una justicia politizada en sus órganos clave y, sobre todo, una constitución política que amenaza con devolvernos al esperpento del cantonalismo por la vía de las reformas estatutarias ilimitadas.

De momento, y por razones más o menos confesables, CiU se abstuvo y permitió que la credibilidad de España en el concierto económico internacional no tocase fondo. Ha faltado poco. El año que viene: elecciones generales.



"En la geometría no existen sectas." Voltaire.

martes, mayo 25, 2010

Albert Rivera: un juguete de la ultraderecha

Recientemente un popular blog ultraderechista publicaba un cumplido elogio del señor Albert Rivera, líder de Ciutadans. Tanto Rivera como su partido se presentan desde hace tiempo como un partido progresista que atiende a cuestiones ciudadanas, no obstante, más que ideológicas. Pero desde hace un tiempo los apoyos de Albert Rivera y Ciutadans ni son progresistas ni son ciudadanos.

El particular descenso a los infiernos de la irrelevancia tanto de Ciutadans como de Albert Rivera corre parejo a la insostenible situación que se produjo dentro de ese partido tras su inesperado éxito en las pasadas elecciones catalanas. Ese éxito que tantos sentimos como una esperanza rápidamente se diluyó en cuestiones de muy poca altura y por luchas instestinas por hacerse con el control de un partido que ni tenía una dirección clara ni, sobre todo, nacía con una vocación realmente nacional. La esperanza de que Ciutadans se extendiese al resto de España era excesiva porque implicaba en la práctica el que Albert Rivera y los que controlaban Ciutadans por entonces perdiesen gradualmente su influencia. Por otra parte podían aducirse razones de peso para que esto último no fuese sólo un caso de egocentrismo o ambición sino legítimo temor a los topos, submarinos y aprovechados que asaltarían el partido a lo largo y ancho de España. Fuera como fuese finalmente la expansión territorial no tuvo realmente lugar. Hubo, al final, cierto fomento de agrupaciones territoriales fantasmales a base, incluso, de pactos con partidos localistas. Esta farsa se debió fundamentalmente a dos hechos: la necesidad de presentarse ante UPyD como un partido con el que coaligarse y la evidente proximidad de las Elecciones Generales de 2008.

UPyD se negó a coaligarse con Ciutadans de cara a las Generales de 2008. Después de esto fue una cantinela habitual la afirmación de que la decisión de UPyD desembocaría en una dispersión del voto constitucionalista. Se decía que la negativa a pactar con Ciutadans haría imposible en Madrid que saliese elegida Rosa Díez como diputada mientras que se daba prácticamente como hecho que en Barcelona Ciutadans sacaría diputado. Los medios que más insistían en esta presunta tragedia en ciernes eran los más conservadores, asombrosamente preocupados por las progresiones de Albert Rivera y los suyos. El resultado final de las Generales conviene recordarlo: UPyD saca 132.000 votos en Madrid por los menos de 4.000 de Ciutadans. En Cataluña Ciutadans saca menos votos que en las elecciones autonómicas, como parte de la tendencia bajista de Ciutadans desde su éxito inicial y, por supuesto, no consigue representación alguna. En un país normal alguien de quienes habían considerado demencial la desunión de UPyD y Ciutadans hubiese salido a dar alguna explicación o rebajaría en lo sucesivo el tono de sus profecías. Sin embargo no sucedió.

En la noche electoral de las Generales de 2008, como ya dije en su día, tuvieron lugar en presencia de periodistas de El País, sucesos muy graves en la sede de campaña de Ciutadans. Según informaba el mencionado periódico un dirigente de Ciutadans, visiblemente cabreado por no conseguir su partido representación alguna en el Parlamento nacional, afirmaba: "Tendremos que hacer que se disuelvan".  Si la ambición de Albert Rivera y los suyos consistía hasta ese momento en convertirse en una sucursal catalana, independiente y coaligada, de UPyD pasó entonces a ser la pura supervivencia. 

