sábado, febrero 27, 2010

Política en el sentido más peyorativo

A veces los más brutales y fanáticos hacen escarnio de cualquier sentido de la moderación escudándose, afincados en el cinismo, en categorías de lo moderado. No es extraño ver en tertulias y cafés a personas notablemente autoritarias que se complacen en decir que tal o cual cosa es poco democrática o apelar al "clamor popular" que de gobernar alguien de su cuerda sólo juzgaría griterío majadero. No es extraño tampoco que gente que normalmente ríe las gracias de Hugo Chávez y otros "héroes populares" se las dé de portavoz de la buena educación. Y todos estos nada extraños españoles han confluido estos días en una crítica despiadada de Rosa Díez por motivo de una entrevista que le realizó Iñaki Gabilondo en CNN+ (1, 2 y 3). Una entrevista en la que Rosa Díez se muestra, por lo general, más brillante que nunca en la exposición de motivos e ideas de UPyD pero en la que, ya hacia el final (cuando Gabilondo le pide que dé una opinión rápida sobre personas que le va mencionando), Díez dice de Zapatero: "podría ser gallego en el sentido más peyorativo del término". Semejante afirmación favorece el mal titular, qué duda cabe, pero ha sido completamente sacada de contexto por razones más que evidentes: Rosa Díez es la política mejor valorada de España y se distingue por criticar cosas que en este país aparentemente son incriticables. Pero es que Rosa Díez en la entrevista que le hace Gabilondo muestra una completa calma ante las preguntas del presentador de CNN+. Una calma que no se ve alterada ni con las más incómodas preguntas. Es más: cuando Gabilondo le pide a Díez opinión sobre el incidente de la "peineta" de Aznar a unos estudiantes que le llamaban, entre otras cosas, "asesino", ella afirma que el gesto del ex-presidente del gobierno le pareció "inadecuado". Puede que muchos estén aficionados al doble pensar, pero... ¿tiene sentido que una persona que muestra estas opiniones moderadas, por las que se distingue desde hace mucho, se diga que con la afirmación sobre el presunto carácter "gallego" de Zapatero estaba "insultando a los gallegos"? La respuesta es evidente: no.

Entre quienes apoyan a UPyD siempre ha habido un ligero problema de cálculo en cuanto a la entidad de las fuerzas que tienen a España hecha unos zorros. Los millones de votos que recibiría mañana un mono con pistolas que se presentase bajo las siglas del PP o el PSOE son una realidad. A esas personas, hinchas futbolísticos de una eterna dicotomía España-Antiespaña, la oferta política de UPyD o Rosa Díez les molesta en extremo. Y esos abanderados del insulto diario, de esa "batalla de las ideas" que consiste en tachar de mal absoluto al rival político, ahora se hacen cruces con una frase destontextualizada de Rosa Díez. Algunos, como el mentiroso Feijoo, lo hacen tras tan sólo unos pocos días haber defendido públicamente la ocurrencia, ya mencionada, de Aznar de hacer un gesto despectivo a un grupo de estudiantes.

Un buen ejemplo del extremo cinismo de que hacen gala quienes achacan a Rosa Díez el insultar a los gallegos, e indicio de la verdadera motivación de tanto escándalo, lo encontramos en esa caverna mediática conocida por Intereconomía. El jueves, en el programa "El Gato al Agua" el falangista Eduardo García Serrano, que por la contundencia de sus injurias al personal deja en aficionado a Federico Jiménez Losantos, afirmaba sentirse insultado por Rosa Díez. Su lección de buena educación continuó calificando inmediatamente después de "cretina" a la política vasca. Por otra parte, nada menos que Mario Conde (un señor condenado en los tribunales por apropiación indebida, entre otras cosas) se echaba las manos a la cabeza con "los insultos de Díez contra los gallegos". ¿A quién sorprende esto? Desde Intereconomía se patrocinó, desde el momento en que quedó claro que UPyD no sería un partido de ultraderecha a su medida, todo intento de boicot o ataque a dicho partido: desde la candidatura de Ciudadanos-Libertas en las Europeas (presumían que esa candidatura iba a restarle la mitad de los votos a UPyD) a la disparatada carrera de difamación emprendida por Valia Merino como portavoz del "sector crítico" de UPyD.

