jueves, julio 22, 2010

La no-sentencia del no-Tribunal Constitucional

Como es bien sabido, la sentencia del Tribunal Constitucional parida hace unas semanas ha servido para bien poco. El tiempo que el Tribunal tardó en pronunciarse sobre el Estatut catalán fue el suficiente como para que cualquier sentencia que emitiese fuese un fracaso. Y este fracaso representa un hito significativo en la senda de la destrucción del Estado español tal y como se le venía conociendo. Las naciones no caen por la separación física de metros cúbicos de tierra, agua y aire sino porque, en un determinado sentido, dejan de respirar. Y esta España que hace apenas una semana y media celebraba el éxito de la selección nacional de fútbol como si fuese una gran hazaña nacional no está menos asfixiada que hace un mes. Está, por decirlo al modo de Francisco Silvela, sin pulso.

La España sin pulso tiene tribunales, tienes legisladores y tiene un gobierno con sus ministros y presidente. Lo es todo y a la vez, a la hora de la verdad, no consiste en nada. Si las leyes justas y buenas pueden considerarse fiel reflejo de un pueblo que fuese a su vez justo y bueno (signifique lo que signifique) no es menos aventurado considerar que a veces leyes justas y buenas podrían no ser reflejo sino imagen inversa y fantástica del pueblo del que dicen emanar. Y este último es el caso de España. Una España que, para su vergüenza, no formó parte del proceso histórico de tránsito de lo moderno a lo contemporáneo más que a regañadientes, con reiterados retrocesos y por "imitación del gabacho o el alemán". Por referendum el pueblo español aprobó, por ejemplo, la malograda Constitución Europea y aprobaría hoy cualquier otra cosa que se le vendiese de la manera adecuada. Las tragaderas parecen no hallar límite porque la política no interesa más allá que como manifestación, en ocasiones exaltada, del amor por el pariente, el cliente y el amigo. Y semejante asunto de reunión gastronómica, despacho o alcoba no puede ser objeto de seria reflexión general: no ha lugar. En un mundo así sólo cabe el decir que sí o no a todas las decisiones y proyectos políticos trascendentes que se planteen y siempre de acuerdo a lo que dicte el sagrado juramento de la lealtad ciega o el odio visceral.

El Tribunal Constitucional es un tribunal politizado. Una circunstancia que nadie reflexivo podría ignorar pero que ante una mayoría podría pasar pacíficamente desapercibido. No en vano en países de más seria y prolongada tradición democrática sus tribunales constitucionales a lo largo del tiempo dictaron sentencias dispares sobre asuntos semejantes si no iguales. Además lo hacen sobre materias, muchas veces, de gran alcance político y que tienen múltiples y relevantes consecuencias. Es posible que un Tribunal que hace cosas semejantes sea respetado y tenido en cuenta igual que es posible con cualquier otro. La "magia" que se esconde tras las decisiones de un juez o un tribunal es lo que permite ocultar la amenaza que implican las leyes. Así, las leyes deben ser obedecidas porque lo dice un señor de toga y no porque el Estado tenga muchos funcionarios con la capacidad de hacerte daño, detenerte o encerrarte. Y esta ficción hace mucho bien a los gobiernos y a quienes viven bajo ellos pues hacen mucho más legal a la ley.

Sin embargo, tanto los reiteradísimos debates sobre cuotas partidistas en el Tribunal Constitucional español como la conveniente tardanza (para el gobierno y sus intereses electorales) en dictar la sentencia sobre el Estatut catalán han terminado por presentar al mencionado tribunal como un auténtico esperpento. Todos calculaban cuántos jueces conservadores y progresistas tendrían influencia en la sentencia y ya, al final, nadie esperaba que el Tribunal recortase seriamente el Estatut sino que se debatía sobre de qué forma podrían sacar una sentencia moderada. Y algo así ya no es un Tribunal y lo que emita ya no será una sentencia.

