domingo, abril 18, 2010

Ciudad de vida y muerte

Ayer pude ver la película "Ciudad de vida y muerte". Hace no mucho ví "Acantilado Rojo", en su versión internacional. Se tratan ambas de películas chinas elaboradas con gran presupuesto. Ambas son, además, grandes películas y con pretensión, sin duda, de serlo.

La visión que hasta hace poco tenía del cine oriental era que, básicamente, consistía en una clase de películas francamente prescindibles. Siempre centrándose en temáticas no sólo muy duras sino, además, notablemente mezquinas. Ya saben: "dentista de Shangai entra en una relación sadomasoquista con una niña de 15 años que va al colegio con la hija de su ex-mujer" y similares. Estos filmes, para más inri, eran festejados con generosidad por los más destacados pedantes del panorama de la crítica cinematográfica. Pedantes, por cierto, que no lo son menos por ser "modestos".

Sin embargo tanto "Ciudad de vida y muerte" como "Acantilado Rojo" cuentan mucho y muy bien. Si se tratan de comprender, además, los inevitables manierismos de los orientales, se transmiten mensajes no sólo perfectamente comprensibles por un occidental sino que constituyen en cierta medida un rendido tributo a la historia del hombre. En estas películas aparecen retratados las principales miserias y virtudes de la humanidad sin, además, dejar un absurdo margen para la esperanza. Es realismo.

Siguiendo la estela de títulos como "Ciudad de Dios" o "Tropa de Elite", que daban un testimonio crudísimo de las "no-go areas" en el Brasil del ordem e progresso, "Ciudad de vida y muerte" hace lo propio con el traumático suceso de la "violación de Nanking". No se ahorran barbaridades al espectador y, como sucedia con "La lista de Schindler" o "El pianista", esto es una labor necesaria. Los millones de muertes son estadísticas y no está de más, de vez en cuando, dar una muestra en imágenes de lo que hubo detrás de los fríos números.

En "Ciudad de vida y muerte" hay muchos elementos del cine de holocausto, por llamarlo así, y también de película bélica. De muy buena película bélica, por cierto. Porque no recuerdo haber visto nunca una lucha callejera tan bien narrada. Tanto el uso de granadas como de los rifles de repetición se muestra de forma muy realista y alejada de los convencionalismos del cine de acción: que tantas veces presentan como igualmente eficaces ametralladoras, fusiles o pistolas o "gradúan", a efectos dramáticos, el alcance y efecto de las granadas de mano. Impecable.

Evidentemente, se muestra a los chinos como a unos héroes. Pero, asombrosamente, la película se centra fundamentalmente en un sargento del ejército imperial japonés que es una persona completamente normal y al que lo que se produce en Nanking le afecta como al que más. La masacre indiscriminada de prisioneros de guerra, las muertes sin sentido, las violaciones en masa, la tortura del alma humana y el procesamiento genocida de personas. Todo esto se muestra junto con la labor caritativa de unos occidentales (irónicamente encabezados por un nazi: único extranjero al que los japoneses respetan, por razones obvias) que intentan salvar a todos los chinos que pueden, sobre todo mujeres, del suplicio y segura muerte que los japoneses les reservan. La escala de la maldad japonesa volcada en la por entonces capital de la China nacionalista es tal (se habla de hasta 300.000 civiles chinos asesinados) que un chino ajusticiado en la película dice a su ejecutor, sonriendo antes de ser fusilado y consciente de lo que sucede: "Mi mujer está de nuevo embarazada".

Es de celebrar que desde China se esté comenzando a hacer un cine de gran calidad, presupuesto y con ambición de llegar hasta nosotros, los occidentales. Pese a los elementos patrióticos de "Ciudad de vida y muerte" (ese electrizante momento en que los soldados chinos, conscientes de estar a punto de ser asesinados en masa, comienzan a gritar "China no morirá nunca"), en realidad sorprende que en China se haga un cine que, evidentemente, muestra a la China del Kuomintang (que combatía ya por entonces a los chinos comunistas) en un sentido heroico, de reconocimiento. Realmente están cambiando las cosas en la China roja. Sin duda, la película molestará mucho a otros nacionalistas (los japoneses), que todavía niegan lo sucedido en Nanking.

Creo que es una película, en definitiva, que merece la pena. Deben, sin embargo, abstenerse las personas muy sensibles porque de verdad que es sobrecogedora: de una violencia verdaderamente terrible. Muy superior, por cierto, a otras películas sobre desastres colectivos en una ciudad como, por ejemplo, "Enemigo a las puertas". No hay margen en "Ciudad de vida y muerte" para sentimentalismos de escaparate ni para deus ex machina benevolentes. Y así es porque, como dice un protagonista: "A veces es más difícil vivir que morir".

Hay que verla, sin duda. Puede que algún día se haga una película semejante, desde China, pero sobre el gran salto hacia delante. A la vista de "Ciudad de vida y muerte", ese día está cada vez más cerca.






"Una muerte es una tragedia. Un millón es una estadística" Josif Stalin.

viernes, abril 16, 2010

De los tristes destinos

Cualquiera que acceda a un Código Penal comentado podrá observar como los sucesivos artículos contienen redundancias y excesos jurídicamente poco comprensibles. Una circunstancia que se relaciona directamente con el uso populista que desde el poder legislativo siempre se ha hecho de la reforma legal. Y cito el caso de la Ley Penal por ser ésta la más llamativa para la ciudadanía y que, tras una oleada de crímenes o, incluso, un crimen muy llamativo facilita a los políticos el recibir los vivas de un pueblo escandalizado o asustado.

