viernes, octubre 30, 2009

Los en absoluto liberales de nuevo a favor del absolutismo

Manuel Llamas es un viejo conocido de este blog. Al igual que Albert Esplugas o José Carlos Rodriguez es conocido por su costumbre de elaborar textos provocativos que después se niegan a defender ante críticas comprometedoras. Es del todo evidente que su actitud les califica como deshonestos, pero en todos los casos parece del todo preciso atacar sus grotescas fabulaciones por hacerse, desgraciadamente, con mucha más publicidad de la deseable para un libelo.

Manuel Llamas es, asimismo, un personaje al que podemos escuchar en las ondas (antes en COPE, ahora en esRadio o "esperanzaRadio") cargar de forma virulenta contra regímenes dictatoriales como Cuba o incluso democracias occidentales señalando, precisamente, su ausencia de democracia. Esa es la cara que Llamas da en la radio. Pero por otros lugares Llamas es conocido por su defensa del ciertamente poco democrático absolutismo monárquico. Una defensa que no constituye, por otra parte, sino una burda imitación de provocaciones similares habidas en la literatura anarco-libertaria norteamericana.

Llamas, en lo que parece una interpretación completamente deudora del mediocre Rothbard, dota de un poder a las ideas que resulta completamente incompatible con la falta de éxito de su marxismo invertido. En la realidad las ideas no bastan: es preciso, también, converger con los intereses de aquellos grupos e individuos en condiciones de ejercer alguna clase de poder, coincidir, y no entrar en contradicción, con la realidad. Es necesaria, en suma, la fuerza. De ahí el éxito de Maquiavelo: la justicia, la República, la democracia... todas son metas que sólo se alcanzarán mediante la voluntad del poder y pensar de otro modo constituye un engaño. Un engaño paralizante.

Maquiavelo, evidentemente, no estaba en íntimo contacto con "el Maligno". Por esto mismo con "El Príncipe" Maquiavelo no provoca que los príncipes y reyes de su tiempo, y en adelante, cometan "maldades" prohibidas por la moral católica. No. Maquiavelo, más bien, asume que dichas maldades se han cometido y se cometerán siempre cuando esté en juego el poder desnudo, el poder absoluto. Y que dichas maldades, además, las cometen también quienes afirman representar a dios en la tierra. Sin embargo, Manuel Llamas pretende hacernos creer que los gobernantes previos a Maquiavelo ejercían su poder ateniéndose a unas "normas" basadas en la moral cristiana. Una pretensión que la apelación al sentido común, y al contenido de cualquier manual básico de historia, ya desbarata: cosa habitual enfrentándonos a los anarcocapitalistas.

Las desconcertantes suposiciones de Manuel Llamas continúan, por otra parte, al sugerir al lector que las actuales democracias en nada se diferencian de la monarquía absoluta. En este caso, Llamas prefiere ceñirse al descrédito de la legitimidad democrática. Pero para él resulta que basándose en las cifras de "tipos impositivos" de la época absolutista (recordemos que esas cifras están muy lejos de corresponderse mínimamente al sistema actual: entre otras cosas porque, al margen de figuras como la elusión o evasión fiscal inevitables entre los multimillonarios, actualmente no hay exenciones de territorios y clases sociales enteras, como era norma bajo el absolutismo) y en la audaz afirmación de que "ya no existe separación de poderes" nada impediría considerar igualmente legítimas las normas del monarca absoluto o las de un parlamento democrático.

Baste decir que la separación de poderes es siempre una meta que no se alcanzará "plenamente": a veces por razón de los altos intereses en juego, a veces por razón de casualidades. Dudo que Manuel Llamas crea en los objetivos de la separación de poderes: es más, creo que es partidario de la más salvaje concentración del poder (la localizada, directa y sin leyes que puedan discutir su alcance). No obstante, llevar la separación de poderes a sus últimas consecuencias llevaría, a su vez, a proclamar la "guerra" entre los poderes separados: un sinsentido que sólo puede ser del gusto de quien aborrece la democracia (sea éste jacobino radical o anarcocapitalista). Pero nada más lejos de la realidad: resulta al final bastante deseable, por ejemplo, que los actos de la Administración del Estado puedan ser enjuiciados por los tribunales. Asimismo, supone un completo dislate afirmar que "la separación de poderes ya no existe" cuando se está diciendo que tal separación es imposible a todos los efectos. Siendo así, tal separación simplemente no existió jamás: ¿para qué decir que "ya" no existe? Aunque tal vez Llamas nos esté sugiriendo la existencia de una separación de poderes basada en la autonomía, y hegemonía cultural, de cierta institución llamada Iglesia Católica.

