viernes, marzo 16, 2012

La paz social y el discurso del miedo

Los duros tiempos que vivimos hacen que en nuestras acomodadas mentes asomen los fantasmas del pasado. En su momento dije que una mayoría absoluta del PP, dado el contexto económico existente, sería lo peor que le podría pasar a este país. No me equivocaba: el gobierno de Mariano Rajoy se mueve como pez en el agua en su papel de enemigo del pueblo. El programa de máximos que están implementando y que, por supuesto, no figuraba en su programa electoral, va a llevar a buena parte de los españoles a la desesperación y, ciertamente, a un conflicto social de grandes proporciones.

La paz social, antaño aparatoso telón de fondo de la dialéctica reivindicativa de los sindicatos, está hoy más en duda que nunca. Un hecho forzado por la generalización (más aún) de la esclavitud laboral que hasta ahora sólo tocaba acatar a los jóvenes. Esto, unido a los recortes en los servicios públicos, asegura el conflicto. No en vano, es en los servicios públicos, y no tanto en las solemnes proclamaciones, donde reside buena parte de la legitimidad de los gobiernos.

El esquema que ha seguido el PP tras tomar el poder fue la previsible acusación a la "herencia recibida". En seguida se echó mano del "todo está peor de lo que nos esperábamos" para rechazar cualquier compromiso electoral asumido. Los cofrades populares que habían sacado en procesión la curva de Laffer durante toda la campaña electoral pronto abjuraron de su fe ante la sorprendente afirmación de que "el déficit es mayor del esperado". Sorprendente, pues si creían en la curva de Laffer la consecuencia lógica de un mayor déficit debiera haber sido una mayor bajada de impuestos. Pero la realidad se presenta tan simple como suele: el PP mintió.

Mariano Rajoy y su gobierno están empeñados en sembrar el odio en el seno de la sociedad española para quebrar cualquier resistencia que sus prácticas puedan generar. La campaña de los medios de comunicación afines (y en plena crisis de publicidad, con todo el poder de España en manos del PP, casi todos son afines) contra los sindicatos y, en general, todos los que plantan cara a las medidas laborales y de recortes sociales, está siendo brutal. Unos estudiantes valencianos pueden ser convertidos en peligrosos "radicales" y los líderes sindicales son zaheridos despiadadamente por el mero hecho de no ser unos sin techo. Los amigos de multimillonarios, banqueros y aristócratas de barrio varios se entretienen estos días señalando como lujos cosas risibles (tomarse una cerveza, por ejemplo) o inventando toda suerte de bulos para sembrar la duda entre la gente. El objetivo siempre es el mismo: que ante la reforma laboral y los recortes sociales sólo quepa la postura del miedo, la del esquirol, nunca la contestación.

Al insulto sistemático de cuantos se oponen a las antisociales medidas del PP se une el recurso fácil al miedo. El miedo que todo lo invade. El miedo que empuja a tantos desgraciados a pensar que si a los demás les va un poco peor a él le irá mejor. Un miedo que obra milagros contra la lógica: como pensar que la salvaje reforma laboral o las medidas del gobierno de Rajoy para frenar el deficit pueden crear empleo. Cuando en realidad la clave está en un crecimiento económico que simplemente no existe. Y mientras la actividad económica esté en coma da exactamente igual que un empleador deba besar los pies a sus subordinados o pueda azotarlos con regularidad, el empleo a crear va a ser el mismo. Pero el miedo todo lo puede, ante las críticas basta sacarle a pasear. "Quejarse no creará empleo".

Buena parte de la opinión pública española ha sido recudida a la nada. El bombardeo mediático que banalizaba la crisis ahora la convierte en algo que todo lo justifica. Un bombardeo mediático no menor ha impuesto entre el populacho las más abyectas jergas y lugares comunes de la explotación del hombre por el hombre. Varias generaciones de jóvenes les ha sido inculcada la mentalidad del banquero de inversión, del fondo buitre, y les podemos ver hoy, desempleados y sin esperanza, confiando en que "toda crisis significa oportunidad" o considerando que su miserable situación es fruto de algún error de su sistema educativo, algún pecado original de su generación, siempre señalado por elementos pertenecientes a generaciones que fueron contemporáneas de un analfabetismo del 10% y el trabajo infantil. No faltan a su cita, claro, los que anuncian solemnemente que a quien no le va bien es porque así lo quiere y que tienen un manual a módico precio para explicarte cómo irte mejor.

Buena parte de la sociedad, pues, ha quedado inevitablemente reducida a esa categoría "desclasada" que se suele denominar "lumpenproletariado". Una masa que ni siente ni padece, que simplemente sirve de promoción a políticos sin escrúpulos. Y el discurso del miedo del PP, este discurso salvaje contra el PSOE, de chantaje hacia el pueblo desesperado, no hace sino traer al recuerdo aquélla frase de Karl Marx en "El 18 de Brumario de Luis Bonaparte":

"Bonaparte quisiera ser también el hombre más obligeant de Francia y convertir toda la propiedad y todo el trabajo de Francia en una obligación personal contra él mismo. Quisiera robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor dicho, para comprar de nuevo a Francia con dinero francés".

