"La realidad nos molesta" debería ser el lema de personas como Albert Esplugas. Nos decía Esplugas hace unos días, como aquí se comentó, que la defensa de los valores occidentales (a través de instituciones y leyes) es en realidad una baja consideración de los mismos por cuanto ellos mismos, de ser superiores, se habrían de imponer "automáticamente". Hace poco, en su réplica al artículo escrito en su contra por Álvaro Vermoet, Esplugas ha echado de nuevo mano de la caja de los disparates.El problema de Esplugas, como apuntaba el otro día, es que por un lado omite cualquier explicación o consideración acerca del Derecho y por otra se dedica a emitir profecías: todas ellas, claro, con un claro sesgo ideológico y, a la postre, muy político. Cualquier persona atenta vería en sus digresiones algo de disparatado pero Esplugas cultiva una suerte de manierismo por el cual pretende ser objetivo. Nada más lejos de la verdad.
Esplugas compara la titularidad del Estado sobre las escuelas públicas con el título que tendría un ladrón de coches sobre un automóvil robado. Argumento que lleva a Esplugas a considerar al Estado como "la antítesis del propietario legítimo". Escuchando tamaña afirmación en seguida le viene a uno a la mente la famosa consigna de Proudhon: "la propiedad es un robo". Es entonces cuando piensa: ¿quién de los dos estará equivocado? Porque el "material" que Esplugas o un socialista radical nos proporcionarán para respaldar sus consideraciones es de una valía casi idéntica: la pura especulación. Porque afirmar que existe un derecho natural que hace "ilegítima" cualquier forma de poder público es tan "válido" como decir que la "dignidad humana" (o consideraciones semejantes) hacen odiosa y criminal a la propiedad privada. A decir verdad, por sus implicaciones, la segunda afirmación está llamada a ser mucho más popular que la primera. La razón para ello la reconocen propios y extraños: media una significativa diferencia entre proclamar como principio rector de tus ideas la indiferencia por el dolor ajeno o decir todo lo contrario. Los réditos políticos de esta diferencia, por cierto, son el motivo que lleva a los medios derechistas a hablar siempre de una "gran habilidad de la izquierda para la propaganda".
Esplugas ataca los puntos flacos de Vermoet. Éstos se resumen, básicamente, en un vacío idealismo que lleva por bandera una democracia y tolerancia que su propia militancia activista desmienten. Por esto mismo Vermoet poco o nada puede, en realidad, discutir con quien lleva las frivolidades de "Cien Mil Objeciones" a sus últimas consecuencias. Además, Esplugas juega con las obsesiones "derechistas". Y es por eso que Esplugas dice que no podría prohibirse el burka del mismo modo en que no se prohíbe llevar al Ché Guevara como imagen de las camisetas. Con esta equiparación se trae a colación, en realidad, la disputa entre quienes consideran incoherente prohibir la exhibición de simbología nazi y no hacer lo propio con la comunista. Quienes así piensan lo hacen, desde luego, desde un punto de vista apasionado y en absoluto realista.
En el campo de la palabrería son muchos los que vencen cada día batallas y ganan imperios. Participando de ese espíritu Esplugas se permite afirmar que el nazismo es hoy día invisible, marginal, por "vergüenza". Olvida Esplugas unas cuantas y, acaso insignificantes, sangrientas batallas. O lo que es lo mismo: Esplugas se olvida de la mayor guerra de todos los tiempos. Una guerra que comenzaron los alemanes en nombre del nacionalsocialismo y que llevó a la muerte, por causas políticas detestables o justas, de millones de personas. De todo ello tuvo buena parte de culpa los ciudadanos alemanes: que de forma más o menos comprometida colaboraron en la instauración de aquel "nuevo orden". Terminada la pesadilla los alemanes habrían de pagar los crímenes cometidos. Unos, muchos inocentes, pagaron con su vida en las matanzas soviéticas ocurridas a medida que el ejército rojo se apoderaba del este de Alemania. Otros, en el lado aliado, serían objeto de persecución y finalmente serían ejecutados como criminales de guerra. Los aliados no podían enjuiciar a todos y cada uno de los nazis alemanes puesto que eso habría supuesto encausar a casi la totalidad de los alemanes. Es por eso que la llamada "desnazificación" no llegó muy lejos y fue abandonada pronto tras haberse liquidado o encarcelado a los máximos mandatarios del Estado nazi: ellos pagaron por todos. De esa persecución política, de la revelación mundial del Holocausto y, sobre todo, de la total derrota de Alemania en 1945 se siguió eso que Esplugas llama "vergüenza". En definitiva: murieron muchos y se sufrió mucho para que llevar hoy una swástica en la pechera sea una auténtica vergüenza. La ideología nazi fue completamente derrotada en el campo de batalla y las intenciones de aquélla fueron mucho más aterradoras, una vez vista su puesta en práctica, que las de cualquier dictadura comunista de escala semejante. Todo esto olvida Esplugas.