Ciutadans evidentemente tuvo un retroceso importante en su afiliación tras el desastre de las Generales. Un retroceso que forzó a abandonar la política de las buenas apariencias. Las agrupaciones territoriales ficticias, o conformadas por chaqueteros, quedaron vacantes. No fue por esto posible para Ciutadans el siquiera organizar el esqueleto de una candidatura en Galicia o el País Vasco. Las razones aducidas para no presentarse causaron la vergüenza ajena: Ciutadans, afirmaban, no se presentaría ni en Galicia ni en el País Vasco para no poner en peligro la victoria de las fuerzas constitucionalistas. Esta posición de  presunta generosidad en la práctica equivalía, sobre todo en Galicia, a pedir el voto para el Partido Popular. La historia de la señorita Maite Nolla (que prácticamente pasó de portavoz de Ciudadanos a la ejecutiva  del PP catalán) ya no sorprendía tanto.

La siguiente prueba de fuego para Albert Rivera eran las Elecciones Europeas. Ciutadans se encontraba de nuevo ante unas elecciones a nivel nacional que, pese al caramelo de la circunscripción única, no tenía excesivos medios para afrontar. La supervivencia de Ciutadans pasaba por hacer campaña, como se pudiese. Esta circunstancia, finalmente, fue llevada al extremo por Albert Rivera. Porque éste, junto con sus más directos colaboradores, y ante una oposición interna ya por entonces inexistente, arreglaron la entrada de Ciutadans en la coalición europea Libertas. Y no sólo eso: se arregló incluir en la coalición a los regionalistas de Unión del Pueblo Salmantino y el Partido Social Demócrata Español (partido político al que pertenece el tránsfuga socialista Eduardo Tamayo). La coalición con Libertas implicaba que un partido que se definía como progresista iría a las elecciones Europeas en una coalición de partidos abrumadoramente conservadores o, incluso, de extrema derecha. El pacto concreto con regionalistas y "tamayos" ponían en duda las pretensiones de Rivera de abanderar la regeneración democrática en España. Albert Rivera demostró no tener límites y, escudándose en vaguedades, no tener principios.

La coalición de Ciutadans con Libertas fue señalada en los medios más conservadores como una estratagema genial de Albert Rivera. Durante semanas la red se llenó de entusiasmados ciberactivistas que anunciaban el desastre para UPyD y una muy posible elección como eurodiputado del candidato de Libertas: el controvertido Miguel Durán. Albert Rivera, el portavoz de Ciutadans Jordi Cañas y el mencionado Miguel Durán estuvieron semanas y semanas dando vueltas por canales de televisión locales y por las tertulias de la extrema derecha. En este contexto no sorprende que quien organizase la campaña electoral de Libertas en España fuese Ramón Cendoya: un conocido todólogo muy vinculado al Partido Popular que se distingue por un antiizquierdismo salvaje (para el recuerdo aquella meditada opinión suya de la que se demostraría broma a Intereconomía del Gran Wyoming en que vinculaba la presunta actitud despótica de Wyoming con Educación para la Ciudadanía (¡?)). En definitiva: Ciutadans se presentó a las Elecciones Europeas de la mano de la ultraderecha.

Por razones que derivan de la envidia, la frustración o un cúmulo de extraños, y extremos, intereses, la ultraderecha española lleva desde hace bastante tiempo cargando las tintas contra UPyD y Rosa Díez. Durante el período previo a las Elecciones Europeas, primero, y el Primer Congreso Nacional de UPyD, después, estas actitudes de la extrema derecha se exacerbaron. Se anunciaban o desvelaban presuntos escándalos que nada eran o se daba circulación a chismes y rumores de resentidos de toda especie mientras se promocionaba paralelamente a un Albert Rivera ya prácticamente paródico. Resultaba que de nuevo UPyD iba a lamentar no haberse unido a Ciutadans, ese partido tan generoso que se coaligaba con cualquiera. Sea como fuere resultó que en las Europeas los extraños juegos y estrategias de Rivera, que acabaron con cualquier credibilidad que tuviese, no sirvieron de nada. Libertas saca en España 22.000 votos  (por detrás de los antitaurinos y "Por un Mundo Más Justo") frente a los 450.000 de UPyD. Ni siquiera las afirmaciones, en su Facebook, de Miguel Durán de que Libertas le había quitado el segundo eurodiputado a UPyD podían ser ciertas ante tan pobres resultados. Con estos mimbres ya puede asegurarse que Ciutadans es un partido que sólo guarda una fachada de existencia, ciberactivismo incluído, por sus escaños en el Parlamento catalán. Un partido que, como se ha comprobado, es un juguete en manos de obtusos estrategas del Partido Popular: que han acabado por creerse la propaganda propia, y ajena, en cuanto al electorado de UPyD, presuntamente muy a la derecha.

