viernes, diciembre 07, 2007

La guerra civil según Tucídides


Tucídides dejó constancia en su monumental “Historia de la Guerra del Peloponeso” de una ingente cantidad de sucesos. De ellos, mi favorito es el de la guerra civil de Corcira (actual Corfú), que alcanzó su final en el 425 A.C.


La pretensión de Tucídides era abordar el estudio de la historia de un modo lógico y tratar de narrar los hechos de tal manera en que estos se expliquen de un modo atemporal; en este caso lo consiguió con creces. En la sangrienta actuación de la facción democrática, que apoyaba al imperio (Atenas), vemos las mismas motivaciones y actos que en cualquier otra masacre fratricida posterior, en cualquier fratricidio colectivo. Tucídides, por tanto, no nos describe una guerra civil sino que explica la guerra civil como acontecimiento humano una vez se atraviesa la barrera de topónimos y nombres. No en vano, muchos neocon de ascendencia straussiana consideran esta obra de Tucídides como manual de ciencia política.


Tucídides era miembro de la clase oligárquica y por tanto era partidario de Esparta y contrario a Atenas. Ello es algo que no consigue ocultar en diversos puntos de su obra, como denunció Popper, en los que llega incluso a ser abiertamente selectivo en sus juicios morales. En el relato de la guerra civil de Corcira no se aprecia tal error. Baste decir, a modo de introducción, que Corcira era una antigua colonia de la pro-espartana Corinto y que por la disputa de Epidamno (posterior Dirraquio, famosa por la derrota de Julio César en el 48 A.C a manos de Pompeyo y actual Durres) llevaron a toda Grecia a la Guerra del Peloponeso que, como diría él mismo, “narró Tucídides”.


El desastre de los furores de las guerras civiles es descrito por muchos, yo podría en este caso ser uno más. Pero yo no puedo hacerlo mejor que el griego y es por ello que le cedo la palabra. Les recomiendo sinceramente que se tomen el “trabajo” (placer) de leer este relato: merece la pena, sin duda.


“Los corcirenses iniciaron una guerra civil en cuanto llegaron los presos de las batallas navales en torno a Epidamno liberados por los corintios, oficialmente rescatados por sus próxenos mediante una fianza de ochocientos talentos, pero realmente persuadidos por los corintios para hacerse con Corcira; esos, intentando influir individualmente en cada ciudadano, trataban de separar a la ciudad de los atenienses.


(…) Entonces el grupo de los rehenes liberados promueve un proceso contra Pitias – era próxeno voluntario de Atenas y estaba al frente de la facción popular- con la acusación de que quería someter Corcira a los atenienses. Al salir absuelto él promueve a su vez otro pleito contra los cinco más ricos, acusándoles de cortar rodrigones del recinto de Zeus y Alcínoo; (…) como fueran condenados y se refugiaran como suplicantes en el santuario ante la cuantía de la multa, a fin de que les permitieran pagar a plazos, Pitias – resultaba que era miembro del Consejo – hizo que se aplicase la ley. Ellos, una vez que fue denegada por la ley su petición y además se dieron cuenta de que mientras Pitias fuera miembro del Consejo, procuraría persuadir al pueblo de que se considerase amigos y enemigos a los mismos que los atenienses, se confabularon y, entrando con puñales en el Consejo, mataron a Pitias y a otros consejeros y particulares hasta el número de sesenta, en tanto que unos pocos que compartían las ideas de Pitias escaparon al trirreme ático que todavía estaba allí.


Los otros, cuando hicieron eso, después de reunir a los corcirenses les dijeron que no sólo eso era lo mejor sino que, además, de esa manera era como quedarían menos sometidos a los atenienses, y que, en adelante, manteniendo la paz, no admitiesen a ninguno de los dos bandos, a no ser con una sola nave, ya que un número mayor sería tenido por hostil. Así hablaron y les obligaron a ratificar la decisión. También enviaron enseguida a Atenas embajadores para que explicasen lo sucedido de acuerdo con sus intereses y convencieran a los refugiados allí de que no hicieran nada inconveniente para que no se produjera una represalia ateniense.


Cuando llegaron, los atenienses apresaron a los embajadores por considerarles agitadores lo mismo que a cuantos lograron convencer, y les trasladaron a Egina.


Entre tanto, los corcirenses que detentaban el poder, al llegar con un trirreme corintio con embajadores lacedemonios, atacaron a la facción popular y vencieron en la lucha. Cuando llegó la noche la facción popular se refugió en la Acrópolis y otras alturas de la ciudad, y allí mismo tomó posiciones tras agruparse; también se apoderaron del puerto Hilaico. Los otros se apoderaron de la plazo donde vivçian muchos de ellos y del puerto junto a ella, que está de cara al continente.


Al día siguiente hubo algunas escaramuzas y ambos bandos mandaron emisarios a los campos para reclutar a los esclavos y prometerles la libertad; la mayoría de los sirvientes se puso del lado de la facción popular, en tanto que a los otros les llegaron del continente ochocientos auxiliares.