Pero aparte de la reducida esfera mediática de la ultraderecha más casposa tenemos al otro lado evidentemente a los nacionalistas periféricos (en este caso los gallegos). ¿Y qué hay más propenso al victimismo que un nacionalista? El nacionalismo en cierto modo, de hecho, consiste en un victimismo sistemático. Sería poco cabal no esperar que se sientan ofendidos por las palabras de Rosa Díez quienes prácticamente se sienten ofendidos porque ser gallego no sea sinónimo de ser nacionalista gallego. Y como eso de los términos les va mucho van y tiran de la acepción costarricense de "gallego"y le atribuyen a Rosa Díez el referirse a esa pese a que evidentemente se refería al tópico del gallego que no sabe si sube o si baja: un tópico tan poco insultante que es empleado como broma por los propios gallegos de forma muy habitual. Y Feijoo, claro, tiene interés en confundirse con estos señores en su juego del despiste: intentando ahora pasar por un "capitán trueno" del galleguismo exigiendo ponerse de rodillas a Rosa Díez. El PSOE, a quien tampoco le falta tiempo para presentarse como nacionalista periférico allí donde le convenga, se ha sumado a través de varios de sus integrantes al apaleamiento. El argumento de éstos últimos es asombroso: "Rosa Díez ha pasado de insultar la lengua gallega a insultar a los gallegos". Nadie quiere moverse y no salir en la foto "gallega". Es por esto que muchos de los diputados del PSOE en Galicia fingen ser gallego parlantes, sin serlo, y ser indómitos luchadores por la identidad gallega, porque toca. Ello "toca" del mismo modo que en ciertos momentos de la historia de cualquier país ser miembro de alguna secta, club o grupo extremista fue garantía de obtener fácilmente un cargo público.

La unión de altavoces contra Rosa Díez en la política gallega, donde el BNG hablaba de "llevar el caso al Parlamento", contrasta, como alguien ha dicho, con las mucho menos unánime y mucho menos estentórea condena del atentado con bomba contra cierto notable crítico del nacionalismo.

En realidad ha habido bastante revuelo en ese mundo, tan voluble, de internet. Muchos que se dicen simpatizantes o incluso militantes de UPyD han señalado el incidente del "gallego en el sentido peyorativo" como si fuese una catástrofe electoral. Llamaban también a que Rosa Díez se deshiciese en disculpas por ofender a la identidad de los gallegos. Yo, personalmente, creo que estas personas son muy ingenuas o en su idealismo han llegado a creer que en España sólo existe UPyD y un bando inconcreto de rivales en que no hay capacidad de movilización o alboroto. Pero es que la realidad es, como he dicho, que hay gente en este país que está muy enganchada al bipartidismo o el nacionalismo obligatorio y que los partidos que representan el statu quo tienen una gran capacidad de movilización/agitación de todas esas personas. A esas personas se les ha convencido de que la política consiste en la clase de numerito que le han organizado esta semana a Rosa Díez. Es lógico, por tanto, que esas personas no tengan excesivos problemas en contarnos historias acerca de lo muy bien que les caía Rosa Díez pero que ahora ya no le votarán. Pues bien: es que esas personas ya no nos iban a votar. Y hay que asumir que no pocos individuos de este país, por defender el ABC de la democracia liberal, nos llamarán sin descanso "fascistas". Hay que asumir que no menos individuos en este país, por defender la igualdad o el concepto de ciudadanía, nos llamarán sin desmayo antigallegos, anticatalanes o anticonquenses. Pero es que si no fuese así UPyD no tendría que existir. La polémica de estos días con Rosa Díez no hace más que confirmar cuan bajo se halla la política nacional.

En resumen: quienes han querido ver en las palabras de Rosa Díez del otro día un "insulto a todos los gallegos" es o bien porque están seriamente desinformados de cuál es el verdadero discurso de Rosa Díez (y en realidad desinformados en cualquier otra cosa) o bien porque simplemente quieren ver algo ofensivo en todo lo que ella hace o dice. No en vano, insisto: es la política mejor valorada del país y eso parece que se tiene que acabar. ¿No es así?




"En la política es a veces como en la gramática: un error en el que todos incurren finalmente es reconocido como regla." André Malraux.