 El gobierno del PP, en fin, ha decidido aprovechar la crisis para devolver a España al siglo XIX. Siempre fue ése, y no otro, el programa de máximos del PP: que haya señoritos y que haya peones, con el término medio reservado para unos pocos gremios elegidos. ¿Educación pública? ¿Prestaciones por desempleo? ¿Sindicatos? A nada sino algo a prohibir, a evitar, suenan esos términos en los oídos de nuestro decimonónico presidente Rajoy. Un presidente que ya en su día nos aclaró su completo desprecio por cualquier idea de igualdad.

Nos adentramos, pues, en un período oscuro en el que la única esperanza para millones de españoles será caer bajo la servidumbre de un amo bondadoso. De todos modos, la gente no parece darse cuenta de que cuando la economía mejore no cambiarán la ley laboral para mejor: se quedará tal y como está. Porque la reforma laboral, y buena parte de los recortes sociales, no son un medio para llegar al empleo sino que para el Partido Popular son un fin en sí mismos.



"Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegisteis el deshonor y tendreis la guerra." Winston Churchill

7 comentarios:

Justo dijo...

Correcto. Pero esto lo dice ahora quien hace uno o dos años, al terminar la carrera, creía que se iba a comer el mundo, y rajaba ufano e inmisericorde contra los que consideraba malcriados licenciados, mediocres trabajadores y privilegiados funcionarios, "muebles comatosos" o algo así, decía.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Eso lo escribí hace un año, no dos. Y criticaba a las movilizaciones como las del "15 M". Movilizaciones que, para mí, no son más que anarquismo populachero a cargo de lo que denominé entonces "proletariado universitario". Y lo sigo pensando. Una de las razones por las que la brutal reforma laboral campa por sus anchas es el ejército de conformistas que salen de la Universidad. La idea de "contestación" de esta gente es un patético subproducto como el "15 M", que actualmente sirve abiertamente a los intereses conservadores de "confundirlo todo". No en vano, ahí podemos ver a algunos de estos tipos en las manifestaciones contra la reforma laboral gritando consignas contra los sindicatos y otras de un corte tan absolutamente populachero e impresentable que se autodescalifican.

Hablamos también de gente que hace dumping social con el apoyo de sus padres. Que son capaces de hacer "becas" que les cuestan dinero (con desplazamientos y echando mil horas) que los empresarios utilizan para "sustituir" a empleados con contrato. Todo para "hacer algo", aunque ese algo no se traduzca en nada parecido a la autonomía personal. Y otros hacen ese mismo dumping social mencionado pero más allá de nuestras fronteras. Muchos de ellos, ex Erasmus, se consuelan con ir al extranjero a "aprender inglés" en lo que no consiste mucho más que en una romería de la que si se analizase estadísticamente nos echaríamos unas risas.

Así lo veo yo.

Zhukov dijo...

¡Hola Isi!
Lo cierto es que hacía tiempo que no pasaba por tu blog pedante y mierdoso, pero tampoco es que lo hubiera echado de menos.
Espero que ya hayas empezado a comprender las artes de la política (aquello de pisar cabezas y besar culos para ascender) y todo eso de dar la mano a gentes que las tienen manchadas de sangre y abrazar a indeseables. La vida es así, chico, qué le vamos a hacer.

Por otro lado, he observado algún post mínimamente interesante, como este.
No sé si al fin ya habrás hecho algo relacionado con agradecer al pueblo ruso liderado por Stalin el inmenso sacrificio que hicieron para librar a Europa del nazismo. Tú, guiado por la épica de las películas sólo pareces agradecer a los pocos centenares de miles de americanos su esfuerzo, pero es claramente insuficiente e ideológicamente sectario.
Por otro lado, desearía que encotraras al "amigo" que necesitas, él sería para tí un apoyo en la vida y juntos podríais ir a batallar en las guerras cotidianas. Así, tu valor no flaquearía por miedo a deshonrar a tu compañero y que éste se avergonzara. Por supuesto que te tienes que casar con una mujer y dar hijos a la patria, pero no confundas el matrimonio con el amor.

Adiós Isi, no deseo ver más tu blog de pelmazo.

Anónimo dijo...

Interesante encontrar tan particular postura en un blogero liberal. Aclaro que el comentario no es un cinismo. Es que llama la atención porque va a contra corriente del "manual liberal" que dice que la legislación laboral es un salvavidas de plomo. Sería interesante que explayara sus razones. Por lo poco que leído en este blog, usted no es liberal dogmático, sino más bien "popperiano". Así todo su visto bueno a la legislación laboral va en contracorriente. Me gustaría saber sus argumentos.
Un saludo

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

La libertad no es un "poder hacer" indefinido sino una posibilidad de acción garantizada por el imperio de la ley. La ausencia de ley no equivale a la libertad y los acuerdos privados pueden ser contrarios a dicha libertad. El liberalismo, en efecto, es visto por muchos como un derecho negativo, como una suerte de inmunidad frente a lo colectivo. Pero en realidad lo colectivo existe y es, de hecho, lo que de un modo u otro garantiza una idea de libertad.