En efecto, la sentencia del Tribunal Constitucional constituye un refinado intento de adaptar a la constitucionalidad más laxa el órdago soberanista emitido desde Cataluña. En condiciones normales, la respuesta de un verdadero Tribunal Constitucional no sólo hubiese sido rápida sino contundente. El español, sin embargo, ha dado una respuesta tardía y suplicante. Y así no es Tribunal y no es sentencia. Porque para un Tribunal Constitucional poco importaría que el Estatut viniese respaldado por el voto del Parlamento Catalán, el Congreso de los Diputados y una parte del electorado catalán. Y no es sólo que estas cosas hayan sido tenidas en cuenta clarísimamente sino que ha habido quien ha sostenido abiertamente que el Tribunal Constitucional poco menos que no podía tener voz sobre una legislación respaldada por un plebiscito y una ley orgánica. El Tribunal debería haber dado una respuesta tajante ante estos gravísimos ataques. Al no hacerlo, al emitir una sentencia interpretativa y rebuscada, ha dejado clara su impotencia y, a la postre, su ineficacia en tanto Tribunal Constitucional.

Ninguna ley puede protegernos del despotismo. Al menos no puede defendernos por sí misma. Los textos normativos, su lenguaje y sus mecanismos pueden ser empleados de muchas maneras para subvertir el espíritu de las leyes o incluso la forma de gobierno de un país. La inventiva en este campo no conoce límite alguno. Si no existe una oposición clara, rotunda y militante a determinados atropellos los gobiernos, los legisladores y los tribunales acabarán por cometerlos, ampararlos o justificarlos. De hecho, se ha llegado a tal extremo en que un Montilla puede acudir a la sede del gobierno del país a realizar afirmaciones de traición a la Constitución que, de un modo u otro, prometió o juró defender. Unas afirmaciones que no obtienen respuesta. No la obtienen porque no conviene al gobierno el contradecirlas por sus intereses electorales en Cataluña. Y por esta circunstancia existen los tribunales constitucionales y no por otra: para que la acatación de la ley dependa de la propia ley y no del oportunismo electoral que es cosustancial al político. Y, como he dicho, al final nosotros los españoles no tenemos de eso. 

La destrucción del Estado, pieza a pieza, ya lleva en marcha mucho tiempo. Hoy, como ayer, la visión de la ruina del mismo no puede ocultarse ni con los éxitos deportivos en ultramar ni con las sombrillas veraniegas.  Tampoco lo ocultarán los parloteos de quienes viven entre los arcanos del leguleyo oportunista e inventor de enjuagues para el poderoso. La "sentencia" del Tribunal Constitucional y las reiteradas llamadas al incumplimiento político de, incluso, esa débil declaracion del mencionado Tribunal son hechos de la mayor gravedad y que dejan bien a la vista el régimen de anoréxica legalidad bajo el que vivimos.

Los impuestos, mientras tanto, se seguirán cobrando puntualmente. O no. Al César lo que es del César.




"Cuando visito un país, me preocupa menos conocer cuáles son sus leyes que saber si se aplican." Montesquieu.

18 comentarios:

Dhavar dijo...

Sí,somos un pais extraño.Me pregunto si va a resultar verdad que, ocurra lo que ocurra, somos el país de "aquí nunca pasa nada, y si pasa qué importa y si importa qué pasa".No somos más "güenos" porque no entrenamos.

Antonio dijo...

El hecho es que el estado no sólo no va a recuperar autoridad, racionalidad y simetría, sino que va a seguir perdiéndolas esta legislatura, y la siguiente, y la siguiente… más deprisa, más despacio, pero siempre en esa dirección. Aquí el problema, entre otros, es que el PSC desbaratará para siempre la oportunidad de un nuevo proceso constituyente, un proceso siquiera de leve reforma, para redefinir la nación.