El problema que Manuel Llamas tiene con la división de poderes que "ya no es" lo extiende, como no podía ser menos, al modelo económico. Porque para Llamas tendríamos actualmente un modelo más cercano al mercantilismo del absolutismo que al capitalismo. Esta vieja pretensión del "fraude" de tal o cual realidad evidente o indiscutida es común a los movimientos radicales. Nos llaman a "despertar" de la "mentira" y juzgan el sistema a la luz de sus ideologías extremas. Puesto que siguiendo las ideas de Llamas jamás habría existido algo así como el capitalismo. El capitalismo, en definitiva, sería una utopía mil veces traicionada. Exactamente lo mismo afirman los más doctrinarios comunistas cuando se les mencionan experimentos como la URSS y similares.

Como conclusión debe decirse que la visión que Llamas tiene sobre el absolutismo parte de graves errores. Llamas, como otros, considera que el siglo y medio que precede la revolución francesa fue un período de paz y tranquilidad. Un período tranquilo que encontraría su fundamento en el no-interés del monarca absoluto de la época en guerras de gran alcance, que pusiesen en peligro "su propiedad", como las que luego sostendría la Francia revolucionaria y luego "las democracias". Semejante enfoque no podría ser más desacertado puesto que el fundamento de las reforma absolutistas y el posterior colapso del absolutismo mismo se deben, fundamentalmente, a los crecientes apuros financieros del rey y su círculo para conseguir mantener en armas unos ejércitos cada vez más numerosos. El monarca absoluto tiene su poder limitado. Y siendo esto así era de esperar que tarde o temprano tamaña limitación fuese consagrada por la ley en la forma de un parlamento con prerrogativas superiores a las del monarca.

Otro dato interesante es que Llamas sugiere que un "abandono del Derecho Natural" sería una suerte de comienzo de la "era de las pesadillas". Pero los rebeldes norteamericanos que fundaron los EEUU lo hacen en nombre de lo que creían "derechos inalienables". Postura que se traducía en una especie de pacifismo inicial que luego se reveló oportunista. Lo que no es, por otra parte, más que una prueba más de que el derecho natural no existe salvo en el interés de algunos: cosa que se ve a las claras en las actuales movilizaciones religiosas contra el aborto en España, por cierto. Qué decir, además, si precisamente la ley islámica se consideraría también un "derecho natural".

¿Cómo entonces pretender que la crisis y caída del absolutismo (recuerden: "ningún impuesto sin representación") no supuso ningún cambio relevante en cuanto a la legitimidad del poder? ¿Cómo pretender entonces distinguir entre un absolutismo pacífico y una democracia guerrera? ¿Cómo pretender la diferencia entre un derecho positivo y otro "natural"? La deformidad de la visión ancap sobre el antigüo régimen rivaliza con la de quienes quieren ver en la sociedad previa a la revolución industrial algo idílico. Porque el absolutismo no es más que la forma política que media entre el feudalismo y el capitalismo moderno; prescribirlo como modelo superior a la democracia no sólo omite los problemas inherentes al despotismo (entre ellos el de una guerra civil cíclica) sino minusvalorar los valores de un orden democrático: precisamente valores que permiten a Manuel Llamas escribir sus artículos sin que alguien le arroje a unos calabozos por el resto de sus días. Por ejemplo.




"Todo país tiene su propia constitución. La nuestra es el absolutismo moderado por el asesinato" Ernest Frederich Herbert von Munster dixit.

miércoles, octubre 21, 2009

Corrección histórica


Como es sabido, una de las razones del beaterío patrio para condenar la excepcional "Agora", de Alejandro Amenábar, es que no era fiel a la historia. Por supuesto semejante posición, sea adornada o no con desinformación histórica, no es más que la expresión de la enorme intolerancia de algunos católicos y, por supuesto, su notable pulsión fanática por defender lo indefendible (el crimen como respaldo de la religiosidad) o, al menos, ocultarlo. En este sentido, nada más intolerable para ellos que un cineasta español decida rememorar en uno de sus filmes uno de los más notorios crímenes del cristianismo inicial. Sea como fuere, el caso es que los beatos sin proclamación exigen de "Agora" una precisión histórica que en sus propios discursos brilla por su total ausencia. Y es que quien conoce la "Verdad" no tiene por qué ceñirse ni a la realidad ni a la verdad de las cosas por cuanto el mero griterío exaltado y el auto de fe son perfectamente capaces de establecer su rotundidad.

