jueves, octubre 18, 2012

Jóvenes sin futuro


Cuando yo empecé a estudiar el bachillerato, algunos de los compañeros que hasta entonces había tenido en el instituto, habían dejado los estudios. De repente se vieron ganando mucho dinero pues, viviendo con sus padres, recibían un salario bastante elevado procedente de sus trabajos (no cualificados) en la construcción. Se les podía ver en bares y discotecas invitando a amigos y conocidos, comentando lo mucho que ganaban por trabajar en el andamio. Otros, como yo mismo, seguimos estudiando y finalmente afrontamos estudios universitarios o de formación profesional. En aquél momento había quien pensaba que los que subían al andamio eran más listos que nosotros y quien pensaba todo lo contrario: que estudiar en la universidad supondría un mejor trabajo, más estable, más adelante. 

Estando en la universidad uno pudo comprobar la proliferación de másters, que eran presentados como una necesidad apremiante. Así, muchos de mis compañeros, estando nada menos que simultaneando la carrera de Derecho y la de Administración y Dirección de Empresas, sostenían que cuando terminasen la carrera harían un máster. El máster, hablando en plata, equivalía a "comprar una oportunidad laboral". ¿En qué han resultado los másters para tantos y tantos licenciados universitarios? En nada. Una distinción basada en un máster (pagar una cantidad de dinero estándar: 3.000 a 6.000-12.000 euros) no puede funcionar cuando todos hacen ese máster. Sólo para los hijos del privilegio, de altas clases adineradas, el máster podía tener algún sentido como solución vital. Porque no nos engañemos: los másters siguen dando trabajo, claro que sí; pero a los que pagan cinco, seis, siete o más de las antiguas pesetas en alguna institución privada madrileña o barcelonesa.

Por supuesto está el tema de los idiomas. En este mundo global se da por descontado que todos han de saber inglés. Y desde que soy bien joven me vi rodeado de esta extendida idea de que el no saber inglés constituía una nueva clase de analfabetismo. Un juicio muy severo y acaso cómico cuando emanaba de una sociedad que en su amplia mayoría desconocía y desconoce el inglés. Hoy, ya no basta con el inglés, por supuesto. A la vuelta de cada esquina podemos encontrar todo tipo de ocurrencias: que si hay que saber portugués, alemán, francés o hasta chino mandarín. Y todo esto, claro, teniendo presente la perspectiva laboral en el extranjero.

Miren, ocurre algo curioso con el tema de la emigración. Se trata de una respuesta aparentemente lógica a los desafíos laborales en un mundo globalizado, pero se afronta como un desafío épico, heroico, y depurativo. Una perspectiva a mi entender procedente de lo que los sociólogos llaman "matriz narrativa" y que lleva a las sociedades a afrontar nuevos desafíos aplicando las lecciones e ideas de los antiguos. Así, a la sociedad española se le ha ocurrido que si hay muchos desempleados en España, la solución mágica pasa por la emigración masiva. Y no sólo eso: se sostiene que dicha emigración representa una forma de ascenso social para el desplazado. Unas ideas que se corresponden con lo vivido por la sociedad española durante el siglo XIX y comienzos del XX, así como en la época final del franquismo. En aquéllos momentos históricos, como ahora, sobraba gente en España, pero se daba una circunstancia adicional: hacía falta gente en otra parte.

Cuando los españoles "hicieron las américas" en el siglo XIX lo hacían porque había varias potencias económicas en construcción. Potencias económicas que requerían toda clase de trabajadores no cualificados, campesinos y artesanos para su expansión económica. Los que se iban de España, en su inmensa mayoría, aspiraban a ascender socialmente al abandonar la miseria y cambiarla por tierras, negocios o salarios decentes. Y América les reclamaba en gran número. Por otro lado, la Alemania y Suiza de los años 60 que acogieron a miles de españoles, lo hicieron porque en un contexto de aumento de salarios, dichos países tenían escasa mano de obra para los trabajos menos cualificados. Una escasez que los buenos españoles currantes, y que sobraban en España, podían suplir y de hecho suplieron estupendamente. Un simple vistazo a los escenarios laborales en el mundo desarrollado, a los lugares típicos de la emigración española en la historia, nos hace comprender que las circunstancias que se daban en los momentos históricos mencionados ya no se dan de ninguna manera. 

En Alemania, lugar fetiche para los prescriptores de la emigración en masa de la juventud española, existe un paro estructural entre los alemanes muy elevado. Un paro que es maquillado por el Estado a través de un fomento del subempleo masivo. Subempleo consistente es pequeños trabajos, escasamente remunerados, que se van acumulando, para poder sobrevivir. Una estrategia que no tiene límite, porque el desempleo puede reducirse a 0 forzando la degradación total de una sociedad (no en vano Perú tiene alrededor de un 4% de desempleo y a nadie se le ocurre que sea un lugar donde se vive mejor que en España). Así,  vemos cómo los jubilados alemanes utilizan los "minijobs" para sobrevivir. Ocurre algo similar en Reino Unido y Holanda (otros destinos muy sugeridos), donde también la precarización masiva de los empleos es lo que mantiene a raya las tasas oficiales de desempleo. Sin embargo, pese a estos hechos innegables, seguimos viendo cómo se reproduce, con fruición, la mencionada "matriz narrativa" de la emigración como panacea, como mecanismo de ascenso social.