Transcurrido un día, de nuevo tiene lugar una batalla y vence la facción popular, superior por la ventaja del terreno y el número. Las mujeres les ayudaban audazmente arrojando desde las casas tejas y resistiendo el tumulto más allá de su natural. Al producirse la huída al atardecer, los oligarcas, temerosos de que el pueblo atacando a una se apoderase del arsenal marítimo y les matase, prendieron fuego a las casas particulares y a las de la vecindad de la plaza para cerrar el paso, sin exceptuar propias ni ajenas, de modo que se quemaron muchas riquezas, y la ciudad corrió peligro de desaparecer por entero a poco que hubiera soplado sobre las llamas un viento favorable.


Terminada la lucha, cada bando, aun en calma, pasó la noche vigilante; la nave corintia al vencer la facción popular zarpó furtivamente, y la mayoría de los auxiliares fueron transportados en secreto al continente.


Al día siguiente se presentó para ayudarles, Nicóstrato el de Diítrefes, general ateniense, procedente de Naupacto con doce naves y quinientos hoplitas mesenios. Negoció en secreto un convenio y les persuadió de que ambas partes llegaran a un acuerdo para juzgar a los diez culpables principales – que ya no esperaron – y que los demás continuasen en la ciudad tras firmar acuerdos entre sí y con los atenienses, con la cláusula de que considerasen enemigos y amigos a los mismos que los atenienses.


Tras llevar a cabo ese acuerdo, se dispuso a zarpar, pero los dirigentes de la facción popular le convencieron de que les dejase cinco naves suyas a fin de que sus enemigos les causasen menos perturbaciones; a cambio, ellos, tras equipar otras tantas con ciudadanos propios, las enviarían con él. Nicóstrato estuvo de acuerdo, y los otros escogieron a sus enemigos para equipar las naves; entonces estos, temerosos de que les enviaran a Atenas, se sentaron como suplicantes en el santuario de los Dioscuros. Nicóstrato les intentó levantar y animar, pero como no logró persuadirles, el pueblo se armó pretextando que no tenían buenas intenciones cuando se mostraban suspicaces para embarcar, sacó las armas de sus casas y hubieran matado a alguno de ellos que encontraron si Nicóstrato no lo hubiera impedido.


Al ver los demás lo sucedido, se refugiaron como suplicantes en el templo de Hera y llegaron a ser no menos de cuatrocientos. La facción popular ante el temor de que causasen perturbaciones, les logró levantar recurriendo a la persuasión, y les llevó a la isla que está delante del templo de Hera y allí les siguió enviando lo necesario.


En ese punto estaba la guerra civil cuando a los tres o cuatro días de pasar los hombres a la isla se presentaron las cincuenta y tres naves peloponesias procedentes de Cilene, donde habían fondeado después de su vuelta de Jonia; las mandaba Alcidas, el mismo que antes, y Brásidas le acompañaba como consejero. Anclados en Sibota, el puerto del continente, al alba se dirigieron a Corcira.


Los corcirenses, muy alborotados y atemorizados tanto por la situación de la ciudad como porque les atacasen, se pusieron a preparar sesenta naves y las fueron enviando contra los enemigos a medida que completaban su tripulación, a pesar de aconsejarles los atenienses que les permitiesen salir antes a ellos y después se les sumasen con toda su flota reunida.


(…) Entonces los corcirenses , temerosos de que los enemigos en un ataque a la ciudad, por creerse vencedores, recogiesen a los internados en la isla o causasen alguna otra perturbación, de nuevo los trasladaron de la isla al templo de Hera, y mantuvieron la vigilancia de la ciudad; pero los otros no se atrevieron a ir contra la ciudad, a pesar de vencer en la batalla [naval], sino que partieron para el continente, de donde habían zarpado, con trece naves corcirenses apresadas.


Al día siguiente tampoco mostraron intención de dirigirse contra la ciudad, aunque había gran desorden y temor, a pesar de aconsejárselo Brásidas a Alcidas, según se dice, pero aquél no tenía igual mando; en cambio, tras un desembarco en el cabo Leucimna se dedicaron a arrasar los campos.


Entre tanto, la facción popular de Corcira, con gran temor de que les atacasen las naves, entró en tratos con los suplicantes y con los demás para salvar la ciudad, y persuadieron a algunos de que se embarcaran en las naves; y, con todo, llegaron a equipar treinta barcos en espera del ataque.


Sin embargo, los peloponesios, tras estar hasta la mitad del día arrasando la tierra, partieron; y por la noche les anunciaron mediante hogueras que desde Leúcade se acercaban sesenta naves atenienses, que éstos habían enviado bajo el mando de Eurimedonte el de Bucles al enterarse de la guerra civil y de las naves que iban a ir con Alcidas a Corcira.


(…) Los corcirenses, al darse cuenta de que se acercaban las naves áticas y se marchaban las enemigas, metieron en la ciudad a los mesenios que antes estaban fuera y tras ordenar a las naves que habían equipado que fuesen hasta el puerto Hilaico, durante la travesía mataron a los enemigos que apresaron; también mataron después de hacerles desembarcar a cuantos a cuantos habían convencido de que embarcasen, y yendo al templo de Hera convencieron a unos cincuenta suplicantes de que se sometieran a juicio: a todos los condenaron a muerte.