El burka no sólo es una manifestación del fundamentalismo islámico sino que es símbolo de una clase de opresión que, al menos en Occidente, es sencillamente intolerable. No caben más debates al respecto. No querer ver el mal inherente al burka, o relativizarlo, es sólo olvidar (ya que tanto gusta olvidar) el por qué nosotros mismos dejamos de incurrir en barbaridades semejantes. Y no dejamos de comportarnos así por el mero hecho de tener nuestros estómagos llenos sino porque las trabas políticas a la Ilustración de las personas (y por tanto su elevación a la categoría de ciudadanos) fueron cayendo: muchas veces a golpe de decreto y guerra civil. Y tanto más decreto será necesario conforme se extienda la impunidad de los retrógrados e intolerantes en nuestros paises.
Resulta imposible, seguramente, el convencer a alguien como Esplugas de que la libre competencia de ideas y personas no tiene por qué concluir en algo positivo. Más imposible será el convencerle de que es posible suprimir prácticas vejatorias de determinados colectivos sin obligarles a una suerte de "pérdida de identidad". Sea lo que sea "la identidad" estoy convencido de que puede sobrevivir a que se prohíban los sacrificios humanos o la vejación de las mujeres. Cosas éstas, por cierto, que se daban encuentro en aquella India dominada por los británicos en que se quemaba vivas a las viudas con motivo del funeral de su esposo (el Sati). Semejantes prácticas, aún a costa de incidentes y revueltas, se detuvieron. ¿Cómo no hacer lo propio nada menos que en nuestro propio país? Es evidente que el "orden natural de las cosas" en un lugar como Afganistán, u otros tantos, sólo conduce a una especie de feudalismo. Occidente está allí, de algún modo. No estaría mal que se intentasen erradicar algunas de las más bárbaras costumbre de allí: cosa que no ocurrirá con el mero "afeminamiento del comercio", que diría Julio César.
De cierta manera el cuadro que Esplugas nos pinta del multiculturalismo es similar, por seguir sus propios ejemplos, al de los apaciguadores de entreguerras. Dichas personas cuando se les enumeraban tanto las amenazas como las aberraciones de los nazis siempre afirmaban, seguramente creyéndose sumamente informados, que esas locas ideas caerían por su propio peso: que nadie querría que eso se prolongase o convirtiese en norma. Esplugas dice que el multiculturalismo (en la práctica: dejar que los musulmanes se comporten en sus guetos como si estuviesen en su país de procedencia) es un sistema que asegura la paz social. Muy bien. La pregunta, ahora, es: ¿por cuánto tiempo?
Comprendo que algunos se muestren indiferentes ante la barbarie o el tribalismo que tristemente imperan en gran parte del mundo, pero... ¿cómo mostrar indiferencia hacia que todo eso se extienda a nuestros países, nuestras ciudades? Muy fácil: siendo indiferente, como Esplugas, ante la política, la historia y la servidumbre. La receta del desastre y la antítesis del... liberalismo.
Lo que nos hace civilizados, como dijo el sabio, es nuestra predisposición a dudar: no nuestra indiferencia.
"El grado de civilización de una sociedad se mide por el grado de libertad de la mujer." Charles Fourier dixit.

