jueves, marzo 10, 2011

Gadafi: vencer sin luchar

Desde el comienzo mismo de la represión por parte de Gadafi se ha puesto en duda su control de Trípoli. Llegó a decirse que sólo controlaba "el barrio del búnker en el que está". Hoy se sigue diciendo que está acorralado en Trípolí. Muy probablemente, el tiroteo organizado por los partidarios de Gadafi para celebrar los éxitos militares (también falsos, por cierto) de las tropas lealistas fue convertido en "feroces combates" en Trípoli. Igualmente, se dan por directamente por buenas las "informaciones" de los rebeldes. Es por esto que estos días hayamos podido asistir a la obscena mecánica informativa del:
1º) En la ciudad X resisten varias decenas de rebeldes, 
2º) Las tropas de Gadafi atacan y
3º) Los soldados de Gadafi han matado a varias decenas de civiles.
Un fenómeno típico de otros conflictos más conocidos. Conflictos como el árabe-israelí o los mantenidos por EEUU: el fenómeno de los civiles de quita y pon. Estratagema propagandista alentada, y amparada de facto, por el Derecho Internacional Humanitario.

Cuando alguien combatía de forma "ilegítima", tradicionalmente, se le solía calificar de "francotirador", "saboteador", "espía", "bandido" y similares. Estos individuos eran sometidos a las leyes penales militares, generalmente, y sometidos a procesos o ejecuciones sumarias. Tal es así porque de acuerdo al reglamento anexo a la Convención de La Haya de 1907 sólo podían considerarse combatientes o beligerantes legítimos a:



Art. 1. Las leyes, los derechos y los deberes de la guerra no se refieren solamente al ejército sino también a las milicias y a los Cuerpos de voluntarios que reúnan las condiciones siguientes:
  1.Tener a la cabeza una persona responsable por sus subalternos;

  2.Tener una señal como distintivo fijo y reconocible a distancia;

  3.Llevar las armas ostensiblemente;

  4.Sujetarse en sus operaciones a las leyes y costumbres de la guerra.

En los países en que las milicias o los Cuerpos de voluntarios formen el ejército o hagan parte de él, tanto aquéllas como éstos quedan comprendidos bajo la denominación de ejército.

Art. 2. Los habitantes de un territorio no ocupado que al aproximarse el enemigo tomen espontáneamente las armas para combatir las tropas invasoras, sin haber tenido tiempo de organizarse conforme al artículo 1, serán considerados como beligerantes si llevan las armas ostensiblemente y si respetan las leyes y costumbres de la guerra.

Art. 3.Las fuerzas armadas de las partes beligerantes pueden componerse de combatientes y no combatientes. En caso de captura por el enemigo, unos y otros tienen derecho al tratamiento de prisioneros de guerra.
Esto es: el único supuesto en que los civiles podían intervenir en un conflicto bélico era "cuando el enemigo se aproximase" y siempre debían llevar una señal de su condición, portar las armas abiertamente y respetar las leyes y costumbres de la guerra. Algo que equivale a que estaba prohibida la intervención en el conflicto de los civiles una vez que su territorio hubiese sido ocupado, actuasen de forma traicionera o no llevasen un distintivo reconocible. Una prohibición, por tanto, de la lucha guerrillera y terrorista. Prohibición que era la vigente durante la Segunda Guerra Mundial. Los aliados, como es sabido, incumplieron estas normas al entrenar y fomentar grupos de resistencia terroristas y guerrilleros en la Europa ocupada por los nazis. Una decisión ilegal, en el plano del Derecho Internacional, pero que se consideró adecuada a las necesidades militares aliadas. La parte que en la victoria final tuvieron estos movimientos es discutible. No en vano se edificaría después de la guerra toda una "historia oficial", y exagerada, en torno a la Resistencia francesa con el fin de ocultar años de colaboracionismo con los ocupantes alemanes. Sea como fuere, tras la guerra, el estatuto de combatientes se fue ampliando, hasta el extremo de que en la actualidad, el artículo 44.3 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra de 1949 dice:
Con objeto de promover la protección de la población civil contra los efectos de las hostilidades, los combatientes están obligados a distinguirse de la población civil en el curso de un ataque o de una operación militar preparatoria de un ataque. Sin embargo, dado que en los conflictos armados hay situaciones en las que, debido a la índole de las hostilidades, un combatiente armado no puede distinguirse de la población civil, dicho combatiente conservará su estatuto de tal siempre que, en esas circunstancias, lleve sus armas abiertamente:

a) durante todo enfrentamiento militar; y

b) durante el tiempo en que sea visible para el enemigo mientras está tomando parte en un despliegue militar previo al lanzamiento de un ataque en el que va a participar.