Ocurre que la emigración forzosa "para sobrevivir" no constituye un ascenso social para los españoles sino un fracaso criminal del Estado español. Me causan tristeza quienes se suman a los discursos de culpabilización de los jóvenes y presentan ir al extranjero a realizar labores no cualificadas como "una mejora en el curriculum". Se dice que, siendo titulados superiores, estar años en el extranjero llevando la existencia de un buscavidas supone una ventaja laboral respecto a otros. Veremos cómo luce la experiencia de empleado en el McDonalds, pinche de cocina, asistente de barman y similares en el curriculum de un ingeniero, un abogado o un arquitecto. Aunque incluso a esto también se produce una inmediata objeción: "por lo menos aprendes un idioma", se dice. Esto es: el instrumento (el idioma) se convierte en un fin en sí mismo. Ocurre aquí lo mismo que con los másters después de acabar la universidad: al principio garantizaban y ahora se han convertido en una prolongación "obligatoria" de los estudios que no garantiza nada. En estos días podemos ver a miles de personas acudiendo a escuelas de idiomas, nuevos templos de penitencia y devoción menesterosa, rindiendo culto a la complicada lengua alemana, como ídolo ante el que postrarse por obtener un empleo.

Personalmente estoy de acuerdo con quien opina que quien consigue ser un ciudadano del mundo es alguien excepcional. Pero la palabra excepcional lleva aparejadas ciertas consecuencias. Entre ellas el que no se puede plantear lo excepcional como el patrón de medida para toda una población. Porque hacer eso no es fomentar una sana búsqueda de la mejora individual sino una apología de eso que dio en llamarse darwinismo social. El conocido "sálvese quien pueda", tan básico y brutal, que pasa por rendir culto al exitoso y esbozar una sonrisa ante el exterminio del pobre, del débil, del "fracasado". Una forma de pensar muy acorde con los niveles de desigualdad que se están alcanzando en España. Porque el ser humano es verdaderamente curioso: a todos sus actos y realidades les intenta dar una explicación. Una explicación que en la esfera política tiene por nombre "legitimidad".

Un buen ejemplo del discurso del darwinismo social en España es este artículo del escritor y periodista David Jiménez. En este artículo se intenta argumentar que los jóvenes españoles, lejos de estar bien preparados, son unos perezosos. Así, en general. Con unas cifras que superan el 50% de desempleo alguna explicación había que dar. Y en efecto, al parecer, la hay: son unos perezosos hasta el punto de quejarse por trabajar gratis. Tamaña crueldad, sin embargo, está en la línea de los discursos típicos de la gestión de lo escaso. Cuando algo es escaso y alguien lo tiene, es del todo necesario argumentar por qué se tiene y, sobre todo, por qué se merece uno, y no otro, tenerlo. Así, este escritorzuelo, como muchos de los comentaristas que se dieron cita en su blog o lo airearon por el Twitter, defiende su propia posición. A medida que el ejército de desposeídos, que Marx llamara "ejército proletario de reserva", crece, la presión a la baja de los salarios y el miedo a perder el propio trabajo aumentan. Entonces, gente como David Jiménez necesita sostener el valor diferencial de su trabajo y degradar a los que llaman a la puerta de su empleador clamando: "nosotros lo haríamos por menos".

En conclusión: no hay soluciones fáciles a los problemas de España, que son en esencia los mismos que los del resto del mundo desarrollado. En ausencia de crecimiento económico, sólo resta una miserización de la sociedad que, desgraciadamente, restringirá gravemente los derechos y la libertad de una mayoría. ¿Pero no ha sido acaso siempre así? Que se desengañen quienes piensen que, por aberrantes, la tiranía y el feudalismo no volverán a instalarse en el poder e insertarse en el corazón mismo de nuestros sistema constitucional. Es posible que en un futuro no demasiado lejano empecemos a escuchar en los medios de comunicación disertaciones sobre habilidades heredadas y cosas por el estilo (en la línea, por cierto, de nuestro actual presidente del gobierno aquí y aquí). Como todo esto constituye la negación de un futuro para jóvenes y otras muchas personas es preciso luchar. Y la lucha comienza por revertir las mentiras y responder a los insultos que se emplean contra nosotros, los jóvenes, y contra tantos y tantos a los que nadie está defendiendo.



"Si a la vida. Sí al amor. Sí a la generosidad. Pero el hombre es también un no. No a la indignidad del hombre. A la explotación del hombre. Al asesinato de lo que hay más humano en el hombre: la libertad." Frantz Fanon

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Anecdótica justificación autobiográfica de por qué Isidoro Llamas no se preocupa en mejorar su nivel de inglés o se niega a irse de casa de papá y mamá hacia una experiencia en el extranjero que sin embargo es evidente que le vendría muy bien para mejorar su carácter.

Iracundoisidoro dijo...

Supongo que si se declarase una hambruna en España y yo lo denunciase, aparecería usted para advertir que yo albergo un interés por comer. A lo que añadiría, sin duda, una oportuna ración del consabido "quien quiera peces que se moje el culo". Muy habitual entre personas sin formación ni educación o quienes tienen un puesto asegurado en "la mesa".

Clari dijo...

la educacion tiene que venir desde las casas. tambien las escuelas tienen que estar mas comprometidas y el gobierno no ayuda para eso.
mis hijos van al colegio, a veces me dicen que se quedan comiendo algo en el mcdonalds en la plata pero casi nunca los dejo, tienen que venir a hacer la tarea y a estudiar, no tienen que andar por la calle todas las tardes