sábado, agosto 29, 2009

Paz en nuestro tiempo

"La realidad nos molesta" debería ser el lema de personas como Albert Esplugas. Nos decía Esplugas hace unos días, como aquí se comentó, que la defensa de los valores occidentales (a través de instituciones y leyes) es en realidad una baja consideración de los mismos por cuanto ellos mismos, de ser superiores, se habrían de imponer "automáticamente". Hace poco, en su réplica al artículo escrito en su contra por Álvaro Vermoet, Esplugas ha echado de nuevo mano de la caja de los disparates.

El problema de Esplugas, como apuntaba el otro día, es que por un lado omite cualquier explicación o consideración acerca del Derecho y por otra se dedica a emitir profecías: todas ellas, claro, con un claro sesgo ideológico y, a la postre, muy político. Cualquier persona atenta vería en sus digresiones algo de disparatado pero Esplugas cultiva una suerte de manierismo por el cual pretende ser objetivo. Nada más lejos de la verdad.

Esplugas compara la titularidad del Estado sobre las escuelas públicas con el título que tendría un ladrón de coches sobre un automóvil robado. Argumento que lleva a Esplugas a considerar al Estado como "la antítesis del propietario legítimo". Escuchando tamaña afirmación en seguida le viene a uno a la mente la famosa consigna de Proudhon: "la propiedad es un robo". Es entonces cuando piensa: ¿quién de los dos estará equivocado? Porque el "material" que Esplugas o un socialista radical nos proporcionarán para respaldar sus consideraciones es de una valía casi idéntica: la pura especulación. Porque afirmar que existe un derecho natural que hace "ilegítima" cualquier forma de poder público es tan "válido" como decir que la "dignidad humana" (o consideraciones semejantes) hacen odiosa y criminal a la propiedad privada. A decir verdad, por sus implicaciones, la segunda afirmación está llamada a ser mucho más popular que la primera. La razón para ello la reconocen propios y extraños: media una significativa diferencia entre proclamar como principio rector de tus ideas la indiferencia por el dolor ajeno o decir todo lo contrario. Los réditos políticos de esta diferencia, por cierto, son el motivo que lleva a los medios derechistas a hablar siempre de una "gran habilidad de la izquierda para la propaganda".

Esplugas ataca los puntos flacos de Vermoet. Éstos se resumen, básicamente, en un vacío idealismo que lleva por bandera una democracia y tolerancia que su propia militancia activista desmienten. Por esto mismo Vermoet poco o nada puede, en realidad, discutir con quien lleva las frivolidades de "Cien Mil Objeciones" a sus últimas consecuencias. Además, Esplugas juega con las obsesiones "derechistas". Y es por eso que Esplugas dice que no podría prohibirse el burka del mismo modo en que no se prohíbe llevar al Ché Guevara como imagen de las camisetas. Con esta equiparación se trae a colación, en realidad, la disputa entre quienes consideran incoherente prohibir la exhibición de simbología nazi y no hacer lo propio con la comunista. Quienes así piensan lo hacen, desde luego, desde un punto de vista apasionado y en absoluto realista.

En el campo de la palabrería son muchos los que vencen cada día batallas y ganan imperios. Participando de ese espíritu Esplugas se permite afirmar que el nazismo es hoy día invisible, marginal, por "vergüenza". Olvida Esplugas unas cuantas y, acaso insignificantes, sangrientas batallas. O lo que es lo mismo: Esplugas se olvida de la mayor guerra de todos los tiempos. Una guerra que comenzaron los alemanes en nombre del nacionalsocialismo y que llevó a la muerte, por causas políticas detestables o justas, de millones de personas. De todo ello tuvo buena parte de culpa los ciudadanos alemanes: que de forma más o menos comprometida colaboraron en la instauración de aquel "nuevo orden". Terminada la pesadilla los alemanes habrían de pagar los crímenes cometidos. Unos, muchos inocentes, pagaron con su vida en las matanzas soviéticas ocurridas a medida que el ejército rojo se apoderaba del este de Alemania. Otros, en el lado aliado, serían objeto de persecución y finalmente serían ejecutados como criminales de guerra. Los aliados no podían enjuiciar a todos y cada uno de los nazis alemanes puesto que eso habría supuesto encausar a casi la totalidad de los alemanes. Es por eso que la llamada "desnazificación" no llegó muy lejos y fue abandonada pronto tras haberse liquidado o encarcelado a los máximos mandatarios del Estado nazi: ellos pagaron por todos. De esa persecución política, de la revelación mundial del Holocausto y, sobre todo, de la total derrota de Alemania en 1945 se siguió eso que Esplugas llama "vergüenza". En definitiva: murieron muchos y se sufrió mucho para que llevar hoy una swástica en la pechera sea una auténtica vergüenza. La ideología nazi fue completamente derrotada en el campo de batalla y las intenciones de aquélla fueron mucho más aterradoras, una vez vista su puesta en práctica, que las de cualquier dictadura comunista de escala semejante. Todo esto olvida Esplugas.