No se considerarán como actos pérfidos, en el sentido del apartado c) del párrafo 1 del artículo 37[ser combatiente y fingir ser civil], los actos en que concurran las condiciones enunciadas en el presente párrafo.
Por otra parte el Convenio IV de la Convención de Ginebra de 1949 ampara directamente a todos los combatientes sean legítimos o no. En su artículo 4 dice textualmente:

El presente Convenio protege a las personas que, en cualquier momento y de la manera que sea, estén, en caso de conflicto o de ocupación, en poder de una Parte en conflicto o de una Potencia ocupante de la cual no sean súbditas.
El Protocolo Adicional II a los Convenios de Ginebra de 1949 sobre conflictos no-internacionales no arroja más luz en el asunto y refleja las mismas inconcreciones pues directamente renuncia a la figura del combatiente legítimo y define a rebeldes como:
 fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo.
Todo esto significa reducir la diferencia entre combatiente legítimo e ilegítimo a unos matices legales que, en la práctica, llevan a aceptar tanto la lucha guerrillera como el terrorismo. Una circunstancia que sigue peleándose con la realidad de los conflictos y que, de un modo u otro, cualquier bando acaba por incumplir total o casi totalmente. No en vano, hay formas de combatir que son intolerables no sólo para las tropas que toman la decisión, en última instancia, de disparar o no disparar sino para cualquier conflicto (pues los conflictos plantean "necesidades" por sí mismos). Así, los propios norteamericanos ejecutaron sumariamente a los comandos alemanes que, disfrazados de policías militares estadounidenses, sembraron el caos en la retaguardia aliada durante los primeros días de la batalla de las Ardenas. Y ese trato a los alemanes disfrazados fue, como se ha visto, legal de acuerdo a la Convención de La Haya de 1907.
 
En base a todo lo anterior, nada más fácil que acusar a un bando determinado de estar "masacrando civiles" o haciendo blanco en ellos en tanto las acusaciones procedan de un bando que luche de forma "no convencional". Sin entrar en el terreno de las perfidias con escudos humanos y similares, ningún conflicto bélico, tenga la motivación que tenga, puede resistir frente a una "ofensiva mediática". Algo en lo que tiene mucho que ver la propia ambición de los periodistas que en su búsqueda de historias de impacto terminan por tomar partido abiertamente en sus informaciones. Un atentado contra cualquier concepto de ética periodística que, sin embargo, acaba sirviendo de plataforma propagandística a los actores no estatales o al enemigo que no juega limpio.

Gadafi claramente no está utilizando todo el potencial de sus fuerzas armadas. No obra así por ética sino por interés, por supuesto. Decía el sabio que las victorias militares se obtienen mediante masacres o mediante maniobras. Gadafi, enfrentado a todos los medios de comunicación y gran parte del concierto internacional de países, no puede permitirse un conflicto de desgaste. Entonces, nada mejor que limitarse a repeler las excursiones armadas de los rebeldes en la zona de Ras Lanuf o Mersa Brega. Ajenos a cualquier disciplina o logística serias (pues el "ejército" rebelde carece de mandos, no tiene una logística organizada y utiliza las armas como peligrosos juguetes), la cohesión de los rebeldes se fundamenta en sus expectativas de éxito. Y a cada día que pasa, una victoria rebelde parece más lejana.

Sin grandes combates que pongan en marcha los mecanismos de la venganza y del espíritu de resistencia, los rebeldes llegará un momento en que simplemente desaparecerán. Las ciudades en su poder caerán sin apenas lucha. Algo completamente necesario para Gadafi en este contexto internacional que, por motivos bien diferentes al del sabio Sun Tzu, se tiene por obligatorio que: "el supremo arte de la guerra es vencer al enemigo sin luchar". 

2 comentarios:

Juan Luis Calbarro dijo...

Excelente reflexión, y coincido con el pronóstico. Los rebeldes están acabados: Occidente prefiere su petróleo con Gaddafi que una Libia caótica sin petróleo garantizado. Lo que al principio pareció una resistencia bunkerizada al estilo de la de Hitler hoy se revela una estrategia de éxito. En Libia morirán los que tengan que morir y no haremos nada por ellos salvo grandes declaraciones.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

En Occidente se ha querido ver una revuelta democrática en lo que no hay sido más que un alzamiento general de las tribus libias contra el "rey" Gadafi y su clan. Al igual que en nuestras guerras medievales, los señores feudales reunen a una muchedumbre de siervos que, mal armados, son enfrentados a los soldados del rey. Unos soldados del rey que son fundamentalmente los hombres de armas de la familia real y contingentes de mercenarios.

En Occidente han querido ver otra cosa, han querido ver una guerra de liberación entre un "Hitler" contemporáneo y unos demócratas. Pero es que un demócrata difícilmente consideraría como su mejor argumento contra el tirano el que sea "un enemigo de Alá". Eso es otra cosa. Aunque, claro, no es de descartar que en el mundo árabe se considere que "demócrata" es equivalente de insurrecto o rebelde. Podría ser.

Yo creo que Gadafi vencerá, sin prisa pero sin pausa (para que nadie pueda alegar atrocidades especialmente reseñables que lleven a medidas de fuerza de la ONU/OTAN) y todos los que están clamando contra él hoy volverán a negociar con él en unos meses. De hecho, si Gadafi aplasta a las tribus que se alzaron contra él, su control de Libia será mayor y mejor que nunca: lo que le hará un mucho más fiable interlocutor en la región.