Es imposible que alguien crea ya sinceramente que aún cabe invertir el sentido de esta espiral descendente por la que se precipita España. (Bueno, a lo mejor aún lo creen los tontos que piensan que el PP puede salvarla). Y a mí la verdad es que España me suda la polla; pero a lo que no estoy dispuesto es a convertirme en ciudadano de segunda.

Por consiguiente, aceptemos la realidad, seamos inteligentes y no perdamos ya más el tiempo: La única solución, para evitar males mayores e indignidades futuras, es amputar el miembro necrosado. Fin para cuyo triunfo es necesaria la concienciación y surgimiento de un fuerte y decidido movimiento cívico. Del PSOE y el PP ya no cabe esperar nada.

Y lo que está claro es que es mejor una Cataluña independiente que una Cataluña imperante, insolidaria y, aún encima, faltona. Porque a la postre, cuando la secesión de facto ya se la hayamos pagado los demás en cómodos plazos, lo será, si así le conviene, de todas formas.

Adiós, Cataluña.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

No creo que fuese lógico constituir un movimiento cívico para promover la destrucción del Estado. Sería, a menos que nos refiramos a una turbamulta mezquina y vociferante, una contradicción.

La postura del "que se vayan al infierno" es, en realidad, profundamente reaccionaria. No sólo presupone que hay fuerzas al margen de la democracia sino que propone darles un empujón no se sabe muy bien por qué.

En realidad poner solución a la degradación institucional pasa por algo bien simple: que un partido nacional sin ademanes regionalistas ocupe el puesto de los partidos nacionalistas como colaborador necesario de gobiernos con mayorías simples. Si aceptamos que PP y PSOE van "a lo suyo" no es de esperar que no alteren la ley electoral y otros elementos que hacen viable a engendros como Montilla si un partido como el mencionado se lo exige.

Sin embargo lo anterior no alteraría lo que pone en evidencia su propio mensaje, Antonio: que el español sigue siendo un pueblo especialmente mal dotado para la democracia. En seguida cualquier cosa o problema se convierte en una afirmación/negación absoluta de esto o lo de más allá. España no puede ser un estado de ánimo y seguir insistiendo en ello es la peor de las deslealtades.

Antonio dijo...

El proyecto de UPyD cuenta con mi simpatía y normalmente con mi voto. Pero no sé hasta qué punto podrá llegar a promover cambios profundos. En primer lugar, porque los pactandos, PP y PSOE, no tienen en el fondo interés en cambiar nada; son beneficiarios directos del orden constitucional y electoral vigente; y en el caso del PSOE, porque adicionalmente –como he dicho– es cautivo del PSC ante cualquier ambición de reforma que pudiera perjudicar mínimamente la hegemonía catalana.

Y en segundo lugar, porque aunque el proyecto de UPyD adquiriera la masa crítica suficiente –que ésa es otra–, y aunque PP o PSOE se avinieran con entusiasmo a pactar reformas, tampoco creo que pudiera obviarse así sin más la propia dinámica política y social catalana. E imposible nada hay; pero lo que sí veo dificilísimo es que las ideas republicanas de UPyD penetren en Cataluña.

Por lo tanto, y sin dejar de apoyar el proyecto representado por UPyD, no me parece que esté de más abrir otras líneas de acción. Incluso aunque su objetivo final suponga una traición a los principios éticos superiores.

Está claro que de entrada debe optarse por el principio ético predicable universalmente (para el caso, la unión) frente al principio cuya prédica universal lleve al absurdo (en este supuesto, la secesión, habida cuenta de que el límite último es el propio individuo). Pero también creo que la defensa de un principio ético no debe mantenerse cuando su triunfo es imposible, o cuando el gravamen que suponga su defensa resulte excepcionalmente superior al precio que suponga su renuncia. Y en este caso, su defensa podría suponer la renuncia a la igualdad de tratamiento de todos los ciudadanos del estado, nada menos.

Julian dijo...

Hace pocos días que he encontrado este blog y vaya desde aquí mi admiración por la claridad, contundencia y talento que refleja.

