jueves, septiembre 06, 2012

La España que viene

El otro día se habló aquí del "absurdo" económico de los subsidios. Absurdo, decía, porque en el mercado laboral, debido al juego de las expectativas futuras y el "baile de la silla" que fomentan, ya existen un buen número de "empleos" con salarios negativos. Y absurdo, también, porque el subsidio del que todo el mundo habla (400 euros al mes) es de una cantidad "excesiva" en el contexto del mercado laboral protagonizado por el subempleo diseñado por el Partido Popular. Ya saben: trabajillos por pequeñas cantidades que se van sumando para poder llegar a fin de mes. O lo que es lo mismo: el fin definitivo de aquélla conveniente asociación entre el trabajar mucho y ser bien remunerado o, incluso, "llegar a fin de mes".

El PP se siente cómodo considerando el desempleo como un problema de trabas al mercado de trabajo. Según esta lectura, propia del llamado capitalismo salvaje, los que se encuentran en las partes más bajas de la escala laboral deben poder competir con su mera disposición a "cobrar menos por hacer lo mismo". Se asume, o ignora, que en un contexto económico sin un gran crecimiento de la renta total semejante sistema genera subempleo y, eventualmente, "salarios de hambre". Esto, inmediatamente supone el hundimiento del nivel de vida, sí, pero también una bajada del desempleo por dos vías. Los que ganen 5 euros al día de media cada mes, aunque no alcance para vivir dignamente, no serán considerados parados y quienes abandonen el mercado laboral, evidentemente, tampoco. El problema que viene tras esto es la inevitable alienación resultante. ¿Qué ocurre con los excluídos?

Cualquier clase de sociedad vive bajo un orden. Para otra clase de sociedad ese orden puede verse como un desorden, pero se trata de un orden: un "contrato social" diferente. Así, no existe la Humanidad y el Derecho de la Humanidad (Derechos Humanos, en fin) sin que exista el proyecto político para garantizarlo. Por esto, cuando vemos noticias sobre castigos ejemplares para delincuentes diversos en países subdesarrollados o tribales, es erróneo verlo como un mero acto bárbaro carente de sentido. Sin un agente externo que se involucre en las relaciones de poder de esos sistemas sociales, el cortar la mano al ladrón o ejecutar a quien viola el honor de otra tribu (a veces por los motivos más peregrinos) pueden ser el único medio para mantener el orden. Porque en esas sociedades "se cree" en tabúes terribles y se considera nefasto no respetarlos. El castigo es bárbaro porque de no actuar así, las frágiles instituciones que subsisten en esos sistemas, se pueden ver superadas por la mera venganza de sangre y la interminable lucha subsiguiente. Y no olvidemos esto: las sociedades civilizadas pueden involucionar. No en vano, el ascenso del nazismo/fascismo fue considerado por algunos como el triunfo de una suerte de "barbarie industrial". ¿Pero y si volvemos directamente al Antiguo Régimen?

Una idea muy habitual es que las depresiones económicas, en las democracias, entrañan un peligro de caer en el populismo y, de nuevo, en el totalitarismo. Esto es dudoso hoy por muchas razones. Porque cuando el nacionalsocialismo (y el comunismo) aumentaron vertiginosamente su representación en el parlamento de la República de Weimar, en la Alemania de los años 30, por ejemplo, las industrias, los obreros, las rentas, estaban en Alemania. La fantasía de un Estado todopoderoso y con una autarquía económica absoluta se podía poner sobre la mesa como una posibilidad política. Hoy en día resulta una idea abiertamente disparatada, dado el grado de división internacional del trabajo. La única semejanza que persiste en Europa respecto a la Alemania de entonces es la perspectiva cierta de una amplia capa de la clase media que de repente pide comida en los establecimientos de caridad y que sobrevive exclusivamente por pequeños subsidios y las redes familiares de apoyo (que muchas veces consisten en otras prestaciones sociales: como las pensiones de jubilación o viudedad). Las burguesías, ante un deterioro grave de las condiciones económicas, se vuelven autoritarias. El que ha tenido una posición es un foco de subversión mucho más amenazante que quien no ha tenido nunca nada.
Quienes hayan visto las series de la HBO de David Simon y Ed Burns "The Corner" (2000) y "The Wire" (2002-2008) tendrán ya una idea de la sociedad hacia la que se dirige España, de la clase de sociedad que existe a la sombra de la ideología que mueve al Partido Popular. Una sociedad disfuncional en la que conviven las normas de la sociedad burguesa con la durísima ley de la selva, que es la ley de la realidad. La sociedad de la venta a granel en tiendas con precios abusivos, el delito y el saqueo como único trabajo posible, las escuelas e institutos como meros ejercicios de brutal cinismo institucional y la represión policial como única respuesta a los problemas. Una sociedad no ya postomoderna sino postcapitalista. Hablamos ya de una especie de feudalismo difuso, atravesado por las instituciones de un orden en el que ya nadie cree. Entonces sólo existe la ley del más fuerte mediada por un poder impune e impotente. Un poder arbitrario. Una perspectiva terrible, pero que es lo que espera al otro lado de lo que el gobierno de Mariano Rajoy se empeña en llamar "reformas" y que no son otra cosa que la destrucción del Estado democrático.

En España la democracia siempre fue en gran medida una farsa. Y lo fue principalmente porque los españoles no somos demócratas. Arrastramos unas condiciones fragmentación social y territorial que nos llevan, por cualquier razón, al separatismo y las proscripciones: el guerracivilismo. En estas condiciones nadie sabe qué ocurrirá cuando a esta sociedad nuestra se la deje a su suerte, en "libertad". Al PP le da igual porque más o menos intuye que se puede volver, sin más, a aquélla sociedad de "señoritos y campesinos", sin solución de continuidad. Lo que es desde luego completamente incontestable es que un Estado sin auténticos servicios públicos no sabe ni puede ser legítimo y, por tanto, de ninguna manera podrá ser democrático. De momento muchos van tirando a golpe de "la culpa la tienen los alemanes" y el "a ver qué pasa con el rescate dichoso".

En España no habrá banderas con símbolos extraños, no habrá revolución, habrá caos y luego orden. Acabadas las zanahorias, vuelve el palo puro y duro. Como siempre. Y ese orden, como decía, puede que sea ése "de siempre". Y es que nadie puede ocultar que en cuanto el dinero no alcanzó, en cuanto se ha visto amenazada la posición de la gente de arriba, y pánico electoral mediante, muy rápido han aparecido los del "ordeno y mando" y su legislación motorizada. Ésos bárbaros con corbata que parecen empeñados en demostrarnos, más allá de toda duda, que la democracia bajo la que vivíamos no era un derecho, como dice nuestra Constitución, sino una frágil tregua a esa España negra de toda la vida, constituída sobre la base de un exiguo soborno social, que no contrato, ofrecido al populacho. Una democracia por caridad.





"Que una cosa tan bellaca no puede parar en bien" Baltasar del Alcázar





2 comentarios:

Superjuez dijo...

La España que viene, no; el mundo que viene, no postmoderno sino postcapitalista: C Y B E R P U N K

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Evidentemente la situación española forma parte de un movimiento global hacia la miseria del mundo occidental. No deja de ser una respuesta lógica ante los "recursos escasos" una vez que los países emergentes van pareciéndose más y más a nosotros. Lo traumático en este caso es que España va a ser postcapitalista sin haber existido demasiado bienestar nunca.