No importa tanto lo que se dice como lo que se puede asegurar. Importa, como dije ayer, la confianza. Albert Rivera y Ciutadans pueden erigirse en portavoces de los mejores deseos e ideales pero ya no merecen la confianza de nadie cabal. Para operaciones de maquillaje y marketing ya están un PSOE o ese PP para el que la formación de Rivera pedía el voto hace no mucho. Han demostrado estar dispuestos a lo que sea por mantener el control de decrecientes espacios de protagonismo. Y esta ambición, este "espíritu disolvente", no es un mal al que sea ajeno UPyD. Pero esa es otra historia.




"La política es un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir" Jacques Bénigne Bossuet.

lunes, mayo 24, 2010

La demagogia que no cesa

Desconfío de quienes advierten de grandes cataclismos ofreciendo soluciones basadas en la mera "voluntad de hacer el bien". El demagogo es el político reversible por excelencia. Un demagogo lo mismo defiende hoy una cosa que mañana la contraria. Lo único que permanece es la violencia con la que aquel defiende su doctrina y ataca a sus oponentes. Y es casi seguro que por lo que unos atacan fieramente a Jose Luis Rodriguez Zapatero hoy no atacarían a Rajoy mañana; pudiéndose atribuir a los incondicionales defensores de Zapatero prácticamente lo mismo.

Tanto a la derecha como a la izquierda podemos apreciar a diario la existencia de obsesiones notables. Unas obsesiones que, como en todo furor sectario, además suelen ser anticipatorias. Así, los firmes defensores de una y otra secta nos llaman a la pelea exponiendo el argumento terminante de que sus rivales en su situación harían lo mismo y otro tanto. Como base del ruido están los mitos que comparten unos y otros. Por un lado los derechistas y su coletilla de que "la izquierda es muy hábil con la propaganda" y por otro los izquierdistas del dóberman y el run-run del franquismo. España y AntiEspaña reunidas en el odio incondicional aspiran al imposible: la democracia sin pluralismo.

En realidad tanto los fanáticos de unos y otros tienen en estos días una amplia oferta para dar solaz a sus bajos apetitos. En todo lugar no faltan los arqueólogos del rencor que se muestran dispuestos a interrumpir la pelea del momento para añadir motivos para repartir estopa. No faltan, a pesar de los lloros de tantos y tantos, los medios de ultraderecha, terrestres y digitales (aunque sobre todo terrestres), que tertulianos infames mediante reparten a diario doble ración de odio y difamaciones que quitan el hipo. El que no está cabreado es porque no quiere.