Es difícil para mí estar más de acuerdo con tu exposición, a la vista de los que en los últimos años, con PP o con PSOE, ha "ido ocurriendo" , deslizándose paso a paso en España un proceso destructivo gradual. Es poco perceptible aún para una gran base de españoles que viven su día a día y caen en el engaño de vídeos, anuncios, campañas y mensajes de partidos que predican lo contrario de lo que hacen, haciendo honor al fanatismo congénito o a la llamada del clan.

La afirmación del retraso que llevamos en aspectos democráticos, el cierto fanatismo que podemos llevar en el ADN, la poca formación y el radicalismo en la defensa de "lo nuestro" es casi imposible de negar, aunque quizás no deja de ser un mensaje melancólico y de aceptación del suicidio hacia el que nos preparamos con tanta precisión como idiotez.

Es esperanzador y me alegra ver personas como tú que desde su posición honesta y valiente vuelcan sus ideas con energía y desparpajo. UPyD puede ser esa acción colectiva de españoles que tras un análisis acertado se ponen en marcha para resolver problemas y denunciar la incompetencia, la estudipez, la cobardía y la falta de escrúpulos de quienes aceptan cualquier deriva si paralelamente él, o los suyos, reciben suficiente pago.

Lo dificil quizás ha sido que germine un movimiento cívico como el que encarna Rosa Diez, ya que las ideas que propugnan son revolucionarias en una sociedad acostumbrada a aplaudir a sus líderes digan negro o digan blanco.

Un sincero saludo

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Antonio:

Que partidos como PP o PSOE estén ostensible y perfectamente de acuerdo en sólo ir a "lo suyo" y no poner las medidas necesarias para evitar el desastre es prueba de su cortoplacismo y egoísmo. Pero esos mismos bajos propósitos pueden utilizarse en favor de lo correcto si media una posición de fuerza. Una posición que, como se ha visto reiteradas veces, no es tán difícil de alcanzar. En un marco de mayorías simples no se necesitan 50 diputados sino muchos menos. Y esos menos, que podrían ser 5-10 diputados podrían imponer una reforma electoral a cambio de que existiese un gobierno. Es una estrategia mucho más sencilla, viable y realista que el participar de la demagogia de unos y otros o abandonarse a dialécticas libertarias o anarquistas tan impotentes como mezquinas (por ejemplo esa de la secesión hasta el individuo...).

Julian:

Gracias por tus amables palabras.

No hay ningún problema en reconocer que el pueblo español adolece de las virtudes necesarias para ser verdaderamente democrático. Hay una falta de cultura política muy importante. Hay todavía muchas personas en este país que ponen, de un modo u otro, en duda el valor de la modernidad y defienden concepciones más o menos reaccionarias de la política y los políticos. Se ha visto con muchas cuestiones últimamente (la más llamativa con motivo de "Educación para la Ciudadanía": pésimamente concebida por el gobierno pero cuya crítica desde el lado popular ha sido asombrosamente reaccionaria y anti nacional).

Asumiendo que España no es un lugar en que de repente una mayoría de personas responsables se eche a la calle a exigir cordura entre los políticos se debe optar por otras ideas. Y tales son, como he dicho, emplear los malos vicios de los grandes partidos para hacer pedagogía y mediante presiones puntuales operar reformas adecuadas. No creo que existan otras alternativas: las mayorías absolutas no sirven, esperar movimientos cívicos transversales, espontáneos y masivos es una fantasía. Eso creo.

Anónimo dijo...

A ustedes, los liberales (sic), no les entiendo. Odian al Estado, pero dan alaridos en cuanto la Nación está en peligro. Y cuando la Nación está en peligro recurren al Estado para que salve a la Nación.

Se enteran ustedes de algo, o sólo son un rebaño quejoso, como un niño en la guardería, cuya madre se ha ido a trabajar?