Véase aquí, por ejemplo, el siguiente escrito de mano de Carlos Cremades (vicepresidente del Foro Español de la Familia: la asociación católica de ultraderecha organizadora de la última manifestación contra el aborto). Pego un extracto:

"En dicho año, la sociedad civil del Imperio Romano vivía en paz inmersa en un sistema de valores mayoritariamente aceptado. En dicho año el Emperador Juliano El Apóstata llegaba al poder. Juliano promulgó una serie de medidas contra los derechos de instituciones y grupos de la sociedad civil, especialmente contra los cristianos y sus simpatizantes, e inició una política de gran sectarismo. En su afán por sustituir los usos y costumbres sociales, fomentó el culto y los sacrificios a los dioses paganos. En su frenesí laicista, impidió a los cristianos dar clases a través de una serie de sinuosas medidas legales.

Sin embargo todo le salió mal. Al final de su mandato, la sociedad civil había cobrado nuevos bríos y salió fortalecida. Cuando dio orden de retirar en Antioquía las reliquias de San Bábilas y en su lugar restaurar el culto a Apolo, la gente se manifestó en su contra, y el traslado de dichas reliquias se convirtió en una manifestación gigantesca en pro de la libertad de conciencia."

Piden exactitud a Amenábar diciendo del pagano Juliano que era un "laicista" y refiriéndose a los tumultos cristianos de su época como "manifestaciones por la libertad de conciencia". Qué decir del uso del término "sociedad civil"... que revela a lo que se refieren los ultras católicos cuando lo mentan: a la unión en la fe o confesionalidad del Estado.

Increíble.

"Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde" Francis Bacon dixit.

martes, octubre 20, 2009

Contra galileos

La extrema derecha está pletórica. Bajo la coartada de un gobierno socialista lleva varios años asomando su feo rostro en medios que hasta ahora les ignoraban. La cobertura de las algaradas de los "muy de derechas", ahora, es doble: la proporcionada por los llamados medios conservadores y, por supuesto, los medios de izquierdas o adictos al gobierno. Un espectáculo demencial que tiene por beneficiario último sólo a alguien: José Luis Rodríguez Zapatero.



Lo que en la pasada legislatura provocaron las repetidas manifestaciones de la AVT parece que los anti-abortistas lo han logrado en sólo una acometida. ¿Y qué es eso? Atemorizar a la izquierda española. Y en realidad no sólo a ella sino, además, a todo aquél que tenga algún sincero aprecio por la libertad y la razón.

Las manifestaciones son siempre una suerte de simulacro bélico. Una demostración pública de fuerza y, sobre todo, espíritu combativo. Y nada hay para el voto disciplinado en la izquierda más doctrinaria, para eliminar la tentación de votar a IU o a partidos nacionalistas, que se levante el pabellón de la "gran derecha". La "gran derecha" del "echemos a ZP", la "gran derecha" de la homofobia de diccionario en mano, la "gran derecha" de "la crísis de valores". La "gran derecha", en definitiva, que en las urnas se acaba mostrando trágicamente insuficiente para compensar el voto negativo que provoca. Porque, ciertamente, como tantas veces he dicho, resulta absurdo llamar a dar "la batalla de las ideas" desde la derecha cuando el PP consiste en una confederación de regionalistas y un amplísimo abanico de sensibilidades ideológicas que va del conservadurismo moderado al fascismo más exaltado. Si semejante "batalla" se diese, en suma, el primer campo de batalla sería el propio Partido Popular y el resultado más previsible sería su desintegración. Sin duda un escenario del todo atractivo para el PSOE: la vuelta de Alianza Popular.