Que no nos engañen. El problema no es de discurso. El problema es de credibilidad. Yo no confiaría mi coche a un borracho ni mis secretos, deseos y esperanzas a un consumado timador. Y en este juego parecen estar todos los que dirigen al pueblo a la pelea. Si un día es el gobierno el que nos despierta la indignación mintiendo descaradamente sobre la situación nacional al público o intentando aumentar las disputas entre españoles, la llamada oposición no hace menos cuando abre la boca. La increíble codicia que revelan las palabras de los representantes del PP sólo parece ser apta para el consumo de alguien desesperado por la rabia. El espectáculo es abracadabrante: un Montoro que se permite el banquete de abominar del "recorte de derechos sociales y laborales" proponiendo acto seguido prohibir por ley el déficit público (una contradicción para cualquiera que sepa lo que son los estabilizadores automáticos). O un Rajoy que, con la enorme simpatía del sector marianista (no seguidores de Mariano sino de otra) de su partido, nos deja estupefactos acusando a Zapatero de dejar desamparadas a las embarazadas por la retirada de un cheque-bebé al que el PP se opuso en su día. No deja de sorprender esas referencias a que Zapatero "se ceba con los débiles": no ya temeraria sino casi propia de la CNT. Cuestiones del todo sorprendentes habida cuenta de que el PP, tal vez para consumo de quienes les ven como genios económicos, hasta ayer por la tarde llamaban a grandes sacrificios, recortes de gasto público y liberalización en el mercado laboral. Además, las "soluciones" que plantea el PP a la actual crisis (no olvidar nunca que el pasado éxito económico del PP se basó en la venta de las grandes empresas públicas y en inflar la burbuja del ladrillo) se basan en generalidades e imposibles, tal como los plantean, que sólo pueden producir vergüenza ajena. Porque se está intentando agitar al público con la idea de que la cultura del despilfarro es cosa del gobierno central. Se está intentando jugar la baza del "gobierno corrupto" desde un PP plagado de tramas caciquiles de la peor especie. Se está mintiendo al pueblo planteando que de la crisis se sale poco menos que por la voluntad de un Rajoy que además es de todo menos enérgico. Tamaña es la farsa. 

En España, como hoy se ha vuelto a mostrar en su desnuda realidad, existe un gravísimo problema institucional. Tenemos una organización política insostenible que supone por sí sola la garantía del despilfarro y, llegado al punto, la disolución del Estado. Por muy incompetente que sea el gobierno socialista en Madrid no se puede seguir ocultando que no es solo Zapatero quien tiene centenares de "asesores" (por no decir gorrones) sino que sus excesos forman parte de una cultura política instalada en el derroche. Un derroche del que, insisto, participan todos los partidos a través de los gobiernos autonómicos (y municipales) y en el que las distinciones ideológicas son apenas una farsa gladiatoria. Un panorama en que las recetas fáciles, y cambiantes, de un  Rajoy, Montoro o Pons sólo pueden calificarse de burla para el consumo público.

España afronta un período terrible y tenemos que poner la poca fuerza que está en nuestras manos en detener, al menos, este terrible linchamiento sin fin en que PP y PSOE se nos presentan como meros intermediarios del odio. Y hay que detener ya no sólo esta deriva sectaria sino esa suerte de reyezuelos impresentables que, como el señor Montilla, se acercan nada menos que al Senado a dictar cuál es o debe ser el espíritu de la Constitución. Y lo dictan, además, de una forma que certifica el absurdo de nuestra actual situación: en la lengua de Babel. Pero, de nuevo, no nos engañemos: hace tiempo que los políticos de este país hablan en un idioma que nadie armado de buena fe puede llegar jamás a entender; el idioma de la mentira y la discordia. He ahí la raíz de nuestros males más acuciantes. Unos males que no tienen fácil remedio sino difícil y, como diría aquel presidente norteamericano, es por esto que debemos enfrentarlos con mayor decisión. No podemos decir que no estábamos advertidos.



"El enemigo más temible de la democracia es la demagogia" Alfred Croiset.


jueves, mayo 20, 2010

The pacific

El lunes llegó a su fin una de las series más esperadas de los últimos tiempos: "The Pacific". Esta serie, que es la más cara de la historia, constituye una mezcla de tragedia y género bélico que a muchos ha decepcionado por diversas razones.