El burka no sólo es una manifestación del fundamentalismo islámico sino que es símbolo de una clase de opresión que, al menos en Occidente, es sencillamente intolerable. No caben más debates al respecto. No querer ver el mal inherente al burka, o relativizarlo, es sólo olvidar (ya que tanto gusta olvidar) el por qué nosotros mismos dejamos de incurrir en barbaridades semejantes. Y no dejamos de comportarnos así por el mero hecho de tener nuestros estómagos llenos sino porque las trabas políticas a la Ilustración de las personas (y por tanto su elevación a la categoría de ciudadanos) fueron cayendo: muchas veces a golpe de decreto y guerra civil. Y tanto más decreto será necesario conforme se extienda la impunidad de los retrógrados e intolerantes en nuestros paises.

Resulta imposible, seguramente, el convencer a alguien como Esplugas de que la libre competencia de ideas y personas no tiene por qué concluir en algo positivo. Más imposible será el convencerle de que es posible suprimir prácticas vejatorias de determinados colectivos sin obligarles a una suerte de "pérdida de identidad". Sea lo que sea "la identidad" estoy convencido de que puede sobrevivir a que se prohíban los sacrificios humanos o la vejación de las mujeres. Cosas éstas, por cierto, que se daban encuentro en aquella India dominada por los británicos en que se quemaba vivas a las viudas con motivo del funeral de su esposo (el Sati). Semejantes prácticas, aún a costa de incidentes y revueltas, se detuvieron. ¿Cómo no hacer lo propio nada menos que en nuestro propio país? Es evidente que el "orden natural de las cosas" en un lugar como Afganistán, u otros tantos, sólo conduce a una especie de feudalismo. Occidente está allí, de algún modo. No estaría mal que se intentasen erradicar algunas de las más bárbaras costumbre de allí: cosa que no ocurrirá con el mero "afeminamiento del comercio", que diría Julio César.

De cierta manera el cuadro que Esplugas nos pinta del multiculturalismo es similar, por seguir sus propios ejemplos, al de los apaciguadores de entreguerras. Dichas personas cuando se les enumeraban tanto las amenazas como las aberraciones de los nazis siempre afirmaban, seguramente creyéndose sumamente informados, que esas locas ideas caerían por su propio peso: que nadie querría que eso se prolongase o convirtiese en norma. Esplugas dice que el multiculturalismo (en la práctica: dejar que los musulmanes se comporten en sus guetos como si estuviesen en su país de procedencia) es un sistema que asegura la paz social. Muy bien. La pregunta, ahora, es: ¿por cuánto tiempo?

Comprendo que algunos se muestren indiferentes ante la barbarie o el tribalismo que tristemente imperan en gran parte del mundo, pero... ¿cómo mostrar indiferencia hacia que todo eso se extienda a nuestros países, nuestras ciudades? Muy fácil: siendo indiferente, como Esplugas, ante la política, la historia y la servidumbre. La receta del desastre y la antítesis del... liberalismo.

Lo que nos hace civilizados, como dijo el sabio, es nuestra predisposición a dudar: no nuestra indiferencia.

"El grado de civilización de una sociedad se mide por el grado de libertad de la mujer." Charles Fourier dixit.

martes, agosto 25, 2009

Cuando el miedo nos sonríe.

