jueves, abril 18, 2013

Acción-reacción-acción sin compasión

Hablábamos el otro día de la ideología de la letra pequeña. Hoy hablemos del discurso que le da transporte, que es más bien de grandes titulares.

El conservadurismo español, tradicionalmente antiliberal y en diversas zonas de España incluso "tradicionalista", de un tiempo a esta parte ha querido hacer suyas las ideas de la "revolución conservadora". Esta revolución consistía, como comentaban en el documental de la BBC "The century of the self", en básicamente sancionar políticamente la idea de que la compasión es mala. Como lo oyen: la compasión es mala.

Mandeville sostenía en su célebre tesis moral que los vicios privados se convertían, en conjunto, en virtudes públicas. No es menos célebre la sentencia de Adam Smith en que nos informaba de que quienes se dedicaban a tal o cual profesión nos proveían de productos no por benevolencia sino por un ánimo de lucro. Bien. El discurso nacido de la revolución conservadora, íntegramente basado en la letra pequeña del "a mí qué me importa", venía a reivindicar esto llevado a un extremo. Extremo que Margaret Tatcher tuvo a bien aclarar diciendo que no existía la sociedad sino individuos y familias. Nada más lógico, entonces, que reivindicar que la compasión sea dejada a la caridad de individuos y familias. Las clases medias, celosas de conservar la mayor parte de sus nóminas y rentas, aplaudieron este nuevo enfoque egoísta. Una vez caído el bloque comunista este enfoque, tan alejado de las políticas económicas de varias décadas de la posguerra en Europa Occidental, reivindicó la victoria para sí. En las repúblicas ex-soviéticas pronto verían los efectos de aplicar de forma irrestricta la "libertad" de Reagan y Tatcher.

Si la compasión es mala es precisamente porque se asume que vivimos en un sistema justo. Un sistema del que se predica que la mera disponibilidad es suficiente para obtener una posición. Siendo así, la exclusión social y las personas que dependen de las ayudas del Estado para obtener los servicios más básicos son fenómenos incomprensibles. Se advertirá a éstos que las ayudas se acabaron y entonces pasarán a estar disponibles y "ser útiles".

Dolores de Cospedal, una de las principales voces del Partido Popular actual y tristemente célebre entre otras cosas por admitir la comisión de una grave ilegalidad laboral en directo, cree ser una Tatcher española. Igual que Esperanza Aguirre, juega a ser Dama de Hierro. Un rol que en esencia consiste en insultar a grandes colectivos, acaso como gesto de "normalidad democrática". En declaraciones que hizo ayer, e incluso tras una presunta matización, dijo que los votantes del PP pagan sus hipotecas y que está de acuerdo en apoyar a los excluídos pero que hay que incentivar "a quien se quiere ganar la vida dignamente". Estaremos de acuerdo en que Cospedal es una absoluta nulidad, pero la esencia de este discurso es deliberada y meditada.

Desde que comenzaron los llamados "escraches", la burbuja de seguridad y comilonas de buena parte de los representantes del Partido Popular se ha visto alterada. Y todo esto en un momento en que el número de desahuciados ha alcanzado tal nivel que éstos gozan de amplias simpatías entre el pueblo. A raíz de lo cual el Partido Popular se ha dedicado en las últimas semanas a intentar cortocircuitar las protestas. Comenzaron diciendo que la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) eran unos irresponsables que impedirían el futuro acceso a la vivienda. Acto seguido, sumaron a este argumento que el PAH y los escraches eran terrorismo callejero con conexiones con el submundo etarra. Y ya, tal vez porque la cosa no terminaba de colar, el PP subió las apuestas afirmando, por boca de Cospedal, que los escraches y la actitud del PAH eran "puro nazismo". Durante todo el proceso palabras como "acoso", "coacción" o totalitarismo, relacionadas con los escraches, han sido repetidas hasta la extenuación por diversos elementos del Partido Popular.

El Partido Popular no está haciendo más que recurrir al viejo esquema de "acción-reacción-acción". La escalada de insultos y acusaciones de todo tipo buscan una reacción violenta por parte de las protestas hasta ahora pacíficas. Se busca soliviantar al pacífico para que haya algún incidente que permita la represión sin contemplaciones. Represión que, por otra parte, ya se implementa por vía administrativa: multando a los participantes de los escraches. Una forma de represión poco disuasoria contra quienes se quejan, precisamente, de perderlo todo, pero muy eficaz contra otros simpatizantes que tengan algo que perder. Sólo desde el acción-reacción-acción, desde la voluntad de separar a los desahuciados de las simpatías del pueblo, se entienden declaraciones como las de Cospedal o Pujalte, que señalaba que quienes pedían la dación en pago era "para comprarse otra casa".

El discurso a favor de los hipotecados que pierden sus casas convive mal con las ayudas públicas a la banca. Y no hablemos de la corrupción política. En otro momento, no sería difícil para el PP culminar su tarea de convertir al colectivo de Ada Colau en un grupo de punkis marginales y vagos a los ojos del público. Pero a la multiplicación de los desahucios, el desempleo y los recortes sociales se le suman las ayudas astronómicas a los bancos y la corrupción en las más altas esferas del poder. La falta de compasión con la inexistente sociedad no parece alcanzar a los bancos. Siendo así, es imperativo dejar claro, diga lo que diga la Constitución, que las protestas pacíficas son problemas policiales. 

Del mismo modo en que no sabemos a partir de qué grado de desempleo el Estado se decidirá a hacer algo más que fomentar la esclavitud, cabe preguntarse a partir de cuántos desahucios y familias en la calle se decidirá el Estado a "sacar viviendas del mercado". No se puede permitir que las familias duerman al raso teniendo algo como el SAREB en marcha. Y, como decía el otro día, no es de recibo que se pierda la casa y se mantengan las deudas. Alquileres sociales y quiebra individual, pese a que no coinciden con las exigencias maximalistas del PAH, desactivarían los escraches inmediatamente. Pero el PP en lugar de hacer lo lógico en un país que se hunde en la ruina pretende seguir fingiendo que la gente, o al menos sus votantes según Cospedal, pueden pagar alquileres e hipotecas. Que no pare el negocio.

El Partido Popular está emboscándose tras el formalismo democrático para desarrollar una agenda que tiene muy poco de democrática. No es normal que haya protestas frente a las casas de los políticos, sí, pero es que esto es producto de una situación extrema en España. Situación que el PP lejos de corregir no tiene problema en agravar, emboscado para ello en la retórica tatcheriana de la mano dura al pobre. Entre acusaciones de nazismo, terrorismo y vagancia al que protesta, queda bien claro que el discurso de la normalidad se agota. Y a falta de normalidad se recurre al puro fascismo. Al fin y al cabo, cuando la sociedad no existe, cuando al miserable se le insulta y abandona en la miseria, suele seguir la necesidad de una represión sostenida. Si no hay alternativa a las medidas del gobierno quien se oponga a ellas sólo puede ser un criminal.




"La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio." Marco Tulio Cicerón