Si fuésemos los seres humanos autosuficientes, no existiría sociedad. Y sin esa sociedad la libertad no tendría objeto. Originalmente, la libertad nace como un derecho colectivo frente a otro colectivo y posteriormente pasa a ser un derecho del individuo frente al colectivo inmediato. Esa "autonomía de la voluntad" no puede ser, sin embargo, un derecho absoluto, porque se volvería a la "casilla de salida": al socavar el colectivo inmediato, se vuelve a un colectivo difuso, en el que nadie tiene derecho a nada salvo en virtud de su fuerza. Una situación que se acaba traduciendo en situaciones tribales, feudales o cualesquiera instituciones afines no ligadas a ninguna forma de "legitimidad racional".

En este sentido, y perdone la parrafada, la legislación laboral en abstracto es completamente necesaria. Porque la flexibilidad laboral, tenida como derecho absoluto de la empresa/empresario/individuo, no acaba siendo sino una transferencia de poder a unas personas en detrimento de otras. Es pueril esperar que el mero "hacer bien tu trabajo" sea una defensa contra los abusos, más allá de casos muy concretos, porque al final todos los trabajos acaban consistiendo en rutinas aprehendibles. Y con la evolución de la técnica, irónicamente, cada vez lo son más.

Por otra parte, la eficacia de las políticas laborales flexibles está supeditada a la existencia previa de una estructura económica. El liberalismo no puede pretender que esas estructuras deban maximizarse a costa de rebajar las condiciones de vida, sin límites, de los individuos. Porque el liberalismo, en efecto como resumía Popper, no debe buscar maximizar la felicidad de los individuos sino reducir al máximo el dolor de los mismos. ¡Y cuántos autodenominados liberales se llenan la boca en estos días haciendo abiertas apologías de las políticas de miserización!

Anónimo dijo...

Interesante argumentación. Yo siempre tuve claro que la autonomía de la voluntad no podía ser absoluta en lo que respecta la seguridad del trabajo. Verbigracia, un transportista no puede manejar 16 horas por día sin relevo en nombre de los acuerdos libres y voluntarios.

Con respecto al salario mínimo, debe haber uno por actividad. Por supuesto que no se debe caer en ficciones. Pero debe existir, pues siempre hay alguno dispuesto a bajarse los pantalones con tal de ir haciendo algo y con la posibilidad de hacerlo (los típicos recién graduados que viven con los padres) Al falta de un nombre, les llamo los "pasantes informales". Esa gente te tira el precio del mercado del trabajo hacia abajo. Contra eso no se puede.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

El 70% de los jóvenes de la Unión Europea tienen trabajos temporales. Teóricamente, un salario mínimo genera desempleo porque, en un mercado libre teórico (que es una ficción teórica, claro), los mercados sólo se "vacían" cuando todos los factores se ocupan. El problema es que actualmente existe un exceso de población activa que, en la mayoría de los sectores económicos que nos imaginemos, hace que el salario tienda a ser negativo en muchos tramos. Y digo bien: negativo. ¿Cómo puede ser esto? Pues a través de los conocidos másters y el nefasto fraude de ley que representan las becas de formación. En el primer caso (los másters) los jóvenes pagan por tener luego unas "prácticas remuneradas", tras una "parte teórica" que no es más que una repetición de conceptos de la carrera que desarrollaron esos individuos. El segundo caso (becas formativas) es el Estado el que paga a las empresas, a través de diferentes fundaciones y convenios de colaboración, el que paga las prácticas a los interesados. Creo que hace poco la cifra de jóvenes metidos en estas cosas ascendía al medio millón - millón de individuos. Todos ellos pagan, o pagan por ellos, por trabajar.

En esta situación, los más débiles son los que a mitad de su vida laboral han perdido su trabajo. A pesar de contar con experiencia, son incómodos para las empresas. Unas empresas que en España tradicionalmente han sido explotadoras de los trabajadores (la clase empresarial en España sigue estando mayoritariamente poblada por apellidos muy parecidos a los presentes en los gabinetes de ministros decimonónicos) prefieren contar con trabajadores baratos antes de contar con trabajadores "resabiados". Es así de atroz.

Por otra parte, es lógico que los jóvenes que están aprendiendo a trabajar cobren menos. Entre otras cosas porque la empresa para la que trabajan, si es seria, debe dedicar a trabajadores veteranos para instruírles. En efecto, el nuevo trabajador debe "aprender a trabajar para la empresa". Por esto mismo es falso, completamente falso, que los jóvenes deban aprender a trabajar fuera de las empresas. Y con todas sus consecuencias: es falso que un joven deba aprender a trabajar para una empresa fuera de la nómina de dicha empresa.

En definitiva: todos los argumentos pretendidamente teóricos para lanzar los derechos laborales al barro más profundo no tienen ninguna validez. Son meras constataciones de una realidad (el exceso de población activa) que el Estado no tiene intención de corregir.