Manuel Llamas es un viejo conocido de este blog. Al igual que Albert Esplugas o José Carlos Rodriguez es conocido por su costumbre de elaborar textos provocativos que después se niegan a defender ante críticas comprometedoras. Es del todo evidente que su actitud les califica como deshonestos, pero en todos los casos parece del todo preciso atacar sus grotescas fabulaciones por hacerse, desgraciadamente, con mucha más publicidad de la deseable para un libelo.Manuel Llamas es, asimismo, un personaje al que podemos escuchar en las ondas (antes en COPE, ahora en esRadio o "esperanzaRadio") cargar de forma virulenta contra regímenes dictatoriales como Cuba o incluso democracias occidentales señalando, precisamente, su ausencia de democracia. Esa es la cara que Llamas da en la radio. Pero por otros lugares Llamas es conocido por su defensa del ciertamente poco democrático absolutismo monárquico. Una defensa que no constituye, por otra parte, sino una burda imitación de provocaciones similares habidas en la literatura anarco-libertaria norteamericana.
Llamas, en lo que parece una interpretación completamente deudora del mediocre Rothbard, dota de un poder a las ideas que resulta completamente incompatible con la falta de éxito de su marxismo invertido. En la realidad las ideas no bastan: es preciso, también, converger con los intereses de aquellos grupos e individuos en condiciones de ejercer alguna clase de poder, coincidir, y no entrar en contradicción, con la realidad. Es necesaria, en suma, la fuerza. De ahí el éxito de Maquiavelo: la justicia, la República, la democracia... todas son metas que sólo se alcanzarán mediante la voluntad del poder y pensar de otro modo constituye un engaño. Un engaño paralizante.
Maquiavelo, evidentemente, no estaba en íntimo contacto con "el Maligno". Por esto mismo con "El Príncipe" Maquiavelo no provoca que los príncipes y reyes de su tiempo, y en adelante, cometan "maldades" prohibidas por la moral católica. No. Maquiavelo, más bien, asume que dichas maldades se han cometido y se cometerán siempre cuando esté en juego el poder desnudo, el poder absoluto. Y que dichas maldades, además, las cometen también quienes afirman representar a dios en la tierra. Sin embargo, Manuel Llamas pretende hacernos creer que los gobernantes previos a Maquiavelo ejercían su poder ateniéndose a unas "normas" basadas en la moral cristiana. Una pretensión que la apelación al sentido común, y al contenido de cualquier manual básico de historia, ya desbarata: cosa habitual enfrentándonos a los anarcocapitalistas.
Las desconcertantes suposiciones de Manuel Llamas continúan, por otra parte, al sugerir al lector que las actuales democracias en nada se diferencian de la monarquía absoluta. En este caso, Llamas prefiere ceñirse al descrédito de la legitimidad democrática. Pero para él resulta que basándose en las cifras de "tipos impositivos" de la época absolutista (recordemos que esas cifras están muy lejos de corresponderse mínimamente al sistema actual: entre otras cosas porque, al margen de figuras como la elusión o evasión fiscal inevitables entre los multimillonarios, actualmente no hay exenciones de territorios y clases sociales enteras, como era norma bajo el absolutismo) y en la audaz afirmación de que "ya no existe separación de poderes" nada impediría considerar igualmente legítimas las normas del monarca absoluto o las de un parlamento democrático.
Baste decir que la separación de poderes es siempre una meta que no se alcanzará "plenamente": a veces por razón de los altos intereses en juego, a veces por razón de casualidades. Dudo que Manuel Llamas crea en los objetivos de la separación de poderes: es más, creo que es partidario de la más salvaje concentración del poder (la localizada, directa y sin leyes que puedan discutir su alcance). No obstante, llevar la separación de poderes a sus últimas consecuencias llevaría, a su vez, a proclamar la "guerra" entre los poderes separados: un sinsentido que sólo puede ser del gusto de quien aborrece la democracia (sea éste jacobino radical o anarcocapitalista). Pero nada más lejos de la realidad: resulta al final bastante deseable, por ejemplo, que los actos de la Administración del Estado puedan ser enjuiciados por los tribunales. Asimismo, supone un completo dislate afirmar que "la separación de poderes ya no existe" cuando se está diciendo que tal separación es imposible a todos los efectos. Siendo así, tal separación simplemente no existió jamás: ¿para qué decir que "ya" no existe? Aunque tal vez Llamas nos esté sugiriendo la existencia de una separación de poderes basada en la autonomía, y hegemonía cultural, de cierta institución llamada Iglesia Católica.