PS: sale hoy en La Voz de Galicia que "afiliados de UPyD se marchan del partido a raíz de las declaraciones de Rosa Díez. Es necesario aclarar, por si a alguien le interesa, que UPyD es un partido en el que parece ser un deporte muy extendido el entrar, pedir que se cambie el ideario político, que a uno le nombren virrey de la India y luego, tras la negativa, irse dando un portazo llamando a los medios para cubrir tan relevante evento. ¿Cómo iban a resistirse a no emplear esta ocasion para anunciar su marcha del partido? Aunque los hay que se han ido varias veces. Como lo oyen. Una buena panda de sinvergüenzas sin principios que sólo se arrimaron a UPyD a ver si sacaban algo.


PS 2: leo en los comentarios a cierta noticia de La Voz acerca de todo este asunto un comentario especialmente gracioso: "¿Y ahora cómo van a hacer campaña sus afiliados por Galicia? La gente les va a llamar de todo por la calle". Gracioso, digo, porque YA nos llamaban de todo por la calle. Cosas del nacionalismo obligatorio que se manifiesta en otro comentario, por ejemplo, en que se hace una llamada a nombrar a Rosa Díez "persona non grata en Galicia" y similares. Parecen nazis.

miércoles, febrero 10, 2010

La mentira como síntoma, la mentira como ejemplo

Cuando el señor Feijoo, presidente de la Xunta de Galicia, nos presentó su borrador de decreto lingüístico nos dejó claro que había mentido durante la campaña electoral. Campaña durante la cual había prometido más de lo que alguien razonable podría creer conociendo el pasado y presente del Partido Popular de Galicia. Pero hubo quien se quiso llevar a engaño y, definitivamente, fue engañado. Pero sería no menos definitivo el error de suponer que semejante mentira alterará en algo la seguridad política del señor Feijoo. No.

La libertad lingüística es una cuestión fundamental de la actual lucha por los derechos individuales en España. Que semejante cuestión sea de actualidad en un país cuya democracia ya cuenta con más de treinta años es evidentemente lamentable. Pero esta rotunda verdad no debe alejarnos de lo aún más evidente: desde un punto de vista político la cuestión lingüística no es, a día de hoy, una preocupación decisiva de la sociedad o, al menos, nunca podría ser la única base de acción o programática de un partido político llamado a pervivir. Aparentemente no se trata de una cuestión, por esto, que llevase a un partido completamente asentado, sentimental e ideológicamente, en el statu quo, a empeñar todo su capital político. No en el caso de un PP de Galicia en el que, de hecho, el discurso antinacionalista es un ejercicio de travestismo o trapecismo político en tanto parte de su base electoral o partidaria gallega fue, y es, nacionalista gallega. Siendo así, ¿cómo no haber previsto que Feijoo planteaba una falsa promesa?

Para Feijoo, por tanto, la cuestión de la libertad lingüística era, y es, algo marginal. Y desgraciadamente, en este caso, aquéllo que está en el margen suele sólo importar cuando tocan elecciones. Eso aquí, en Estocolmo y en Michigan. Las grandes proclamaciones por la defensa de tal o cual derecho, salvo en casos extremos, no suelen calar en las mentes que conforman la gran mayoría de los votantes pero sí pueden ser un revulsivo para atraerse a parte de ésta de forma decisiva cuando todo el pastel parece repartido. Y eso hizo Feijoo, acaso empujado por los acontecimientos, en la pasada campaña electoral de las elecciones autonómicas gallegas. Movilizar el descontento por la cuestión lingüística, aparentemente, es lo que dio a Feijoo su victoria. Eso, dicen, y la crítica al "despilfarro" del gobierno bipartito de Touriño.

Las reflexiones sobre el despilfarro del bipartito no pasaron de ser, viniendo de quien venían, una desvergonzada maniobra mediática que no tardó en revelarse como farsa del momento. Cosa esta última que no impedirá que más líderes del PP se vayan presentando sucesivamente ante la prensa a denunciar "el despilfarro del gobierno" haciendo, incluso, tedioso desglose de cuanta nadería encuentren que, siendo cosa del Estado, viene resumida en cifras astronómicas para el ciudadano normal pero ridículas para el presupuesto. Una irresponsabilidad en la que se incurre permanentemente porque, al fin y al cabo, de algo se tiene que hablar y la demagogia de "la crisis" es una forma muy útil de ganar votos a toque de trompeta. Trompeta que encantado tocó, con la anuencia de los medios afines, el señor Feijoo.