Recientemente hemos podido asistir al enésimo gesto de incomprensión de un miembro de esa "liga de la decencia" (dejemos ya de hablar de eclosión liberal, ese fracaso) hacia uno de sus aliados estratégicos y, dejando los dogmas papistas de rigor al margen, portavoz diario del relativismo. No es la primera vez que uno de los miembros del "barco" de Libertad Digital (LD) regaña a las criaturas anarquistas que criaron, y crían, en el seno de su "medio de información". Recordemos que hace un tiempo fue el propio promotor del invento, el señor Federico Jiménez Losantos, quien señaló desde su columna en el diario "El Mundo" su rechazo y aborrecimiento del anarcocapitalismo. Desgraciadamente semejante rechazo no se tradujo en un retroceso en el papel de los representantes de esa secta ideológica en LD. Esto posiblemente sucede porque quienes mantienen financieramente al anarquista Instituto Juan de Mariana hacen lo propio con LD.

La nueva censura al anarcocapitalismo procede del señor Álvaro Vermoet Hidalgo (viejo conocido de este blog y enchufado mayor del reino), uno de los mayores defensores de la llamada "objeción de conciencia" a la asignatura de "Educación para la Ciudadanía". Su crítica va dirigida a, como no, Albert Esplugas: relativista mayor del reino y reconocido indocumentado en cuestiones históricas (cosa que no le impide realizar análisis contrafácticos cuya falta de rigor apenas esconde el uso y abuso de textos escritos en la lengua de Shakespeare). Y es que nuestro amigo Esplugas plantea esta vez que el uso del "burka", o el velo islámico, no tiene ninguna repercusión pública.

Vermoet evidentemente no sabe quién es Albert Esplugas ni qué ideología defiende. El señor Vermoet, como el propio Losantos y tantos otros, muy posiblemente sólo vea entretenidas, vistosas y finalmente útiles las argumentaciones maniqueas, mistificadoras y totalitarias de un Esplugas, un Rallo o un Valín. Se trata del "pecado original" de todo el "movimiento" que puso en marcha el chiringuito mediático derechista de Losantos: un "fusionismo" basado exclusivamente en la sistemática descalificación hacia todo aquello que no fuese derechista. Tan sencilla premisa hizo posible no sólo que los fascistas más casposos se autocalificasen como liberales sino el que personas como Vermoet viesen liberales a personas como Esplugas.

Se sorprende Vermoet de que Esplugas no considere la pugna política en su análisis de la problemática del burka o cualquier otra similar. Pero Esplugas sigue "correctamente" la línea anarcocapitalista: no existe la política porque la política es otra forma de crimen. A decir verdad, en el análisis anarcocapitalista la política no existe del mismo modo en que "no existen" los homosexuales en Irán: es una "necesidad" del sistema. Y por cierto que, dentro del mundo ancap, Esplugas no es el más riguroso seguidor de esta línea: parece más inclinado hacia una relativización en la cual caben puntuales muestras de "cariño" a muy políticos regímenes que tienen en común su hostilidad hacia EEUU y sus aliados. Cuestión ésta, por otro lado, que halla perfecta conexión con la extrema posición política que comparten, en último término, los anarcocapitalistas: "si el Estado es el Mal, el más poderoso será el más malvado". No en vano, Rothbard llegó al absurdo de hablar favorablemente de cosas como el Ché Guevara, los Panteras Negras o la caída de Saigón. Ser buen anarcocapitalista es difícil: sobre todo si buscas llamar la atención.

En realidad ser liberal no tiene nada que ver con proclamar la indiferencia por el dolor ajeno. Ni tiene tampoco nada que ver con equiparar Estado con totalitarismo. Cosa ésta última que en el caso de los ancaps es un ejercicio de fanatismo y en el caso de las personas como Vermoet una expresión de su muy perezoso sectarismo. Y es que poco o ningún sentido tiene el reconocer al Estado como gestor de las bases de la educación pública mientras por otro lado se proclama la intocable soberanía de los padres sobre "los valores" que deben inculcarse a sus hijos. Porque cuando se rechaza de plano cualquier forma de Educación para la Ciudadanía, como hace Vermoet desde su fracasada plataforma de las "Cien mil objeciones", no se está sino haciendo apología de una forma de anarquía. Y digo anarquía por no hablar más concretamente de teocracia o Estado confesional: que es, a la luz de la historia de España, el objetivo de quienes se oponen a una educación regulada por un Estado laico.

