jueves, abril 11, 2013

La ideología de la letra pequeña

El argumento central que, para mí, invalida el anarcocapitalismo es su absoluta falta de realismo. Partiendo de una concepción caricaturesca del ser humano, este anarquismo de derechas plantea que la dimensión política de la sociedad humana es una conspiración que se ha mantenido en el tiempo. Sería posible, pues, eliminar todo lo colectivo y que en el magma restante una serie de "empresas en régimen de libre competencia" proporcionasen a "los consumidores" todo aquéllo que recibían "de forma ineficiente" del Estado.

Si observamos detenidamente las políticas económicas del gobierno de Mariano Rajoy y, en general, el resto de gobiernos reaccionarios de la Europa actual, se observa una pura violencia de fondo. Una brutalidad tan extrema que, por aquéllo de salir guapos en la foto, acaba reclamando para sí las desviadas razones del anarcocapitalismo. Todo lo público es malo y lo privado bueno. Mientras ponen cara de pena, los ministros nos exponen que los recortes son tristes, inevitables pero maravillosos. Contradicción que salva, claro, la retórica anarcocapitalista. Del mismo modo en que bajar impuestos sube la recaudación, en esta mentalidad el daño equivale a algo bueno.

El sueño masoquista de la sociedad "sin Estado" equivaldría a llevar a la esfera individual la inseguridad absoluta de quienes viven al margen de la ley o, valga la redundancia, son "grandes jugadores" de la economía global. En esta distopía se pasa de la clásica obligación civil de "actuar como un buen padre de familia" a la obligación de ser un superviviente sin escrúpulos.

La idea de que todos debemos ser empresarios, tan de moda hoy, está en la línea de lo expuesto. Irónicamente, esta concepción va en contra de algo tan básico como la "división del trabajo". Es una política que tiene entre sus países más aventajados a esa serenísima economía que es Grecia. Es una manifestación en grado terminal de la hipocresía de la libertad sin medios ("rico y pobre tienen la libertad de dormir bajo un puente"). Una hipocresía en la que se exige del que ya no puede ser siquiera consumidor el que se convierta en inversor. Un auténtico disparate que no encuentra otro sentido que dotar de una narrativa al total desinterés gubernativo por el terrible desempleo existente. Y dotar de excusas, claro, a ciertos bajos espíritus que aún conservan un trabajo.

Estamos, pues, ante apóstoles de una "responsabilidad individual" que apenas esconde su verdadero carácter: justificar, amparar y legitimar una creciente desigualdad social. Con tal fin se llega a exigir de las personas más humildes y desamparadas que se conduzcan por el mundo como si fuesen feroces depredadores. De no hacerlo... es que entonces merecen perecer. La ley del más fuerte.

El caso de las obligaciones preferentes, en una gran mayoría de los casos, es un escándalo de pura estafa. Escándalo que si bien los tribunales están enmendando, seguimos viendo justificar a los partidarios de la barbarie económica. Exquisitos sinvergüenzas se preguntan cómo la gente firmaba "sin leer la letra pequeña". Tal vez la gente se fiaba de lo que les decían los comerciales que tenían delante, que eran los mismos señores que les actualizaban la libreta... El objeto del engaño, sin embargo, no era una revolucionaria loción contra la calvicie o un elixir del amor, señores, eran los ahorros de mucha gente. Ojalá esta gente recupere su dinero en los tribunales y que no les engañen con arbitrajes, mediaciones y, en definitiva, nuevas estafas sumadas a la principal. Todas ellas ampliamente publicitadas y apoyadas por el Partido Popular y sus medios de comunicación afines.

Pero son las hipotecas el tema estrella en estos días. Muchos asumen que todo el que se metía en una hipoteca a muchos años era, como no, un loco especulador. Cuando el cálculo en los días de la burbuja era "sencillo": el alquiler cuesta 500 y la hipoteca 450. Si en cualquier caso nosotros, pobres humanos, necesitamos un techo sobre nuestras cabezas y habríamos, en tanto emancipados, de pagar un alquiler para tal fin... ¿no tenía sentido pagar la hipoteca y al final legar una casa a los hijos? Tenía todo el sentido y así lo publicitaban los bancos y expertos que hoy se burlan con saña del desahuciado. Además, pensemos que se está acusando de "especulador" y "loco" a un individuo por esperar poder trabajar el resto de su vida laboral, pagando así la hipoteca.

Estamos ante falacias y groserías de tal calibre que es lógico que la gente esté recurriendo al acoso de los políticos (los famosos "escraches"). La pulsión revelada de los sectores conservadores y reaccionarios es la misma con todo: aniquilar moral y físicamente al que ha caído en la miseria y la desesperación. 

Los desahucios son escenas muy desagradables que las fuerzas de izquierdas, de forma inteligente, están convirtiendo en el centro de la polémica. Es evidente que el número de los desahucios que se están produciendo generan una gran alarma social, sean legales o no. Por esto el PP se ve obligado a fingir, con su habitual impudicia, que le importa el problema promoviendo unas reformas legales que no alteran en nada la situación. Y por esto se lanzan campañas racistas para desviar la atención. Pero el problema no está ni en la dación en pago ni en los desahucios. El problema está en que en España está vigente la esclavitud por deudas. Todas las deudas de las personas jurídicas pueden quedar liquidadas tras un debido proceso (concurso de acreedores), pero con las personas físicas ocurre algo diferente. A las personas físicas les aguarda una liquidación bien distinta: la de su futuro. Condenados a ser deudores por los siglos de los siglos, los españoles bien hacen en ahora reclamar en su país que se apruebe una ley adoptada por cierta ciudad italiana en el siglo IV antes de Cristo. Moderneces de perroflautas, vamos.

En definitiva, los defensores del actual orden de cosas, emboscados en su papel de "reformistas", reclaman para su defensa ese caldo intelectual del "y a mí qué me importa" y el "mejor tú que yo". Defendiendo un modelo de "sociedad del riesgo" en el que confunden interesadamente las necesidades y deseos básicos de las personas con comportamientos especulativos, casi criminales. Una sociedad en que las grandes leyes de la convivencia ya no están en códigos sino en letra pequeña.


"La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo." León Trotsky