Grosso modo podría afirmarse que Feijoo obtuvo su victoria de Marzo en base a una doble mentira. Y podría afirmarse también que la mentira en cuestión no se ve reflejada en un vuelco de la mentalidad de los votantes. Puede que el descafeinado decreto lingüístico de Feijoo satisfaga lo suficiente a quienes quieren libertad lingüística: pues Feijoo hábilmente ha vendido, con la connivencia de la prensa afín, una mera vuelta a la inmersión lingüística de Fraga como casi la supresión de ésta (a lo que han ayudado, claro, los separatistas y el PSOE). O puede que, de todos modos, le importe un pimiento a casi todo el mundo el gasto en coches, o chinchetas, de la Xunta. Puede que a una mayoría le importe poco que un político mienta abiertamente. Y puede, en definitiva, que eso sea simplemente así. Pero en estas cuestiones se hallan precisamente las más serias críticas al mecanismo de la "elección popular". Un mecanismo que desdichadamente muy a menudo es confundido, identificado, con la democracia. Pero del mismo modo que una función a la que escamoteásemos una variable relevante, la democracia termina por perder su sentido cuando carece de una adecuada estructura que canalice tanto la voluntad de los ciudadanos como el cumplimiento de los deberes públicos por parte de los mandatarios electos. Y ni siquiera entonces estará la democracia a salvo pues todo el mecanismo queda en nada sin el combustible de la lealtad de quienes inevitablemente lo protagonizan: los partidos políticos.

En algunos paises las mentiras de un Feijoo tendrían consecuencias políticas. En nuestra política la denuncia de su mentira corre sin embargo a cargo de una asociación cívica y poco más. La Galicia Bilingüe a la que Feijoo establecía como inspiradora de un decreto que pusiese fin a la inmersión lingüística es ahora señalada desde la Xunta como la otra cara de una moneda compartida con los agitadores ultranacionalistas gallegos. Una grosera maniobra.

Pero es que en este país la irresponsabilidad de los cargos electos manifestada en el omnímodo poder de los partidos políticos, la a menudo desvergonzada anuencia de los medios de comunicación de masas y, finalmente, la insaciable inmoralidad de un sectarismo tan arraigado como estéril garantiza la impunidad del felón, cuando no del corrupto. Siempre el sectarismo, que todo lo invade. Ese sectarismo, por ejemplo, que se exalta ante el gasto en folios de un gobierno socialista pero convalida sucesiones feudales entre "los suyos" o llama a dar al embarazo la categoría de trabajo cuasi-funcionarial. O ese sectarismo, por supuesto, que perdona en "los otros suyos" una retórica impropia de la democracia mientras se queda ronco llamando fascista a todo quien se le oponga.

Los hombres posiblemente nunca cambiemos y estemos siempre sometidos a la tentación de aniquilar la verdad o vivir de las mentiras. Pero sería razonable buscar la implantación de unas reformas que hagan políticamente más costosa la mentira y, de paso, esa holgazanería del remitir la presentación, debate y enmienda de los diversos proyectos legislativos a Caín y Abel. Y esas reformas, esa negativa a la mentira, es ya imposible dudarlo, no parece que vaya a correr a cargo de los dos grandes partidos políticos de España. Partidos que hoy, como ayer y como mañana, se reparten bofetadas en la prensa nacional llamándonos, con el animal reclamo de la pelea, a sumarnos a su desvergüenza. Y las respuestas contra este monolítico sainete no pueden basarse tampoco en la acción de asociaciones aisladas: condenadas a la impotencia y desengaño como es el caso de Galicia Bilingüe. Pues por mucho que sea el descrédito de la política, la defensa de la libertad inevitablemente recaerá en los partidos políticos y negar esto constituye, sin la menor duda, una clase de ingenuidad política que difícilmente podría ser más útil a los enemigos de la democracia y la libertad.


"Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula, y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga." Denis Diderot.