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Yo no odio al Estado. De hecho odiar al Estado es algo antiliberal. Otra cosa bien distinta es que el Estado ofrezca en muchas ocasiones soluciones demasiado costosas para algunas funciones. Sin embargo, no imagino función más legítima y eficaz por parte del Estado que impedir su propia desintegración. Y es que es bastante peor el feudalismo o los reinos de taifas/cantones que un Estado fundado sobre una sola nación.

Anónimo dijo...

Convenimos en que el Estado busca a toda costa su propia supervivencia. En lo que no convenimos es en que el Estado tenga que identificarse necesariamente con una Nación o con otra.

Dado que en términos cronológicos el Estado (como institución) es anterior a la Nación (como identidad colectiva) la desaparición de la segunda no conlleva necesariamente la disolución del primero.

El post confunde ambos términos, al hacerlos idénticos e interdependientes, como dos caras de una misma moneda. Pero hay naciones sin estado. Y hay estados sin naciones. El post identifica inequívocamente Estado español con Nación española. Es un error propio del nacionalismo español (y de muchos otros, que conste), pues eso supone que la identidad colectiva de los albaceteños (pongamos por caso) se presupone a los catalanes (que la tendŕan, o no). La única solución (liberal, desde luego) es preguntar a los catalanes qué desean hacer con su futuro. Pero eso implica, por lógica, conceder a los catalanes el derecho a poner en duda una identidad colectiva (la Nación española) que para muchos otroas españoles (fundamentalmente de fuera de Cataluña, aunque es de presumir que también de dentro) es ontológicamente eterna, indudable, independiente de la voluntad del pueblo y anterior a su existencia como individuos.

Sensu contrario, la imposibilidad siquiera de imaginar la secesión de un territorio del Estado Español (esa simple idea hace saltar todos los resortes, haciéndose visible lo que normalmente es un estado mental inconsciente de los nacionalistas españoles, o "unionistas a toda costa") es lo que convierte al nacionalismo español, en ese caso, en una imposición.

No encuentro ninguna razón, ni fuera ni dentro de este mundo, por la cual los catalanes no puedan aspirar a su independencia, si así lo desean. La Nación Catalana (con su respectivo Estado, si así se considera oportuno) es un artefacto ideológico, es cierto: pero también lo es la Nación Española. La diferencia es que los catalanes no deciden a qué nación deben pertenecer los albaceteños o los conquenses, algo que al revés sí ocurre.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

No confundo Estado y Nación en absoluto. Es indudable que una Nación puede comprender varios estados (si bien hablaríamos siempre de Estado para referirse al conjunto) pero es completamente inviable un Estado conformado por naciones diversas. Tal modelo es la confederación y, como es sabido, es un sistema provisional (ya sea tendente a la unidad o la disgregación definitivas). Si existe una nación catalana no tendrá sentido que tengan que acatar las leyes españolas salvo si así lo deciden. Y eso subvierte la Constitución de 1978 de cabo a rabo.

Por otro lado me sorprende su afirmación de que el Estado es previo a la Nación. Hay unos cuantos movimientos de liberación, habidos y por haber, que no estarían muy de acuerdo con eso. Una afirmación muy dudosa y, me temo, relacionada con una forma muy particular (y militante) de concebir al Estado.

La idea del plebiscito secesionista/unionista sobre el papel es maravillosa. En la práctica tiene problemas. Y no sólo el hecho de que la Constitución de 1978 no lo tolere de forma alguna sino que, en esencia, los plebiscitos para ésto o lo de más allá suelen ser muy muy pobres formas de decidir en democracia. Yo creo que, sentimentalismos y ambiciones desmedidas al margen (no en vano el plebiscito es un instrumento "cesarista" de toda la vida: recordemos a Napoleón) existen mejores formas de encontrar representación política de tales o cuales cosas que el tender al secesionismo como norma de virtud. El sistema español, por así llamarlo, no es tan odioso que impulse a secesiones a la kosovar o incluso la montenegrina. No. Y como no se puede coger la ley y hacer un estropajo de ella... la solución del plebiscito es un quebrantamiento constitucional de manual. Asimismo, la experiencia de esos referendas no es muy edificante: obsérvese la provisionalidad constante del marco político canadiense por culpa de una minoría secesionista francófona (¿cuántos plebiscitos van ya?).