Las manifestaciones de la pasada legislatura contra el gobierno fueron sobre todo organizadas con motivo del mal llamado "proceso de paz" con ETA. La AVT convocó alrededor de la decena de grandes concentraciones y, claramente, se pasaron de frenada: hasta un PP inmerso en una "oposición total" tuvo que quejarse de que se organizasen tantas manifestaciones. El daño se semejante estrategia es bien conocido. No obstante, algunos eventos justificaban esas manifestaciones de desaprobación popular. La gestión del gobierno de su particular diálogo con ETA se volvió inaceptable con la liberación del sanguinario De Juana Chaos y los tratos de favor recibidos por éste. Ocurrió lo mismo cuando ETA atentó contra la T4 y se tuvo noticia de que el gobierno seguía negociando. Estos eventos, como digo, generaron una gran indignación en muchas capas de la población y llevaron a grandes manifestaciones a lo largo de toda España a las que asistieron personas tanto de derecha como de izquierda. La multiplicación de las manifestaciones (muchas veces sin ningún motivo/pancarta claro) y la descarada apropiación de muchas de ellas por el PP anularon, en cualquier caso, la transversalidad de dichas convocatorias.


Sin embargo la manifestación del Sábado pasado nada tiene de transversal o, más correctamente, podría decirse que limita su transversalidad a la propia del catolicismo (que extiende sus redes hasta la mismísima dirección del PSOE). Ni más, ni menos. En puridad, la manifestación antiabortista se fundamentaba en una barbaridad: "el aborto es un asesinato". No es creíble que hubiese muchos despistados que se manifestasen realmente "contra la nueva ley del aborto propuesta por el gobierno": quienes se manifestaban, como acertadamente señaló Bibiana Aído, lo hacían con "argumentos" idénticos a los que se emplearon contra la vigente ley del aborto hace 25 años. Y es así en tanto, como he dicho, quienes se manifestaban equiparan aborto con asesinato: siendo consecuencia de ello el que en el punto de mira esté "cualquier clase de aborto" y no "la nueva ley del aborto". Esta vez, como tantas otras, los prohibicionistas se manifestaban como libertadores. Semejante incoherencia opera siempre sobre dos proposiciones contradictorias, empleadas según interese: 1) El aborto es un drama al que se ven empujadas contra su voluntad unas desdichadas mujeres ó 2) El aborto es culpa de una sociedad enferma que ha producido una suerte de vampiresas que destruyen a inocentes bebés.


El sectarismo derechista ha llegado tan lejos como para pretender emplear la matriz narrativa del centrismo para transmitir mensajes puramente extremistas. Eso no vale, es demasiado grande la contradicción. Hoy he podido asistir a una prueba empírica, precisamente, en COPE. Allí Ignacio Villa señalaba, entusiasmado, que la manifestación antiabortista no tenía nada de partidista ni de religioso. Entonces, Villa da paso a publicidad e irrumpe una voz que procede a dar la opinión editorial de COPE sobre la mencionada manifestación. En dicha opinión se hace mención de la ya comentada crítica de Bibiana Aído a la manifestación antiabortista y, corrigiéndola, la voz clerical afirma: "Los argumentos que en la manifestación se invocaron no tienen 25 sino 2.000 años. Cuando Jesucristo nos dijera: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"". Lo cual, claro, no está nada mal para una manifestación que, según Ignacio Villa, nada tenía de religioso. La mentira no podría quedar más a la vista. De hecho, los siervos del galileo, que diría Juliano, mienten tan a menudo que lleva a temer por sus almas.


Hubo cuatro años de mayoría absoluta del PP en que no se movió una coma de la vigente ley del aborto. Durante ese período no existían esta atropellada lista de organizaciones y asociaciones autoproclamadas "pro-vida" y, por supuesto, no había estas manifestaciones de "descontento popular". No es necesaria, para una persona de inteligencia normal, mayor explicación de lo que sucede. Como tampoco se precisa demasiada explicación entorno a la sinceridad de quienes llevan años autoproclamándose liberales respaldan ahora un pantragruélico plan de patronazgo público de embarazos. Asombroso. ¿Qué decir de quienes aspiran a convalidar todo lo que se haga desde el cristianismo más extremo alegando la desnuda barbarie de los islamistas?