"The Pacific" fue llevada a cabo por los mismos que hicieron "Band of brothers" y se hizo mucha publicidad de esto. Esto resulta problemático porque respecto a aquella serie hubo un cambio que resta importancia a que la serie fuese obra del mismo equipo: el de la base sobre la que se realizaron los guiones. La serie de 2001 fue realizada fundamentalmente sobre las novelas de Stephen Ambrose acerca de la Segunda Guerra Mundial (Ambrose, quien murió en 2002, de hecho participó en la elaboración de los guiones de "Band of brothers") por lo que los trabajos se realizaron en una línea muy clara. Clara, además, en la medida en que Ambrose evidentemente escribía como narrador y no como protagonista. Por contra, la base fundamental sobre la que se elaboraron los guiones de "The Pacific" son las autobiografías de dos marines (Robert Leckie y Eugene Sledge) a la que se añaden otras historias (como la de John Basilone). El resultado de esta diferencia es que lo que en una eran claridad y familiaridad en la otra se convirtió aparentemente en un permanente desfile de desconocidos. Algo que por fuerza hace perder relevancia y tensión a las diversas batallas que se van mostrando a lo largo de la serie. Puesto que en "Band of brothers" se hacía sentir realmente la pérdida de los personajes. En la serie de 2001 toda la historia giraba alrededor de los miembros de la Compañía Easy, que estaban casi toda la serie en un mismo tiempo y espacio, que simplemente se iban turnando como "narradores" y protagonistas principales de cada episodio. En cambio, en "The Pacific" se nos presentan sucesivos grupos de protagonistas (algunos desconocidos entre sí durante toda la serie) de distintas unidades y que salvo en cuatro capítulos no están en el mismo lugar. Y por esto no extrañará decir que en "The Pacific" los capítulos "más bélicos", justo al contrario que en "Band of brothers" se nos antojen más bien regulares. ¿A qué se puede deber esto?

Los dos primeros capítulos, sobre la batalla de Guadalcanal, son aceptables y tienen algún momento que pone la carne de gallina (cuando John Basilone coordina y protagoniza la defensa, al final casi en solitario, de varios puestos de ametralladoras que están siendo simultáneamente asaltados por centenares de japoneses). Luego, el tercer capítulo, que es uno de los que no tienen escenas de batalla, es francamente bueno: en el que se nos muestra la vida ociosa de unos soldados que han pasado por el infierno de Guadalcanal en una ciudad amiga como Melbourne. Los inevitables romances que se dan no son tópicos ni se cae en la pura vulgaridad en la que semejantes historias a veces se plantean. Sin embargo a partir del cuarto capítulo algo parece torcerse. Las historias de los principales protagonistas hasta ese momento se separan y en todos los capítulos siguientes (con la excepción de los dos últimos) se dan cambios muy bruscos y muy relevantes. Se dedican nada menos que tres capítulos a la batalla de Peleliu y en esta desaparecen (Robert Leckie y otros; algunos sin demasiadas explicaciones) varios personajes que en los primeros capítulos eran protagonistas mientras aparecen otros nuevos. Algunos de esos nuevos personajes como el sargento de instrucción veterano de la primera guerra mundial o el ratero de Nueva Orleans metido a marine están bien, pero la mayoría, incluído el nuevo protagonista central de la historia (Eugene Sledge), rayan la irrelevancia (no ayuda el horroroso doblaje castellano en esto: por supuesto esta serie, como la por ahora soberbia Treme, debe verse en V.O). Para el recuerdo, sin embargo, queda una escena en que en plena "batalla de ratas" contra los japoneses los marines reciben la noticia de la muerte de uno de sus oficiales (un tipo muy querido y respetado) y el cadáver de éste pasa entre ellos parándose ante él, algunos llorando, para saludarle militarmente. Luego de esto, el antepenúltimo capítulo se centra de nuevo en John Basilone (que había vuelto a EEUU en el tercer capítulo para vender bonos de guerra), su vida personal y su participación en Iwo Jima. En mi opinión esta digresión le resta cohesión a la serie pues en un solo capítulo se nos presentan muchos personajes nuevos sin que esto tenga mucho provecho pues la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos hace que las (espectaculares) escenas de batalla en Iwo Jima sean, con diferencia, las que menos impacto tienen de toda la serie puesto que sólo sabemos quién es Basilone: el resto ni nos van ni nos vienen. La historia de amor que se plantea al principio del episodio, además, es, a diferencia de la protagonizada por Leckie en el tercer capítulo, un compendio de topicazos sumamente predecibles (por cierto: deberían mirarse los del casting de series esa costumbre suya de contratar para papeles de época a mujeres con rostros tan llamativamente "modificados" por el bisturí y el botox). En los dos últimos capítulos se dan dos buenos episodios. El penúltimo nos da una imagen negra, negrísima, de la batalla de Okinawa: donde es escasísima la diferencia que media entre seguir con vida o morir y son dramáticas las consecuencias de las más pequeñas acciones (este capítulo contiene alguna de las escenas más salvajes que haya visto en mi vida: no apto para personas sensibles). El último episodio presenta algo que no se había mostrado en "Band of brothers": el enfrentamiento con la realidad de la vida civil. Tanto en este, como el ya mencionado capítulo tercero, se ve a la serie subir a grandes alturas. Porque en estos capítulos se reflejan las relaciones humanas desde una perspectiva muy realista y sincera: tanto las juergas alcohólicas como un simple viaje en tren con unos amigos se presentan muy bien, sin estridencias, y siendo así resulta muy fácil verse reflejado en ellas. Así, por ejemplo, en el tren de regreso al hogar, uno de los protagonistas, cuya unidad se había quedado rezagada limpiando el campo de combate de Okinawa, dice: "nosotros volvemos en 1946 y no nos dan ni una cerveza gratis". Se transmite muy bien, en definitiva, el espíritu de la juventud y, al final, el terrible precio que se cobra sobre ella la guerra. Porque, sin ir más lejos, en el primer capítulo de la serie los reclutas afirmaban estar preparados para matar a miles de japoneses pero ya en el tercero, tras la matanza de Guadalcanal, los mismos escuchan sin interés a los niños australianos que les preguntan a cuántos japos habían matado.