No creo que la división y subdivisión y vuelta a dividir de los Estados sea liberal. Tampoco creo que el principio de autodeterminación de los pueblos sea claramente liberal (puede que más bien sea todo lo contrario). En atención a ésto interesa mucho más la forma del Estado que la cuestión de la identidad. Es ahí, en el plano de la representatividad y el control del poder, donde se ve el grado de liberalismo que tiene tal o cual lugar: no en el color de la bandera o el código genético lingüístico...

Anónimo dijo...

Digo que el Estado es anterior a la Nación porque el primero se configura a partir del siglo XVI, y la segunda a partir del siglo XIX.

Claro que hay estados que han nacido como naciones y viceversa. Yo hablaba en términos cronológicos.

Tanto el Estado como la Nación tienen un momento de nacimiento. Por lo tanto tendrán un final, aunque no alcancemos a verlo aún. Serán sustituídos por otras formas de organización social.

Si el problema es la Constitución del 78, entonces habrá que pensar en cambiarla.

Liberal es dar cauce y respetar las decisiones individuales, que sumadas forman una decisión colectiva, y no vivir bajo el imperio de decisiones pasadas, a menudo tomadas por gente que ya está muerta, ni vivir hipotecado por la Historia o por constructos ideológicos en los que no creo.

No abogo por la secesión de ningún territorio español. Simplemente defiendo que si alguna comunidad quiere tomar ese camino hay que concederle la oportunidad de expresarse y decidirlo. No concedérselo es una forma de imposición tiránica y paternalista.

Pretender que un supuesto nacionalismo catalán es un capricho o un atentado contra el sentido común y la Historia, y al mismo tiempo negar esos mismos atributos al unionismo español es caer en un "doblepensar" con el que no estoy disopuesto a comulgar.

Era esa contradicción, y no otra cosa, lo que quería expresar en intervenciones anteriores.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

"Liberal es dar cauce y respetar las decisiones individuales, que sumadas forman una decisión colectiva, y no vivir bajo el imperio de decisiones pasadas, a menudo tomadas por gente que ya está muerta, ni vivir hipotecado por la Historia o por constructos ideológicos en los que no creo."

Esto es parcialmente cierto. Y digo parcialmente porque si se toma como principio absoluto del razonamiento nos induciría a desacatar cualquier ley.

Si liberal es respetar las opiniones individuales necesariamente se ha de desconfiar de las colectivas y máxime en un territorio reducido. ¿O acaso es antiliberal la denuncia del caciquismo, el clientelismo o el despotismo?


"Simplemente defiendo que si alguna comunidad quiere tomar ese camino hay que concederle la oportunidad de expresarse y decidirlo. No concedérselo es una forma de imposición tiránica y paternalista."

No es una imposición tiránica sino lo que dice la Constitución. Otra cosa es que guste más o menos.

"Pretender que un supuesto nacionalismo catalán es un capricho o un atentado contra el sentido común y la Historia, y al mismo tiempo negar esos mismos atributos al unionismo español es caer en un "doblepensar" con el que no estoy disopuesto a comulgar."

¿Doblepensar dónde? Simplemente niego que secesión y libertad vayan de la mano necesariamente y que, más bien, resulta muy habitual que cuanto más reducido es un territorio más recursos están disponibles para la opresión.

Anónimo dijo...

Vaya, me lo temía; ahora el problema es el tamaño del territorio.

En cuanto a la Constitución, resulta que una secesión es incompatible con una Norma cuya invariabilidad es más importante que la voluntad de aquellos a quienes va dirigida. Más o menos como los Principios Fundamentales del Movimiento.