Una polémica que se ha vuelto a producir, por cierto, es la de la contabilización de los manifestantes. Tal vez llevadas por un fervor religioso (que por el Nuevo Testamento sabemos que gusta de efectos multiplicadores) algunas instancias anunciaron que había nada menos que 2 millones de manifestantes: es más, parece que las cifras "conservadoras" más conservadoras decían que la manifestación pasaba del millón de personas. Desde una fuente reputada, y otra más reputada aún, se informó de que en realidad la cifra rondaba los 55.000 manifestantes. Cifra, por cierto, que es muy notable: pero dado que bien podrían ser todos los antiabortistas movilizables no impresiona demasiado. Como dato curioso, y que respalda la tesis que desde aquí y otros sitios defendemos, debe apuntarse que El País contabilizó un cuarto millón de manifestantes en lo que podría interpretarse como una deliberada inflación numérica destinada a extender el terror en las filas izquierdistas. A modo de maldad habría que señalar, también, que los 55.316 manifestantes finalmente contabilizados son inferiores a los contabilizados con motivo del "Día del Orgullo Gay" (58.170). Si quienes organizaron o respaldaron la manifestación antiabortista no dudan en señalar su hazaña como "el comienzo de una regeneración moral"... ¿no habrán de convenir que los números de la manifestación de los homosexuales (que por cierto también disparataban afirmando haber sacado más de un millón de personas a la calle) fuerzan a hablar de un avance de todo lo contrario?


Esto de las manifestaciones no puede llevarse demasiado lejos porque se acaba por intentar sustituir el debate parlamentario y, finalmente, la verdadera voluntad de los ciudadanos por algaradas callejeras y "marchas" que pretenden representar voluntades populares y mayorías morales que muchas veces son dramáticamente minoritarias. Se tiende con esto, en suma, a una mentalidad de golpe de estado evidentemente tóxica para las instituciones democráticas. Y no deja de resultar extremadamente intolerable que la Iglesia Católica, siendo como es una monarquía absoluta, aliente semejantes procesos en nuestro país, en España. Sin lugar a dudas en España la Iglesia Católica, que gusta de presentarse como víctima arrodillada, conserva un poder (merced a sus privilegios fiscales aquí y en otros muchos países: donde, por su atraso, todavía hace política a diario y descaradamente) que resulta una ofensa a la necesaria neutralidad religiosa de todo estado democrático que se precie. Pero resulta significativo que ni siquiera el PSOE parezca dispuesto a ajustar cuentas con la Iglesia y sus apoyos: ¿será porque el PSOE aspira, más bien, a extender los odiosos privilegios católicos a otras confesiones en lugar de suprimirlos?


No me resisto, para finalizar, a mencionar que el padre de aquel aborto de la "eclosión liberal", el señor Girauta, se complace en estos días en desafiar no sólo la contabilización científica de manifestantes (con el pobre argumento de las "medidas futbolísticas: ¡cómo si la calle o las plazas tuviesen gradas en que agrupar, tirando a la vertical, a miles de personas en poco espacio!) sino en respaldar, aparentemente, las aspiraciones de dicha manifestación haciendo mención a la moral eterna del galileo: incurriendo de paso, de nuevo, en la falsedad de que la manifestación iba en contra de la nueva ley del aborto y no contra el aborto mismo. ¿Y este tipo se considera liberal? Pero si opina como Esparza apoyando un colectivismo más evidente imposible. Y eso, se quiera o no, conlleva ser un fascista, un antimoderno y, claro, normalmente un impresentable.


En España aún nos queda mucho para sacarnos esta peste de sacristía. ¿Por qué no empezamos quitándole el dinero, recaudado por el Estado, a los obispos? Estoy por asegurar que así los Girautas y Esparzas tendrían menos altavoces, y no nos engañemos: menos inspiración divina, desde los que reventarnos los oídos con sus exabruptos medievales.





"La ley de los galileos promete el reino de los cielos al pobre, y con una ayuda tan providencial como la mía —que les aligera de posesiones temporales— avanzarán más deprisa por la senda de la virtud y la salvación.

Pero si los desórdenes llamados milagros continuasen tendrán motivo para temer no sólo la requisa y el destierro, sino el fuego y el acero" Juliano "El Apóstata" dixit (según Edward Gibbon).


