viernes, febrero 03, 2012

John Edgar

Esperaba la última película de Eastwood con mucho interés. Viéndola, me quedaron sensaciones parecidas a las que sentí al ver "El intercambio". Al igual que en aquélla, en "J. Edgar", Eastwood se deleita mostrándonos una historia trágica de principio a fin. Estamos ante una película oscura, negra como la noche.

Igual que la "Enemigos públicos" de Michael Mann, la película de Eastwood no se centra en los aspectos históricos del que, a priori, sería un film fuertemente relacionado con la historia contemporánea de los Estados Unidos. Va de otra cosa. No llegando a los extremos de pretenciosa vaciedad de Mann, Eastwood realiza un retrato relativamente arriesgado del fundador del F.B.I. Arriesgadísimo, a priori, siendo Eastwood un director que no pertenece a ninguna minoría racial o no es oriundo de ningún país del tercer mundo. Requisitos estos últimos que parecen completamente necesarios para poder realizar películas sobre el autoritarismo. Es el caso, por ejemplo, de Fernando Meirelles (Ciudad de Dios), Antoine Fuqua (Lágrimas del Sol) o José Padilha (Tropa de Elite): todos ellos han realizado obras que consituían un retrato sin condenas morales, o directamente una apología, del autoritarismo y que fueron saludadas como comprometida "crítica social". De haberlas realizado un director anglosajón o europeo no caben demasiadas dudas de que "neocolonialismo", "racismo", "nazismo" o "fascismo" serían los términos que predominarían en las críticas sobre esas mismas películas. Dejando esto aparte, creo que Eastwood no montó la película que tenía inicialmente en mente, se ha quedado a medio camino. O lo que es lo mismo: Eastwood no se atrevió a llevar hasta sus últimas consecuencias el mostrar la vida de John Edgar Hoover desde el punto de vista exclusivo del personaje a todo lo largo del desarrollo de la película.

Edgar Hoover representó para la historia de EEUU el papel del Fouché de la Francia de principios del siglo XIX: un ser luciferino que mediante el control de toda clase de secretos y malas artes consiguió mantenerse siempre a la sombra del poder imperante. La creación del FBI, un hito histórico notable, no puede excluir el carácter diabólico de Hoover: un tipo que maduró al calor de la represión policial de los movimientos anarquistas que azotaron a los EEUU en las primeras décadas del siglo XX (una represión de la que ofrece el punto de vista exactamente contrario la inquietante película "Sacco y Vanzetti" de 1.971). Hoover era un tipo para los tiempos de guerra que, al igual que el mítico general George S. Patton, fue incapaz de cambiar su mentalidad frente a los cambios sociales. Eastwood intenta explicarse, explicarnos, cómo Hoover llegó a ser tan eficaz como luchador, como destructor, por qué odiaba tanto. Carlos Boyero dijo a este respecto: "'Edgar' me parece muy aburrida, pretendiendo hacer complejo a un individuo siniestro, olvidando una parte notable de sus abyectas actividades". Y es que, en efecto, la apuesta de Eastwood por "explicar" a Hoover necesariamente puede lindar con "justificar" a Hoover. Algo que a mi juicio llevó a Eastwood a traicionar el punto de vista del personaje una y otra vez a lo largo de la película, dejando ver que era un mentiroso y un manipulador sin escrúpulos de forma demasiado evidente para los objetivos de la película. Porque es evidente que existe un amago de "giro argumental" en el final de la película. Un "giro" que apenas sorprende, que queda sin fuerza, a la vista de la notable vileza reflejada en el carácter de Hoover a lo largo de la película. Quedará para la imaginación un montaje más arriesgado, en que se nos mostrase como certeza o verdad la concepción del mundo de Hoover, sin caer en paródicas reiteraciones (reto al lector a contar las veces que el personaje interpretado por Di Caprio pronuncia la palabra "agitadores").

Capítulo aparte merece el aspecto más polémico del film. Y no me refiero a las escenas sobre la reprimida homosexualidad de Hoover (incluído el tema del travestismo: que por cierto es el hecho imputado a Hoover que arraigó con más fuerza en la memoria colectiva estadounidense), que ha enfadado a quien debía enfadar, sino al maquillaje. Un maquillaje que si bien con el personaje de Hoover resulta a ratos aceptable, en el caso de otros personajes resulta simplemente grotesco: propio de una de esas películas de terror de serie B. Se hace muy difícil contemplar algunas escenas, teóricamente dramáticas o incluso trágicas, sin casi soltar una carcajada ante las montañas de látex en la cara de los personajes. No obstante, al reflejar la película diversas épocas del siglo XX pero todas ellas relativamente próximas, optar por diferentes actores hubiese podido resultar francamente peor. Cosa ésta última que resulta clara, por ejemplo, en la por otra parte genial serie española "Crematorio", en la que debemos creer que en un período de apenas 12 años el personaje de Rubén Bertomeu pasa de tener este aspecto a tener este otro. Si se cuenta con un actor joven, como Di Caprio, mejor el látex.

En definitiva: "J. Edgar" se suma a la larga lista de películas del "lo que pudo ser y no fue". Una historia interesante, sacrificada a un esfuerzo por explicar las motivaciones de un personaje que Eastwood traiciona a todo lo largo del film. Es por esto que "J. Edgar" transmite esa sensación de resultar mortalmente aburrida: porque renuncia a la historia de John Edgar Hoover para aparentemente muy poca cosa.




"El diablo es optimista si cree que puede hacer más malvado al hombre." Karl Kraus.