Es tan diferente "The Pacific" respecto a "Band of brothers" que su comparación resulta, siendo justos, imposible. Una diferencia que sólo puede ser deliberada. "Band of brothers" era un "Objetivo Birmania" (una película, por cierto, simplemente excepcional) de nueve-diez horas de duración en que el grupo de compañeros lo es todo mientras que "The Pacific" aspira a contar otras cosas y en el que la épica se vende muy cara e, incluso, se relega a un plano secundario. A cada uno agradará más el enfoque de una u otra, simplemente. Como serie bélica, entonces, "The Pacific" deja mucho que desear mientras que como serie dramática es superior a "Band of brothers" y toca muchos más palos. Una mayor profundidad que curiosamente también distinguió a "La delgada línea roja" respecto a "Salvar al soldado Ryan" (película respecto a la cual "Band of brothers" se puede calificar como "prolongación seria"). Qué decir de la mediocre doble aproximación de Clint Eastwood al tema de Iwo Jima. Puede que una explicación para estas diferencias radique en la naturaleza del enemigo contra el que se combatía en el Pacífico.

El carácter del soldado japonés, así como la determinación de sus mandos y táctica acabaron obligando a los norteamericanos a un tipo de lucha basado en la búsqueda y exterminio del enemigo: un tipo de guerra especialmente desmoralizador y para el que el ejército de ciudadanos de una democracia, como se mostraría  luego en Vietnam, simplemente no está preparado. Esta lucha conmocionó a una generación de norteamericanos a un nivel superior que otras carnicerías (menos intensas aunque mucho mayores) como las que sufrieron los aliados en la liberación de Europa. Puede que esto simplemente se haya trasladado al cine. Puede que combatir a un enemigo fanático en un espacio muy reducido traumatice mucho más que luchar en campo abierto contra un enemigo que considera honrosa una rendición a tiempo. Puede que, en fin, por eso en el último caso se pueda hacer épica y en el otro más bien tragedia. Y en el género trágico debe encuadrarse "The Pacific" y no en el de hazañas bélicas. Una vez que se acepta eso se puede decir, creo que sin lugar a demasiadas dudas, que "The Pacific" es una muy recomendable pieza de arte en la que el protagonista, por encima de todo, es el hombre y no la guerra.


"Su espada el audaz desenvaina sin temor y se bate por su patria con honor" Robert Leckie.