PS: mención adicional merece el argumento que en estos momentos menudea en los mentideros ultracatólicos en que se hace un paralelo entre la esclavitud, el sufragio restringido o la pena de muerte y el aborto. Si se acabó con esas cosas, dicen, se acabará con el aborto. Semejante posición, como a nadie se le escapará, procede de personas encuadrables en el ala extrema del PP o partidos como "Alternativa Española" o "Familia y Vida": sensibilidades todas ellas que precisamente se distinguen por habituales comentarios negativos no sólo sobre la democracia sino contra el concepto mismo del Estado moderno. ¿A cuento de qué, entonces, las comparaciones? Pues, claro, a la mera intención de aprovecharse de hitos históricos alcanzados en muchos casos con la oposición de sus ancestros ideológicos. Un despropósito sólo al alcance de mentes inclinadas a la credulidad y, por tanto, a la brutalidad.


jueves, octubre 15, 2009

AGORA


Difícilmente se puede salir de ver la última película de Alejandro Amenábar, "Agora", sin la sensación de haberse enfrentado a algo verdaderamente grande. Se haya tratado de narrar la vida de una mujer de gran inteligencia en tiempos bárbaros o cualquier otra cosa, para mí "Agora" constituye la mejor película realizada hasta la fecha acerca de la caída del Imperio Romano.

Todos conocemos esa vieja teoría, extendida por el cristianismo, de que Roma sucumbió por "el vicio" y una consiguiente erosión de los fundamentos de la familia: la base indispensable de una sociedad militarista. Tan simple explicación rivaliza en pobreza con las sofisticadísimas teorías acerca de factores climáticos y similares. Pero olvidan los cristianísimos defensores de las buenas costumbres que el propio credo cristiano supuso en su momento un decisivo tóxico para la milicia romana. Y es que la primitiva Iglesia no debemos olvidar que estaba conformada por crecientes masas que creían en una segunda venida de Jesucristo: el fin de los días o "juicio final". Por entonces, los paganos culpaban a los cristianos de socavar los fundamentos del Estado al negarse a desempeñar funciones públicas o enrolarse en las legiones. La respuesta cristiana, de Orígenes, a tales acusaciones recuerda al pacifismo militante e incondicional de la segunda mitad del siglo pasado: "cuando todos los hombres se hayan convertido en cristianos hasta los bárbaros se sentirán inclinados a la paz".

Asimismo, el cristianismo supuso para Roma el final de un bien calibrado equilibrio religioso que durante siglos aseguró la cohesión política del Imperio. Siendo una de las estructuras más despóticas imaginables, Roma incluyó en su seno un enorme número de pueblos y sensibilidades sobre la base del culto al Imperio: un culto que aspiraba a incluir a todos los demás en un particular Panteón que sólo tuvo por límite la prohibición de los sacrificios humanos (conocida la repulsión romana por los infanticidios cartagineses o los sacrificios humanos druídicos) y, por supuesto, la intolerancia militante (caso puntual de los judíos y, claro, los cristianos). El cristianismo, como decía, pone fin a todo eso al conseguir, merced a sus actividades humanitarias (repartir pan o amparar huérfanos era tan humanitario por entonces como la directa apología de la pobreza en entornos paupérrimos) y las infraestructuras del Imperio, una popularidad que inclina a los ambiciosos emperadores a primero tolerarles y luego poner a las legiones al servicio de su dios. Entonces, unas instituciones que merced al agotamiento estaban ya completamente en manos de los militares pasarían en muchos casos a estar en manos de la Iglesia. Se llegaría tan lejos en este camino que los papas de Roma afirmaron durante siglos haber recibido en herencia el Imperio occidental de manos de Constantino el Grande.

La película de Amenábar no es la primera que se realiza sobre la decadencia de Roma. El género del peplum nos brindó bastantes barbaridades cinematográficas relativamente desconocidas. Pero algunas películas más populares como "La Caída del Imperio Romano" o "Gladiator" intentaron, de forma más o menos disparatada, "explicarlo todo". La película de Anthony Mann, de producción colosal, insistía en la versión "cristiana" de la caída de Roma. La de Ridley Scott no sólo dio un final "alternativo" (al modo de "Malditos Bastardos") al reinado de Cómodo sino que proponía la existencia de demócratas jeffersonianos entre los patricios romanos: la decadencia se debía, según él, a la "falta de democracia". Sea como fuere, casi de forma inopinada, Amenábar consigue con "Agora" una película "inmensa" que centrándose sólo en Alejandría consigue trasladarnos toda la locura, furia y anarquía que debió reinar en la enorme crisis política que recorrió el Imperio Romano en los siglos IV y V D.C. Al igual que en la colosal "Danton" de Andrzej Wajda (cuya "Katyn" se estrenó esta semana en España), "Agora" nos muestra el total e inevitable triunfo del fanatismo sobre cualquier clase de razón: la indignación nos hace retorcernos en las butacas ante las impunes atrocidades, ante la debilidad paralizante de las instituciones que en teoría debieran mantener el orden, ante el martirio del pacífico y la apoteosis del agresor.