Por otra parte la argumentación de Esplugas no podría ser más pobre. No es raro esto en quien sigue la lógica del leguleyo, a saber: buscar evitar la realidad, y la discusión, de unos hechos mediante la presentación de una cadena de osados silogismos tan falsos, de origen, como farragosos. Acierta a decir Esplugas que quienes aspiran a defender los valores occidentales por considerarlos superiores tienen en baja estima dichos valores (!) por cuanto siendo ellos buenos habrían de imponerse por sí mismos. Silogismo tan "espectacular" como, ya como adelantaba, falso. Falso en la medida en que pasa, literalmente, por encima de toda la historia de la humanidad. Una historia que, anécdotas a parte, nos dice que las culturas chocan y que para cualquiera existen "límites" acerca de lo que se puede y lo que no se puede tolerar. Hecho que lleva a toda cultura a emplear la fuerza para afirmarse sobre un territorio. La idea de "competencia entre culturas" de Esplugas es, en este sentido, una irreconocible caricatura de milenios de guerras y movimientos migratorios. Asimismo, baste ver que el fenómeno del terrorismo islámico se desarrolla entre elites occidentalizadas de musulmanes para comprobar hasta que extremo el choque cultural es de una materia bien inestable.

Occidente es superior, entre otras cosas, porque para nosotros los seres humanos no pueden ser tratados como animales y que el mantenimiento de la libertad es el objetivo último de las instituciones políticas. Pero superioridades al margen es sencillamente imposible concebir que una cultura, cualquiera que sea, tolere sin alteraciones políticas prácticas que le son repugnantes o extrañas. Y para hacernos una idea del absurdo pensemos en que unos aztecas se afincasen en España considerando, como les era característico, necesario el sacrificio de seres humanos para la práctica de su religión. Ahora, rebajando el listón, pensemos en unos inmigrantes que transplantasen sus relaciones feudales y los símbolos característicos del poder feudal a Occidente. Y de eso se trata lo del Burka o lo de los Tribunales Islámicos (esos en los que Esplugas sólo vería inocentes tribunales de arbitraje) : un desafío para nuestros valores occidentales que no puede ser tolerado sin socavarlos. Porque una vez no se limitasen las instituciones a ignorar que en territorio bajo su control se están desarrollando actividades y actitudes antiliberales en extremo tendrían que legislar en el sentido de tolerarlas expresamente: dando con ello por sentado que no existe comunidad política, no existe igualdad ante la ley; y que no existe, en suma, más derecho que el de la fuerza. Cosa ésta, que, como es sabido, es la inevitable consecuencia de que el Derecho no tenga fuerza. ¿Y qué mayor prueba de esto que el nazismo y sus símbolos estén prácticamente prohibidos en todo lugar? ¿Será porque esa ideología fue completamente aniquilada mediante el uso de la fuerza?

En los nacientes Estados Unidos se dejó claro que no se toleraría la aristocracia en el país y que quien quisiese gozar de título nobiliario debía renunciar a la ciudadanía norteamericana. Este rechazo de la servidumbre, que hallaría su culminación con la victoria nordista en la guerra civil norteamericana, nos da idea de la fuerza e instituciones necesarias para preservar la libertad. No cabe oponer a la prohibición de reinar entre los hombres una suerte de derecho de inmunidad o secesión: los hombres no sirven a otros hombres. Eso es Occidente y quien aspire a vivir en él debe ser obligado a aceptarlo por todos los medios que jurídica o políticamente sean necesarios a tal fin. Cualquier otra cosa supone la erosión de aquello que personas como Esplugas odian: la igualdad ante la ley y la libertad.

Para enfrentarse a la amenaza del islamismo no valen voces como las de Vermoet puesto que no son sino altavoces de un papismo que en último término tiene interés en una Europa sumida en tinieblas religiosas. Para enfrentarse a eso, para enfrentarse al burka, para enfrentarse a los tribunales islámicos y tantas otras cosas, es necesario suprimir el miedo. Y, como ya dijeran otros, el que puede hacer eso no es ni más ni menos que el Estado.




"La vieja Europa tendrá que apoyarse en nuestros hombros, y renguear a nuestro paso, con las trabas monacales de reyes y sacerdotes, como pueda. Qué coloso seremos" Thomas Jefferson dixit.