Muchos de los suplicantes, todos los que no convencieron, al ver lo sucedido, se mataron allí, en el templo, unos a otros; algunos se colgaron de los árboles y otros se suicidaron como pudieron.


Durante los siete días que permaneció Eurimedonte desde su llegada con las sesenta naves, los corcirenses se dedicaron a matar a quienes creían sus enemigos; aunque les acusaban de querer derribar la democracia, algunos murieron por enemistad personal y otros, por deberles dinero, a manos de sus deudores; se dio toda clase de muertes y, tal como suele suceder en tales circunstancias, no hubo nada que no se produjera y aún más: el padre mataba al hijo, se arrancaba a los suplicantes de los santuarios o se les mataba en ellos; algunos, incluso, murieron emparedados en el santuario de Dioniso.


Tan cruel se desarrolló la guerra civil, y aún lo pareció más porque fue la primera, ya que más tarde en cierto modo todo el mundo griego, valga la expresión, se vio sacudido al disputar en cada lugar los dirigentes del pueblo y llamar a los atenienses, y los oligarcas a los lacedemonios. Si bien en la paz no tenían excusa ni estaban dispuestos a llamarles, al entrar en guerra las peticiones de alianza en beneficio de ambos bandos, tanto para perjuicio de los rivales cuanto, a consecuencia de lo mismo, para acrecentamiento de su propio poder, eran atendidas fácilmente en provecho de los deseosos de alterar la situación.


Se produjeron muchos horrores en las ciudades durante la guerra civil, horrores que se dan y se darán siempre mientras sea la misma la naturaleza humana, más violentos o atenuados y diferentes de aspecto según la modificación de las circunstancias que se dé en cada caso, ya que en la paz y yendo bien las cosas, tanto ciudades como individuos tienen mayor discernimiento por no estar sometidos al apremio de la necesidad; pero la guerra, al suprimir el bienestar cotidiano, resulta ser un maestro de violencia y acomoda a las circunstancias los sentimientos de la mayoría.”




“Sólo los muertos ven el final de la guerra”
Platón dixit.


Salud y libre comercio.

8 comentarios:

Gregorio Luri dijo...

Honestamente, me parece que sostener que Tucídides está con Esparta es tan equívoco como sostener que Sófocles está con Antígona.

¡Salud, libre comercio y poder adquisitivo!

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

¿Por qué? ¿Considera que no era oligárquico? Dígame.

Gregorio Luri dijo...

Pues no sé lo que era. Pero si fuera partidario de la oligarquía eso no me llevaría, por sí mismo, a sostener que como historiador tiene un sesgo oligárquico. A mi modo de ver se sitúa por encima de Atenas y Esparta de la misma manera que Sófocles se sitúa por encima de Antígona y Creonte y, precisamente por ello, es capaz de mostrar la política en acto, es decir, en movimiento (cosa que no consigue hacer -si es que se lo propuso- Aristóteles).
No olvide usted, además, que para escribir como Tucídides escribe se ha de ser muy, pero que muy ateniense.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Gregorio: en primer lugar Tucídides pertenecía a una familia aristocrática.

En segundo lugar fue exiliado, por su incapacidad militar, por el pueblo ateniense. Fue precisamente en su exilio cuando preparó su colosal obra "Historia de la Guerra del Peloponeso".

En tercer lugar: en la obra podemos ver diversos puntos en que el autor se inclina de forma bastante evidente por el bando oligárquico. Tucídides narra el suceso de la construcción de las murallas largas de Atenas de manera en que a los traidores ateniense, oligárquicos, que querían sabotear los planes de Temístocles, no los censura en ningún momento por traicionar a su patria. Y esta falta de censura es llamativaa en la medida en que el propio Tucídides a lo largo de su obra critica reiteradamente el espíritu partidista y "de clase" en otras ciudades.

Tucídides afirma, además, que el Imperio ateniense era aborrecido por la mayor parte de la Hélade y que, "ostensiblemente", sus componentes veían en los lacedemonios su baza libertadora ("Las ciudades y los individuos se sentían ansiosos de ayudarles"). Reconociendo a lo largo de su obra la simpatía que Atenas despertaba entre las clases más bajas es fácil concluir a qué tipo de "individuos" se refería Tucídides a la hora de tasar la popularidad de Atenas. Esos eran, sin duda, los oligarcas y la clase intelectual de la época: que les apoyaba.

Todo lo cual no excluye que Tucídides sea el más glorioso historiador conocido.

Salud y libre comercio

Jugoslavija dijo...

Epidamno=Dirraquio=Ragusa=Dubrovnik??????????????????????
Creo que te equivocas, Epidamno es el actual puerto albanés de Durres.

ISIDORO LAMAS INSUA dijo...

Sí, tiene razón, me llevó a confusión el que Dubrovnik se llamase Epidaurum en el pasado. Disculpen.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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