El problema que Manuel Llamas tiene con la división de poderes que "ya no es" lo extiende, como no podía ser menos, al modelo económico. Porque para Llamas tendríamos actualmente un modelo más cercano al mercantilismo del absolutismo que al capitalismo. Esta vieja pretensión del "fraude" de tal o cual realidad evidente o indiscutida es común a los movimientos radicales. Nos llaman a "despertar" de la "mentira" y juzgan el sistema a la luz de sus ideologías extremas. Puesto que siguiendo las ideas de Llamas jamás habría existido algo así como el capitalismo. El capitalismo, en definitiva, sería una utopía mil veces traicionada. Exactamente lo mismo afirman los más doctrinarios comunistas cuando se les mencionan experimentos como la URSS y similares.
Como conclusión debe decirse que la visión que Llamas tiene sobre el absolutismo parte de graves errores. Llamas, como otros, considera que el siglo y medio que precede la revolución francesa fue un período de paz y tranquilidad. Un período tranquilo que encontraría su fundamento en el no-interés del monarca absoluto de la época en guerras de gran alcance, que pusiesen en peligro "su propiedad", como las que luego sostendría la Francia revolucionaria y luego "las democracias". Semejante enfoque no podría ser más desacertado puesto que el fundamento de las reforma absolutistas y el posterior colapso del absolutismo mismo se deben, fundamentalmente, a los crecientes apuros financieros del rey y su círculo para conseguir mantener en armas unos ejércitos cada vez más numerosos. El monarca absoluto tiene su poder limitado. Y siendo esto así era de esperar que tarde o temprano tamaña limitación fuese consagrada por la ley en la forma de un parlamento con prerrogativas superiores a las del monarca.
Otro dato interesante es que Llamas sugiere que un "abandono del Derecho Natural" sería una suerte de comienzo de la "era de las pesadillas". Pero los rebeldes norteamericanos que fundaron los EEUU lo hacen en nombre de lo que creían "derechos inalienables". Postura que se traducía en una especie de pacifismo inicial que luego se reveló oportunista. Lo que no es, por otra parte, más que una prueba más de que el derecho natural no existe salvo en el interés de algunos: cosa que se ve a las claras en las actuales movilizaciones religiosas contra el aborto en España, por cierto. Qué decir, además, si precisamente la ley islámica se consideraría también un "derecho natural".
¿Cómo entonces pretender que la crisis y caída del absolutismo (recuerden: "ningún impuesto sin representación") no supuso ningún cambio relevante en cuanto a la legitimidad del poder? ¿Cómo pretender entonces distinguir entre un absolutismo pacífico y una democracia guerrera? ¿Cómo pretender la diferencia entre un derecho positivo y otro "natural"? La deformidad de la visión ancap sobre el antigüo régimen rivaliza con la de quienes quieren ver en la sociedad previa a la revolución industrial algo idílico. Porque el absolutismo no es más que la forma política que media entre el feudalismo y el capitalismo moderno; prescribirlo como modelo superior a la democracia no sólo omite los problemas inherentes al despotismo (entre ellos el de una guerra civil cíclica) sino minusvalorar los valores de un orden democrático: precisamente valores que permiten a Manuel Llamas escribir sus artículos sin que alguien le arroje a unos calabozos por el resto de sus días. Por ejemplo.
"Todo país tiene su propia constitución. La nuestra es el absolutismo moderado por el asesinato" Ernest Frederich Herbert von Munster dixit.




