viernes, febrero 01, 2013

¿Democracia para qué?

La democracia se basa fundamentalmente en la idea de progreso. Al contrario de lo que algún doctrinario pueda pensar, la democracia no se circunscribe a establecer una forma determinada de elegir al que manda. Tampoco consiste en determinar quién es el más adecuado para mandar. Lo importante es cómo se gobierna y, de hecho, si se puede gobernar como se esperaría de un gobierno democrático.

Con unas perspectivas económicas negras, negrísimas, se están eligiendo y sutituyendo gobiernos que, de acuerdo en un plan europeo de restricción fiscal, sólo ofrecen retrocesos sociales al pueblo. Camuflados en medio del sectarismo y el marketing político del día a día (gracias a esos medios de comunicación perfectamente dependientes y sectarios), estos retrocesos son terribles para cualquiera que tenga un poco de perspectiva de la situación. Como ya se ha comentado en este blog, las demandas empresariales de un mercado de trabajo desregulado y el descenso generalizado de los salarios ahogan a una opinión pública paralizada. Los costes de mantener al país bajo el Euro imponen un escenario de depresión económica en el que aumentan los precios mientras descienden los salarios, en muchas ocasiones hasta el cero absoluto del desempleo estructural. Nuestra sociedad, como ente vivo, echa mano de viejas explicaciones a la creciente miseria de la mayoría. Explicaciones que, hay que recordarlo, son antidemocráticas.

¿De qué sirve elegir pacífica y libremente al gobierno que pacífica y libremente habrá de empeorar ostensiblemente nuestras condiciones de vida? A los amigos que todo lo explican con "incentivos" les debiera preocupar esta cuestión. Porque un sistema no se puede dedicar exclusivamente a recaudar impuestos y "mantener el orden", y seguir llamándose democracia. No es así, de ninguna manera. Un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo arbitraría las medidas precisas para que el país saliese de la crisis actual sin necesidad de amputaciones. No tiene sentido imponer una depresión económica, un auténtico estado de excepción, sin otro objetivo que salvar de la quema a unos pocos.

Todo lo anterior adquiere verdadera urgencia a la luz de las últimas revelaciones de la corrupción en el seno del Partido Popular. Quienes están al mando del Estado exigiendo el sacrificio de todo lo que da sentido a nuestra democracia, en nombre del Orden, se revelan como amigos del más primitivo desorden posible en el Estado: la corrupción. Una corrupción, eso sí, amparada por una ley de partidos que hasta hace bien poco permitía las donaciones anónimas. No me cabe duda de que en otros partidos, dada la poca consistencia de la inquisición sobre las cuentas de las organizaciones políticas, también hay malversaciones. Pero es que han cazado a quienes hoy nos gobiernan y sumen en la miseria. Puede que dé igual al egoísmo de muchos que cierren las puertas de la asistencia sanitaria a unos miles aquí y unos miles allá. ¿Pero en serio da igual que quienes lo hacen, al mismo tiempo, se bañen las generosas fuentes del soborno? Es temerario dejar en manos de la buena fe de los partidos políticos el no caer en la malversación sistemática de fondos, pero no menos es consentir el gobierno de quienes parece evidente que lo han hecho. Ni un día más.

Dirán que la culpa de todo es de los españoles. Puede que sí. Pero si de algo no debemos tener la culpa, quienes podamos, es de asistir a este auténtico bochorno envueltos en el silencioso y sumiso cinismo. Las explicaciones que a estas horas se han dado sobre la contabilidad B del Partido Popular pueden categorizarse como insultos a la inteligencia. Al más puro estilo talibán de sus medios afines, los altos cargos del PP aspiran a poder ejercer la corrupción absoluta en medio de acusaciones hacia los otros partidos o apelando al ancianísimo principio del "soy corrupto, como todos, pero yo  trabajo por el pueblo". Quien obre así, al descubierto, en una democracia, no debería pasar ni una noche más fuera de prisión. Porque este paternalismo despreciable, además, no encuentra correspondencia alguna con las medidas de gobierno del PP. Unas medidas que no son sino poner el yugo sobre el pescuezo de todos para poder unos pocos continuar con su particular fiesta en el carruaje de atrás. Las risas, o lágrimas, están aseguradas ante la próxima intervención "pública" de Mariano Rajoy.

¿Hacia dónde va, pues, España? Hacia una completa ruina en la que habrán de reinar los de siempre. Ésos que en medio de la miseria se complacen en explicarnos su superioridad a través del maltrato sistemático y una "ideología" que no es otra cosa sino, como ya dijeran otros, "una ilimitada voluntad de poder". Los que piden que se bajen sueldos y se trabaje más mientras esconden su dinero del fisco. Los que piden austeridad mientras viven a todo trapo a cuenta de los sobornos. Esto no es democracia, es un curioso circo en el que, lejos de reir, habremos de elegir quién se reirá de nosotros.



"Pero, en las aristocracias, como los que quieren llegar a la cabeza de los negocios disponen de grandes riquezas, y como el número de quienes pueden hacerlos llegar allí está a menudo circunscrito dentro de ciertos límites, el gobierno se encuentra de cierto modo como en subasta." Alexis de Tocqueville