Sin embargo, los defectos de la legislación penal no sólo sirven para el solaz de un pueblo agitado. Dichos defectos, o más bien los defectos del pueblo, amparan un creciente desprecio por el individuo, el ciudadano. Un desprecio que se manifiesta en la multiplicación de normas dirigistas que, al final, no hacen sino caer aún más en el descrédito a quien las produce. Porque, avancen lo que avancen los medios de comunicación, la inflación normativa, la legislación de hasta cualquier pequeño detalle de la existencia humana, sólo puede llevar a un creciente desconocimiento de la ley por parte de los ciudadanos. Un desconocimiento que, en teoría, "no exime del cumplimiento de la norma" pero que, en la práctica, lleva a crecientes espacios de impunidad. Y eso, que puede ser asimilable por el sistema por un tiempo (tal vez mucho), conforme los esfuerzos legislativos se vuelven más específicos e imperativos se llega a una situación lamentable en que la ley se desdibuja hasta tal punto que los espacios de impunidad comienzan a abarcar los delitos más básicos, más lesivos. No hay duda: si el poder emite una norma debe poder hacer que se cumpla. Si no puede, es que ese poder ya no es poder. O lo que es lo mismo: que ese poder ya no es legítimo sino uno más.

Y vemos ahora en los medios de comunicación cierta alarma por un documento recientemente emitido por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). Hay quienes se escandalizan con esta "Ordenanza Marco". Es necesario señalar, por supuesto, que estos últimos también suelen hacer llamamientos a ignorar la ley cuando los sentimientos populares parecen demandarlo. Una y otra vez muchos salvapatrias, defensores de la decencia o incluso pretendidos adalides de la convivencia engañan a un pueblo que parece pronto a engañarse. Adulando los bajos sentimientos conducen una y otra vez a más y más leyes para canalizar el indisimulado deseo de la desobediencia de la ley en aquéllo que en el momento se antoje inoportuno. Un ejercicio tan provechoso para espíritus turbulentos y quienes encuentran sustento en las oscuridades jurídicas como letal para la democracia. Letal, al menos, para esa clase de democracia que se erige sobre ciudadanos responsables y no sobre meras exhibiciones de fuerza.

Cuando la FEMP elabora una ordenanza marco como la mencionada, en el contexto actual, es lógico sospechar. Porque no hace falta rastrear las actividades de asociaciones de aburrido propósito para ser conscientes de lo que está ocurriendo. Basta salir a la calle para comprobar la proliferación de una especie urbana que en otros momentos se mostraba menos visible: la policía local. Los agentes locales están más visibles que nunca interponiendo denuncias e imponiendo multas por doquier. Y es en estos servidores públicos y su renovado celo profesional donde se encuentra el peligro de la ordenanza marco de la FEMP. ¿Por qué? Pues porque uno puede darse un paseo por las ordenanzas vigentes del municipio en que habite y comprobar que desde hace años están sancionadas cosas que son difícilmente coercibles y casi completamente impunes. No es raro escuchar en medios de comunicación locales cosas como que "la Policía Local retomará el control de la legalidad sobre...". ¿Qué es esto? Se trata de la típica arbitrariedad del poder local: siempre falto de recursos pero sobrado de excusas para reglar, tasar y prohibir. No es extraño que se esgrima la defensa de "la libertad y la convivencia" para justificar sanciones de cientos de euros por las pamplinas más diversas. No sólo puede sancionarse severamente arrojar cosas al suelo sino prácticas tan perturbadoras como regar las plantas después de las 7 de la mañana y similares. Y está claro que sin una policía local que haya recibido órdenes muy precisas todos estos reglamentos serían sólo un monumento a la locura. Un monumento que, para escarnio del público, tantos y tantos municipios tienen a bien poner a relucir ni antes ni después de que aparezcan los números rojos en sus cuentas. Una práctica que, como decía, tiene un carácter tan caprichoso que difícilmente podría considerarse justo sin el concurso de la demagogia y la hipocresía a la que tan vulnerables son los colectivos humanos. Y máxime cuando el espíritu de un pueblo no es excesivamente democrático.

Hacen falta muy pocas leyes sancionadoras allí donde reina el respeto por la ley y el brazo del Estado es fuerte y diligente. En España es muy dudoso lo primero y desde luego no se trata del caso de lo segundo. Los poderes locales siempre y en todo lugar están sometidos a una inercia que les hace crecientemente enemigos de la democracia y es, precisamente, el poder lejano el único capaz de moderarlos. No sólo, tampoco, a través de leyes sancionadoras sino del mero sentido del propio interés que una estructura política racional puede establecer. Sin embargo, en España, la política se muestra en casi todos los frentes como algo disgregador y cuya arquitectura fundamental parece una suerte de reparto regido por principios muy lejanos a la eficiencia. El resultado de todo eso es el visible: un triste espectáculo en el que unas degradadas instituciones se debaten entre la megalomanía y la disolución. Y así, mientras la FEMP busca dinero, sin embargo, todo está en el aire. Nuestros próceres no quieren que la fiesta decaiga.


"Engañados grandemente vivirán los que crean que por no vocear los republicanos en las ciudades, ni alzarse los carlistas en la montaña, ni cuajar los intentos de tales o cuales jefes de los cuarteles, ni cuidarse el país de que la imprenta calle o las elecciones se mixtifiquen, o los Ayuntamientos exploten sin ruido las concejalías y los Gobernadores los juegos y los servicios, está asegurado el orden y es inconmovible el Trono" Francisco Silvela.