Lo que hay que hacer es cambiar la Constitución, entonces.

Pero me sospecho que aquí, como casi siempre, los principios liberales se deshacen como un azucarillo en cuanto se toca el dogma de la indisoluble unidad de la patria.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

"Vaya, me lo temía; ahora el problema es el tamaño del territorio."

Mire. Mi abuelo era maestro nacional. Comenzó muy joven y recorrió muchos pequeños pueblos de Castilla y León y Aragón. En uno de ellos se encontró con una sociedad que era íntegramente analfabeta y que era objeto de la extorsión del secretario municipal: que les cobraba una cantidad de dinero por escribir y leer la correspondencia a los paisanos. Espero que cuando hablo de tamaño tenga en cuenta, a modo de guía, a qué me refiero exactamente: no se trata de que los grandes territorios o los pequeños territorios garanticen una mayor o menor libertad. Se trata simplemente de que cuanto menor es el ámbito del poder su opresión es más asfixiante, mezquina y difícil de revertir.

"En cuanto a la Constitución, resulta que una secesión es incompatible con una Norma cuya invariabilidad es más importante que la voluntad de aquellos a quienes va dirigida. Más o menos como los Principios Fundamentales del Movimiento."

Estas afirmaciones sólo se pueden hacer desde la completa ignorancia. La Constitución Española es una constitución rígida (o "pétrea") pero admite su reforma. De hecho no se pone ningún límite a los procedimientos de reforma. Otras constituciones, no precisamente de estados fascistas sino de países democráticos occidentales, sí establecen límites a la reforma constitucional: las llamadas cláusulas de intangibilidad. Así, en Italia está prohibida cualquier iniciativa de reforma que propiciase la vuelta al régimen monárquico. Se puede decir, pues, que el procedimiento de reforma es políticamente tan costoso que jamás se empleará y que por tanto es hasta cierto punto cínico. Se puede decir eso, desde luego. Pero no se puede decir que se prohíba la reforma.

"Pero me sospecho que aquí, como casi siempre, los principios liberales se deshacen como un azucarillo en cuanto se toca el dogma de la indisoluble unidad de la patria."

Puede maliciarse todo cuanto guste. A mi personal e ideológicamente me repugna el patrioterismo españolista exactamente igual que los separatismos regionales vasco, catalán o gallego. Creo que son todos ellos reformulaciones ad infinitum del caciquismo de toda la vida. Ese presunto mandato divino de que no puede haber queja de quien gobierna sin escrúpulos cuando es un paisano o, más concretamente, un "auténtico paisano". Y no veo forma de ver la política, la de la sangre, más contraria a los principios fundamentales del liberalismo. Porque el liberalismo no puede ser bandera de quien exija libertad para acabar con la libertad. Y quien proclama que no hay más poder legítimo que el de la llamada de la sangre o el terruño... tiene un largo camino cuesta arriba para explicarnos de qué forma es eso liberal.

Gorila sin pelo dijo...

http://www.lavozdegalicia.es/opinion/2010/07/27/0003_8633778.htm

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Pero es que desafíos como el del Estatut no son rechazados mediante subterfugios e intrigas de bufete. Tan "taxativa" es la sentencia del Tribunal Constitucional que ya han tardado los tipos del parlamento catalán en aprobar la Ley de Veguerías" como si nada.

Hemos asistido en vivo y en directo a un quebrantamiento constitucional que, por motivos electorales, no ha sido respondido como merece. Y eso tiene difícil marcha atrás por muchas razones. Y una de ellas es que si existe el Tribunal Constitucional es para aclarar la ley fundamental y no todo lo contrario.

Gorila sin pelo dijo...

Por una vez parece que estamos totalmente de acuerdo en algo...

No sé si será una señal del fin de los tiempos...

:-D

Saludos desde Lugo.

dfadf dijo...

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