"Agora" plantea, además, la hipótesis de que Hipatia de Alejandría en el momento de su muerte estaba a punto de formalizar una teoría heliocéntrica parecida a la que Kepler planteó más de diez siglos después de la época de la alejandrina. Y es que Amenábar se toma tiempo en mostrarnos los experimentos y tribulaciones de Hipatia entorno al funcionamiento del sistema solar. Esto es: en el contexto del triunfo del fanatismo cristiano Amenábar prefiere hacer más énfasis en los logros de Hipatia. Ésta, una vez se ve abrumada por la incomprensión, prefiere, al contrario que sus contemporáneos y que Galileo siglos después, morir a convertirse a la nueva fe que le prohíbe dudar: que le prohibe, por tanto, existir.

Como nota al margen debe decirse que los herederos de quienes dieron fin a Hipatia, se afanan, gracias a los conocimientos alcanzados precisamente por los herederos de la alejandrina, en comparar células con personas y defender el derecho a existir que a la filósofa le negaran en su día. Este sábado acudirán a las calles, al agora en suma, a entonar su fanática conclusión: el aborto es asesinato. Sin embargo, "Agora" les molesta y buscan boicotearla: ¿por qué? ¿Será porque relativizan los crímenes de sus santos? Y luego dicen llorar por las células embrionarias, los muy sinvergüenzas.




"Las ideas que los libros puedan habernos trasmitido sobre la grandeza de este pueblo, su relato sobre el momento más floreciente de Roma queda infinitamente corto ante la imagen de sus ruinas. Estoy convencido de que nunca ha existido una nación semejante y espero, por la felicidad del género humano, que nunca vuelva a existir". Edward Gibbon dixit.



sábado, octubre 10, 2009

Mala prensa, mal periodismo

Hay una consigna que muchos afiliados de partidos políticos pequeños repiten: "nos tienen miedo". Esto, que tantas veces no es más que expresión de un complejo, parece haberse visto confirmado con una reciente "noticia" difundida por el periódico Xornal.

Y es que alguien en Xornal sigue los pasos de UPyD a espera de tropiezos. No sé si en señal de miedo a lo que UPyD pueda llegar a convertirse (aquí, en Galicia, y en todas partes) o de puro resentimiento por su mera existencia, la actitud de Xornal no podría ser más lamentable. En su sección "Economía", Xornal publica un artículo bajo un titular que reza: "UPyD aboga por reducir los salarios para evitar más ERE". En el texto de dicho artículo afirma basarse en un escrito oficial por "el portavoz de UPyD en Galicia Antonio Cascón" realizado en la web del partido. Pues bien: el escrito en cuestión no sólo no constituye la postura oficial de UPyD sino que Antonio Cascón no es el portavoz de UPyD en Galicia. Por otra parte, el artículo de Cascón tampoco defiende la postura que Xornal le atribuye.

Xornal, por tanto, ha demostrado ser un medio en el que no existe ninguna clase de respeto por la ética periodística pues nos encontramos, ante la falsedad de lo publicado, con una "noticia cocinada". Una noticia que nos lleva a pensar en que, efectivamente, alguien en Xornal sigue los pasos de UPyD buscando la posibilidad de desacreditarle. Estos hechos constituyen un acto gravísimo y, en cierta manera, podrían calificarse como una agresión contra UPyD y todos sus afiliados: una agresión que tal vez pase desapercibida pero no deja de ser una vergüenza para el periodismo.

UPyD, por cierto, es un partido en que se prima la colaboración de los afiliados. Y es por ello que en la página web de UPyD se publican artículos que representan diversidad de ideas y pareceres que no necesariamente suponen la opinión oficial de UPyD. Esta tolerancia, esta pluralidad, de las opiniones de los afiliados puede ser empleada para atacar al partido pero UPyD no renunciará a ella por cuanto es un partido democrático y, sobre todo, de sus afiliados. Y luego nos acusan de falta de transparencia o democracia interna...